Traición

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Lisandro Torres Báez - Estudiante de comunicación.

Por: Lisandro Torres.
Quien con humildad y sencillez escribe, se considera amigo de todos. Nació en el Hospital General de Santiago Rodríguez, de la provincia que lleva su mismo nombre. Soy un joven comunicador que físicamente vive en Santo Domingo, RD., pero que en espíritu, pasea cada día junto a la segundera del reloj por el parque de Sabaneta; por sus calles y barrios. En la mañana, tarde y noche, respira el aire de su pueblo.

Traición
Con usted experimenté la realidad de llegar amar,
prescindiendo de un encuentro formal. Aun si
la promesa de ese amor conllevara abnegarme con fidelidad,
para alcanzar la prominencia de algún día llegar ante su presencia.

Aquello se gestó cuando el alba de mi ser afloró,
dándole la bienvenida a la aurora de mi vida.
En la mañana de mis años escuché hablar de usted;
quizás esas palabras tenían otro dueño,
pero no puedo negar que se mudaron en mí.

Seguro estoy, que no fue de aquellos verbos
desde donde zarpó tan divino amor,
es que ese sublime sentimiento , no era traído por las ondas del viento.
Sentía en la diana de mi existencia, que mis horas sin usted no valían.
Oh! Por qué, por qué! No conseguía comprender.
Antes de concebidos mi razón y espíritu, ya usted me edificaba.

Hasta que los demonios de la envidia se desencadenaron.
Persiguiendome, me convencían de que ese inusitado sentimiento
no iba con la verdad. Que mis sentidos tenían la capacidad
de conducirme con desengaño por la luz, aducían con bellaquería.
Pensando en que nada perdía, curioso abrí las puertas de la ilustración.
Las ciencias hicieron metátesis en mi cuerpo, del licor de la prepotencia bebí.

Ondeaba en las alturas del Olimpo. Llegué a saberme un Dios.
Todo pendía de mis manos. Zeus me lisonjeaba y lavaba los pies.
En la cima donde me encontraba, gracias a la eficiencia de mis cinco aliados,
no había lugar para el amor que alguna vez sentí por usted.
Cuan alto volaba yo, sobre los páramos del pragmatismo!

Hasta que la peripecia de un mal tiempo, en el cenit de mi imaginario mundo,
me subyugó veloz al suelo de lo verdadero. Mi orgullo se besó con el polvo.
Moribundo desperté, sin entender el porqué de aquella segunda oportunidad.
Y casi sin aliento suspirando rogué: «Perdóname por haber traicionado tu amor Jehová».

¿Y tú, que opinas?

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