Por Astacio Castro
Leyendo los resultados de la encuesta Gallup-Hoy recién publicada, uno queda poco menos que desconcertado y aturdido.

Queda obligado a preguntarse si ese es el real sentir del pueblo dominicano y, de ser cierto, habría que decir con Serrat: “Escapad gente tierna, que esta tierra está enferma…”, y concluir con él: “no hay nada que hacer.”

Respondo de la integridad del amigo Rafaelito Acevedo, pero a mí que me cuenten de nuevo la historia. Necesito creer en la Democracia, no la que condiciona y exhibe un país sembrado por la miseria, la ignorancia y la pobreza. Eso de ser “el político más admirado por el pueblo”, ni él mismo se lo cree. Poco o nada le importó el sentir del pueblo que despreció siempre por lo que tuvo que recurrir mil veces al fraude electoral para lograr lo único que le importaba: mantenerse y ejercer el poder a sangre y fuego. Le despreciaba desde su “Tebaida Lirica” y se reía de aduladores que llegaron a llamarle “Padre de la Democracia.” Medularmente cínico, Balaguer conocía el cinismo de los trepadores y oportunistas. Aquellos que le motejaron como “Muñequito de Papel” y luego lo elevaron a la santería.

Ajusticiado su amado Jefe, “el político más admirado” dio licencia a Ramfis y sus secuaces para que hiciera el trabajo sucio, torturando y asesinando a los Héroes de Mayo y familiares, esperado, a la sombra de la matita, que cayera el mango apetecido para quedarse con el poder. Ya en el poder, lo ejerció despóticamente, permitiendo que la corrupción eufemísticamente se detuviera solo en la puerta de su Despacho; desatando por barrios y cañadas tristes la criminal Banda Colora, que sarcásticamente desconocía o confundiría con la de los bomberos; persiguió y exterminó sin piedad a los valiosos jóvenes opositores llenando de luto a la patria durante su funesto periodo de 12 años, apoyado por la obcecada oligarquía criolla y los buitres voraces del imperialismo, mientras repartía funditas y regalos para contentar a niños y madres desamparadas el día de los Santos Reyes. Lacayo sin moral que contuviera sus ansias, admitió que renunciaría a su cargo si el Presidente de los Estados Unidos se lo pidiese.

Sembrador de varilla y cemento, nada hizo por mejorar la educación y la salud de su pueblo, por elevar su civismo: “Sean mis primeras palabras para felicitar a las fuerzas armadas…” ante la masacre del Parque Independencia ejecutada para acallar la ola de protesta que hería sus oídos palaciegos. Más que político sagaz, admirado, fue el mayor pervertidor de la conciencia social, de la democracia, de las libertades y las costumbres que hacen noble y digno a los pueblos.

Sonriente desde su tumba debe estar burlándose de ese pobre pueblo ignorante al sentirse admirado por encima de Bosch, de Caamaño, de Manolo, de Peña Gómez, de Don Antonio, de Minerva verdaderos patriotas, defensores de las libertades públicas, gente honesta, preocupada por el bienestar de su pueblo y su soberanía. Se comprende cuando se tiene los pies torcidos como la ciguapa de “Los Carpinteros.”

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