Múnich, 1972

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Fueron los Juegos Olímpicos del terror. La organización alemana no pudo impedir que un comando palestino de nombre Septiembre Negro irrumpiera en la villa olímpica y escribiera con sangre la página más triste del olimpismo moderno. Once deportistas israelíes, tres palestinos y un policía alemán resultados muertos tras el secuestro de los olímpicos judíos y una fallida operación de rescate.

Tras el martes negro, los Juegos Olímpicos estuvieron a punto de clausurarse, pero tras un parón de poco más de un día y una acongojante votación, la organización decidió finalmente que la vida era más importante que la muerte y que los Juegos debían continuar.

En el plano deportivo, destacó por encima de todos los demás el estadounidense Mark Spitz. Como pasa con los mitos, cuando algún joven destaca en las piscinas se le compara con este nadador que consiguió siete medallas de oro en la cita de Munich. Nada ni nadie pudo con un californiano de origen judío que ya había conseguido dos metales cuatro años antes.

La Guerra Fría tampoco podía pasar desapercibida en esta cita olímpica. En la final del torneo de baloncesto se enfrentaban Estados Unidos y la URSS. Al final del partido el resultado era de 50-49 favorable a los norteamericanos, pero la URSS recurrió porque había pedido un tiempo muerto antes del final, a falta de tres segundos. En un final interminable, fue el presidente de la FIBA, que bajó desde el palco, quien finalmente concedió el tiempo muerto a la URSS. Alexander Belov anotó una canasta desde debajo del aro y dio al baloncesto soviético el oro más polémico de la historia. Los Estados Unidos nunca han recogido su medalla de plata, a pesar de que cada año reciben una carta del COI para que lo hagan.

El olimpismo español se tuvo que conformar con una medalla de bronce conseguida por el boxeador asturiano Ángel Rodríguez Cal, que competía en la especialidad de peso minimosca. Tan sólo 121 españoles compitieron en Munich, cifra casi irrisoria teniendo en cuenta los casi 400 que habrá en Pekín.

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