Travesuras de fantasmas

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Travesuras de fantasmas (foto FE)

POR: SERGIO REYES II.

Cual figuras neblinosas se desplazan por los predios de la hidalga de los mentados 30 Caballeros o por las empedradas calles de la Ciudad Colonial;  Sumidos en el bullicio y el sofocante calor de la villa que es Puerta y Antesala de la Patria o dejando volar sus sueños e ilusiones al tiempo que sus descalzados pies se sumergen en las finísimas partículas de arena de una coqueta bahía del Noroeste, que fue, al decir de los cronistas, la delicia de aquel codicioso conquistador genovés que trucaba espejitos por macizas piedras de refulgente oro al tiempo que burlaba la inocente candidez de los aborígenes que encontró en sus andanzas por tierras bautizadas luego como Continente Americano.

Dicen las malas lenguas, que, a su paso, el recuerdo imperecedero del tránsito por rebuscados hoteles, casas de huéspedes, pueblerinos hospedajes o habitaciones de paso, en moteles de estratégica ubicación, se fue quedando impregnado en las que una vez fueron impolutas sábanas, en las flores que adornan las coquetas mesitas de noche, en la rica y tibia agua que emerge a chorros del grifo y hasta en el fondo de los espejos colocados en las paredes.

Y en la inmensidad de la otra dimensión que se intuye atrapada en los marcos de tales espejos, se ha colado, también, un universo de pasión desgarradora, éxtasis de desvaríos de amor desenfrenado y quejidos de placer, que crispa los nervios y persigue como en pesadilla a los desprevenidos inquilinos a quienes les ha tocado la suerte o la desgracia de pasar por tales antros, habitaciones y lugares de diversión, luego de la estancia en éstos de la citada pareja. 

Ya fuese de noche, de mañanita, al medio día o en las ardientes y bucólicas tardes crepusculares frente a la apacible bahía, la presencia inmanente de estos locos de amor se hace sentir con fuerza avasallante y demoledora.

Y no podía ser de otra manera porque fueron muchos años de espera, de agonía, de nostalgia y dolor, los que hubieron de esperar.  ¡Más de 16, para ser exactos!

Y, cual si quisiesen recuperar en una noche, en horas o segundos esa enorme carga emocional de sensaciones encontradas y ganas reprimidas, se lanzaron, cual corceles desbocados, en busca del amor, la pasión y la latente ternura que albergaron en su interior, en esos años.

Siendo así, es lógico pensar que la erupción de un volcán de tal magnitud no podía ser menos que apocalíptica, desgarradora, abrasante, lujuriosa y enloquecedora.

… y de imprevisibles consecuencias!!

Dicen las malas lenguas, nueva vez metiéndose en vida ajena, que el tiempo fue escaso y las ansias muchas. Y que ante tan poderosa avalancha, que no pudo –y tal vez no pueda nunca ser saciada de manera definitiva-, los amantes –porque, en definitiva, eso eran! – decidieron, de común acuerdo, dejar volar una parte de sus vidas y de la estrujante carga de pasión que llevaron encima durante tanto tiempo, para dejarla flotar, de incognito, en cada uno de los lujuriantes e inolvidables lugares por los que transitaron en su inacabable ronda de placer.

Por tales razones, algunos clientes timoratos y puritanos en el presente se encuentran encogidos por la grima y el estupor que les causa escuchar, al filo de la madrugada o en las más insospechadas horas del día, los sostenidos quejidos, los retorcidos movimientos en las camas, camastros, encima de las coquetas, en el piso o en el romántico y acogedor territorio de la bañera.

Y, a decir verdad, para todo aquel que no conozca de los ardientes ritos del placer y del amor, tal derroche de lujuria podría resultar enervante y disociador.

Con el paso de los días, las tales habitaciones han debido ser clausuradas, de manera preventiva, hasta que aparezca algún versado en exorcismos con especialidad en las traviesas artes de un estrujante amor, como el que nos ocupa.

Mientras tales cosas ocurren, satisfechos de los pingues resultados obtenidos, la pareja de insaciables fantasmas se regodean sabiendo que, en lo adelante, disfrutarán a sus anchas para sí solos y sin visitantes inoportunos la vastedad de los múltiples nidos de amor que la inmensidad de su férrea pasión erigió a su paso.

¡Y como reza el dicho que la felicidad de unos se convierte, a veces, en la mortificación de otros, estos traviesos fantasmas nuestros siguen deambulando por el entorno de los apropiados espacios y plazas, entregándose con gula y desenfreno, sin limitaciones ni miradas inoportunas, a la deliciosa, envolvente y lujuriosa sed de amor que les domina y que ninguno de ellos aspira a que cese ni disminuya jamás!

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