El «morbo académico» en la era del algoritmo: espectacularización del conocimiento e influenciadores digitales en la República Dominicana
POR: JEISSON RAFAEL ROJAS – Educador. Reside en Espaillat.
Es tarea del investigador social esclarecer aquello que ocurre ante los ojos de todos, pero que (por una razón u otra) no termina de comprenderse ni de dimensionarse en su verdadera magnitud. Vivimos, para bien o para mal, un fenómeno que rara vez identificamos: la costumbre de ciertos medios de comunicación de hacerse eco de las declaraciones de intelectuales especializados para escenificarlas en las redes sociales bajo la forma de una opinión más, indistinguible del resto del ruido digital.
Cada día vemos a especialistas emitir juicios de valor sobre los temas que dominan, pero eso no es exactamente lo que se extrapola cuando esa información se expande por el mundo digital. Allí, cualquier usuario puede tomar la información primaria y tergiversar lo que se planteó en un primer momento. No se trata de poner en duda la capacidad de discernimiento de quienes consumen esta información, pero es innegable que cada día resultan más convincentes las opiniones que circulan en las redes sociales, muchas veces alejadas del rigor de la fuente original.
Morbo académico y espectacularización del conocimiento digital
Tandoc y Kim (2023), en un estudio realizado durante uno de los momentos más críticos de la historia reciente (la pandemia de covid-19), encontraron que la sobrecarga de información puede generar fatiga informativa y dificultad para analizar los contenidos, procesos que favorecen la evitación de noticias y, en determinadas circunstancias, aumentan la creencia en información errónea. Esto puede ser de manera directa una receta rápida se existiera el doctor de las especulaciones informativas.
El cerebro humano busca intuitivamente el contenido más entretenido, llamativo y seductor, cualidades que rara vez posee la información rigurosa y fidedigna de personajes de renombre como los que menciono más adelante o los que el lector puede intuir. El usuario de internet dispone de una suerte de cuota neuronal limitada, y es consciente (aunque no siempre lo admita) de la diferencia entre la calidad de un contenido hecho por quien persigue vistas y uno elaborado por un especialista preparado para hablar del tema. Casi todos estamos predispuestos a abandonar la pantalla antes de completar quince minutos escuchando y analizando la explicación de un experto, cuando sabemos que, en otra página, sin ninguna autoridad académica, podemos recibir la misma información en menos de tres minutos, con más colores, más animaciones y un tono de explicación que roza el éxtasis verbal. Este fenómeno ha desatado una migración masiva de los medios televisivos y de la prensa escrita tradicional hacia plataformas digitales, que han sabido capitalizar la atención del público ajustándose a las exigencias de quienes consumen información en internet.
Como ejemplo propio del panorama dominicano, vale mencionar la advertencia que hizo la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) al señalar que los libros de texto del sistema educativo dominicano (específicamente los relacionados con sociales e historia) estaban siendo utilizados como un medio para unificar y borrar ciertos pasajes de la historia nacional. Ante esa afirmación salió a desmentirla el encargado del Archivo General de la Nación, Roberto Cassá, una figura de peso y autoridad en el área, quien sostuvo que esto no ocurría en los textos escolares y que la supuesta fusión identitaria no era, en ese momento, motivo de preocupación. Apenas se conoció la confrontación entre el gremio y este historiador de reconocida autoridad, surgió en las distintas plataformas digitales un sinnúmero de comunicadores sin formación en pedagogía ni en historia, dispuestos a defender la postura con la que más se identificaban, muchas veces sin la información completa ni necesaria para abordar el tema, solo por la búsqueda inmediata de las tan codiciadas vistas, la notoriedad y las ganas de que su contenido resultara legítimo y aceptado dentro de esa esfera informativa que, en forma de bucle, se va formando en un entorno cada vez más nublado.
Que quede claro que este artículo no busca atacar al emisor ni al mensaje. Solo pretende poner en tela de juicio, y llamar a la crítica del público, la manera en que la ciencia, la tecnología y la información han convergido y se han fusionado para atrapar al consumidor en una atmósfera de contenidos (nacionales e internacionales) que no le permite ver con claridad ni la apatía con la que observa lo que consume, ni la proximidad de los problemas que pueden afectarle de forma inmediata. Existen muchas plataformas comprometidas con la verdad y la excelencia informativa, así como numerosos profesionales de distintos campos que hacen su aporte desde la humildad y el conocimiento. El punto está en discernir entre estos y quienes solo buscan atrapar al oyente sin que les importe lo que puedan dejarle sembrado.
Así como se depura el pensamiento crítico cuando se busca y se consume información y contenido de calidad, de la misma manera el algoritmo inteligente de las plataformas que frecuentamos va ofreciendo, cada vez de forma más precisa, lo que (según su cálculo) necesitamos. Conviene recordar que ya no estamos solos, ni siquiera cuando no estamos con nadie: el teléfono tiene un micrófono que la mayoría de los usuarios de dispositivos inteligentes deja encendido, y este va escuchando y preparando el terreno para la próxima visita a la pantalla, de modo que despegarse de ella resulte cada vez más difícil.
Este artículo no pretende desincentivar a nadie de abrir su propio espacio de noticias o de subir contenido acorde con lo que le apasiona, porque el mundo ya se ha desplazado hacia un entorno participativo y hacia una modernidad en la que conviene fluir con naturalidad con lo que se observa. Debemos participar sin apagar la llama de la criticidad, tanto en lo que consumimos como en lo que ofrecemos para el consumo de otros. Tampoco busca una confrontación con los medios que publican el contenido, ni con la máquina inteligente que lo distribuye. Lo que busca, en cambio, es abrir en el lector un debate interno: primero, analizar lo que ve y escucha; después, contrastarlo con su propio contexto y con la historia que está ahí, al servicio de todos, para que la haga suya y la difunda de la mejor manera posible.
Referencias
Tandoc, E. C., Jr., & Kim, H. K. (2023). Avoiding real news, believing in fake news? Investigating pathways from information overload to misbelief. Journalism, 24(6), 1174–1192. https://doi.org/10.1177/14648849221090744
Lecturas recomendadas
Guy Debord — La sociedad del espectáculo (1967)



Gracias por traernos de vuelta a lo que realmente importa. El artículo que propones toca un tema excelente y con mucho potencial, incluso para desarrollarlo en una investigación que nos ayude a entender el origen de estos debates y contradicciones que vemos en espacios donde no siempre se cuenta con la base para hablar con propiedad.
Me hizo mucho sentido el punto sobre el “morbo académico”. Es una práctica que nos golpea directo como profesión, sobre todo ahora que se replica tanto a través de redes, podcasts y otros espacios digitales bajo el nombre de “libertad de expresión”.
Nota con cariño: en el antepenúltimo y último párrafo se repite la misma idea 🙃 Supongo que es para reforzar que la intención no es atacar, sino visibilizar algo que se está volviendo demasiado normal.
Dejo por aquí una idea para continuar: estaría buenísimo un próximo texto que cruce el “morbo académico” con el “alofoquismo”. Urge ponerle lupa a eso. 🙃🫠
Muy buen aporte, este es un tema muy actual y fue planteado de una manera magistral 👏🏾