Amor y amistad
Lic. Juan Pablo Bourdierd - Periodista.
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Los culpables de los apagones no son solo las altas demandas

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POR: JUAN PABLO BOURDIERD – Periodista. Reside en Santiago Rodríguez.

En la República Dominicana, los constantes apagones han aumentado el malestar ciudadano y la desconfianza hacia el gobierno. El presidente Luis Abinader justifica estas interrupciones señalando el crecimiento en el consumo eléctrico, la paralización temporal de varias plantas por mantenimiento y el retraso en la incorporación de nuevos 600 megavatios al sistema. Sin embargo, esta explicación deja más dudas que certezas, y refleja la tendencia oficial de justificar las fallas en lugar de asumir la responsabilidad que corresponde al Estado.

A pesar de que Abinader admite que los apagones resultan incómodos y afectan tanto al gobierno como a la ciudadanía, insiste en que desde el Estado hay una “preocupación” por el tema. Sin embargo, para la gente común esa preocupación no resuelve nada: ni ilumina sus hogares ni mantiene fríos los alimentos. Lo que se espera son respuestas reales y duraderas, no simples declaraciones.

Más del autor: Conclusiones, patrones y reflexiones finales

El discurso presidencial insiste en factores externos y coyunturales, pero evita mencionar lo evidente: la falta de planificación y la ausencia de una política energética clara. Es inadmisible que, en pleno siglo XXI, un país con las capacidades de la República Dominicana siga respondiendo de manera improvisada a un problema energético que era previsible desde hace décadas.

La desconexión entre el gobierno y la ciudadanía se hace cada vez más notoria. El dominicano que trabaja todo el día, que paga puntualmente su servicio eléctrico y que llega a casa esperando descansar, no encuentra alivio en los argumentos técnicos del presidente. Para él, lo único real es la oscuridad y el calor de cada apagón.

Esta situación genera una pérdida de confianza en la figura presidencial. La gente percibe que el gobierno está lejos de su realidad y que las explicaciones no son más que excusas para encubrir un problema de fondo: la incapacidad de planificar con visión de Estado. La energía eléctrica, más que un servicio, es un derecho esencial para el desarrollo social y económico.

El manejo energético bajo la administración de Abinader evidencia falta de coordinación entre el presidente y sus funcionarios más cercanos. Cada crisis eléctrica sorprende como si fuese un fenómeno inesperado, cuando lo cierto es que el sistema arrastra debilidades estructurales que requieren acciones firmes y coherentes, no improvisación.

En lugar de fortalecer la comunicación con la ciudadanía, el gobierno se refugia en un discurso técnico que no resuelve la frustración de la población. El pueblo no quiere saber de megavatios ni mantenimientos programados: quiere un servicio estable, transparente y justo por el cual ya está pagando.

El problema energético no es exclusivo de este gobierno, pero la administración actual prometió cambios y modernización. En definitiva, aquella promesa quedó en palabras huecas, desmentida por los apagones constantes, las excusas recicladas y la falta de una visión que trascienda lo inmediato.

Cada apagón afecta no solo la tranquilidad de los hogares, sino también la economía, el comercio y la productividad. En un país que busca atraer inversión extranjera y fortalecer su industria, la inestabilidad eléctrica es un obstáculo que retrasa cualquier esfuerzo de desarrollo. Sin planificación, resulta imposible sostener un verdadero camino hacia el desarrollo.

El verdadero reto del gobierno de Abinader no está en justificar las fallas, sino en recuperar la confianza ciudadana con acciones concretas. El cambio verdadero requiere una política energética seria, compromiso con las fuentes renovables y una administración marcada por la transparencia. Mientras tanto, cada apagón seguirá siendo un recordatorio de la distancia entre el Palacio Nacional y la vida cotidiana de los dominicanos.

La política de Estado debe ser previsión y servicio, no excusa y reacción. Los apagones no solo apagan las luces de los hogares, también apagan la esperanza de un pueblo que exige soluciones y no palabras. El tiempo de las justificaciones ya pasó: la República Dominicana necesita planificación real, eficiencia y un liderazgo que escuche a su gente.

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