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Dilia Reyes - maestra y comunicadora.
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Civismo y autoridad: el equilibrio que nos falta

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POR: DILIA REYES – educadora/comunicadora. Reside en Santiago Rodríguez.

La historia dominicana guarda cicatrices profundas. Una de las más dolorosas lleva el nombre de Rafael Leónidas Trujillo. Durante más de treinta años, el país vivió bajo una dictadura que sofocó la voz del pueblo, criminalizó la disidencia y redujo la dignidad humana a la monolatría.

Esa tiranía nos enseñó que cuando el miedo sustituye al derecho, la nación se hunde en la oscuridad. Pero del fin de esa noche nació la esperanza. La libertad, con todas sus luces y contradicciones, se convirtió en una conquista sagrada que hoy debemos cuidar con madurez y responsabilidad.

Sin embargo, con el paso de los años, hemos empezado a confundir lo que significa ser verdaderamente libres. Y es ahí donde acecha otro peligro: el libertinaje. Hacer lo que uno quiera, sin consecuencias ni respeto por los demás, no es libertad: es egoísmo.

Confundir libertad con desorden es sembrar las semillas del caos. Un pueblo que olvida el valor de la responsabilidad colectiva y de las normas comunes se arriesga a caer en la impunidad, el desgobierno y el desencanto democrático.

Pero esa responsabilidad cívica no puede construirse solo desde la exigencia al ciudadano. Las autoridades también deben dar el ejemplo. En nuestro país, preocupa profundamente la forma en que muchos agentes de la Policía Nacional y de la Digesett están tratando a la población.

Abusos, prepotencia y arbitrariedades están provocando el efecto contrario: la gente está perdiendo el respeto por la autoridad. Y cuando se pierde el respeto, no hay orden posible. El uso excesivo del poder deslegitima el rol de quienes deben cuidar la convivencia.

El respeto no se impone con gritos ni maltratos. Se inspira. Se gana con justicia, formación ética y trato digno. Si las instituciones actúan con soberbia o desdén, no están construyendo ciudadanía, están sembrando resentimiento.

Hoy, como sociedad, debemos sostener un equilibrio esencial: nunca más dictadura, pero tampoco más caos. No queremos volver al miedo, pero tampoco queremos vivir entre la anarquía y la impunidad. Democracia es orden con libertad, no desorden sin ley.

No podemos olvidar lo que se vivió bajo una de las tiranías más cruentas de América Latina. Y mucho menos podemos ignorar que, si continúa el irrespeto ciudadano provocado por las mismas autoridades, podríamos volver a caer en lo peor que ya creíamos superado.

La libertad es un fuego sagrado que hay que cuidar. Que nunca más nos lo apague un dictador. Que nunca más lo apague nuestro propio descuido.

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