Teatro dominicano
Lincoln López - escritor
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Cultura Viva: Teatro versus tiranía

POR LINCOLN LÓPEZ – catedrático. Reside en Santiago.

  Históricamente el teatro dominicano ha demostrado en varias etapas, ser un medio artístico y de fuerte contenido crítico para denunciar los males sociales que afectan al pueblo, y de resistencia frente al poder político dictatorial del momento.

  Prueba de ello lo constituyen estos dos ejemplos escénicos: En 1588 el entremés satírico de Cristóbal de Llerena denunciando las injusticias de las autoridades coloniales; y años después, en 1840, Juan Pablo Duarte fundó La Filantrópica presentando un teatro revolucionario, con el objetivo de concienciar al pueblo en torno al ideal de “fundar una República libre, independiente y soberana…”.

  Aquí en Santiago de los Caballeros ocurrió un hecho histórico teatral similar, y hasta hoy el más antiguo por los documentos evidenciables de la época. Según el historiador Dr. Edwin Espinal Hernández en su libro “Historia Social de Santiago de los Caballeros.1863-1900” en el Capítulo IV, consigna que el 12 de diciembre de 1883 quedó constituida legalmente la compañía dramática de aficionados “La Aurora del Arte”.

  Su primera directiva estuvo compuesta por un presidente: Eugenio Deschamps, periodista y político opositor al régimen de entonces de Ulises Heureaux (Lilís); Ramón A. Polanco, secretario; Aquiles Bermúdez; tesorero, José de Jesús Alvarez, censor; M. J. Espaillat, Viterbo Morel, José A. Mercader, Leonte Andreu, Juan de J. Ricardo, Luis Silverio y Ulises Franco Bidó, miembros”. Su director artístico fue el actor puertorriqueño Napoleón Ramírez, procedente de la compañía teatral de Eugenio Astol.

Teatro dominicano
Teatro dominicano. Foto de archivo

  Luego, el 26, debutó con gran éxito artístico y de público con la obra “Carlos II El Hechizado” (1837), drama en verso en cinco actos del dramaturgo y pedagogo español Antonio Gil y Zárate (1793-1861). El drama no es solamente una biografía del último rey “enclenque y débil” de la dinastía de Austria, desnuda la corrupción del poder político de la corte palaciega. Además, es “una radiografía de la España del siglo XVII, sumida en la pobreza, en la miseria, falta de alegría, que se observaba desde la desesperanza” por la falta de esplendor del pasado. (Jaime Contreras. Universidad de Alcalá).

  Como ejemplo pongo una escena de la obra: es cuando se presentan dos personajes, colocados frente a frente: el sacerdote Froilán y su enamorado Florencio. Obviamente, homosexuales y críticos “de la agitada noche que ha pasado el rey”. En su estreno en 1837, la obra obtuvo un éxito rotundo en Madrid, y en las doce reposiciones seguidas; también fue “un escándalo” porque la misma amenazaba el statu quo social y tradicional, según el juicio crítico de Monserrat Ribao en su ensayo: ¨El Poder y La Tiranía en Carlos II El Hechizado¨.

  Imaginemos nuestra pequeña ciudad de 1883, por encima de ser conservadora y religiosamente católica, su estreno constituyó un éxito rotundo de asistencia que colmó la sala como por su mensaje. Aunque demasiado atrevida para esa época, con personajes homosexuales, y para colmo, un sacerdote y el rey (El Presidente) involucrados. Ese mensaje extrapolaba esa representación a nuestra realidad con dos personajes antagónicos: por un lado, el dictador general Ulises Heureaux (Lilís), autoritario, centralista y con un eficiente sistema represivo; frente a Eugenio Deschamps, periodista y opositor a Lilís. Perseguido y exiliado por sus ideas liberales. Su periódico La República “fue la más alta tribuna de la libertad entre 1883 y 1885”.

  Eventualmente los “poderes fácticos” y el oficialismo pusieron en marcha planes represivos. Tanto en contra de los integrantes de la compañía dramática, como contra el pueblo mismo para que le retirara su apoyo al naciente esfuerzo cultural, simplemente no asistiendo a las futuras funciones.

  La compañía “Aurora del Arte” fue disuelta en el mes de febrero de 1884), con este argumento publicado en la prensa: porque ¨el público no brindó su apoyo, ¨. Mentira. Se impuso el miedo de la tiranía al arte.

  Demostrado queda, pues, la existencia en el Santiago de los Caballeros del siglo XIX, de un “teatro crítico, rebelde y liberador.”

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