Salomé Ureña, un legado para poner en práctica
“El mejor homenaje que puede tributarse a las personas buenas es imitarlas”.
Concepción Arenal (1820–1893)
POR: PERSILIA ZIJLSTRA PÉREZ – educadora. Reside en Santo Domingo.
Cada 21 de octubre, la República Dominicana celebra el Día Nacional del Poeta en honor al natalicio de Salomé Ureña. En las escuelas se preparan semblanzas y se recitan sus versos. La conmemoración tiene valor, pero quienes educamos debemos preguntarnos qué queda de ella cuando termina la actividad.
Recuerdo a mi maestra Nelsy Reynoso, en el Liceo Librado Eugenio Belliard. Nos enseñó quién era Salomé y nos permitió conocer que detrás de la pluma había una mujer valiente, una madre, una dominicana apasionada por su patria y comprometida con su desarrollo. Después de tantos años, conservo aquella enseñanza. Hoy, desde el aula, me pregunto ¿qué recordarán mis estudiantes de la manera en que yo se la presento?
Salomé Ureña y su legado educativo
Me preocupa que el conocimiento de Salomé quede, en ocasiones, reducido a unos datos que repetimos cada octubre. Su rostro aparece en el billete de quinientos pesos, junto al de Pedro Henríquez Ureña, pero muchos desconocen su historia. Comprender por qué merece un lugar en nuestra vida cultural requiere un acercamiento que la fecha, por sí sola, no ofrece.
Madre de intelectuales
Salomé creció en un hogar donde la palabra tenía una presencia importante. Su padre, el poeta Nicolás Ureña de Mendoza, influyó en su formación literaria. Más adelante, junto a Francisco Henríquez y Carvajal, formó una familia de cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila; estos últimos tres sobresalieron en estudios humanísticos y la educación; Pedro, investigador y escritor, elogiado por grandes como el ganador del Nobel de literatura Ernesto Sábato; Max, que desarrolló una amplia labor como escritor y crítico literario y Camila, una gran maestra de maestros. Su historia familiar permite acercarnos a una mujer que compartió su dedicación a la enseñanza y la escritura con la crianza de sus hijos.
Legado educativo
En 1881 Salomé fundó el Instituto de Señoritas y contribuyó a ampliar las posibilidades de formación de las mujeres dominicanas. Aquel trabajo exigió confiar en que el progreso requiere pensar diferente y abandonar las complacencias. Se atrevió a desafiar lo establecido y gracias a su capacidad intelectual pudo sostener un proyecto en una sociedad que restringía la participación de las mujeres. Celebrarla hoy nos compromete a revisar qué oportunidades ofrecemos desde nuestras aulas, cómo respaldamos los sueños y aspiraciones de las vidas que ayudamos a formar.

Poesía que invita a pensar
Su poesía nos ofrece caminos para acercar a los estudiantes a preocupaciones que siguen siendo nuestras. En “A la patria”, el amor al país convive con el dolor ante la violencia y los conflictos entre sus propios hijos. Podemos leerlo y examinar con nuestros jóvenes qué significa querer a una nación, incluso, reconociendo sus debilidades y problemas. Nos invita a vivir un patriotismo y permite conversar sobre nuestra responsabilidad en la convivencia y sobre los estragos que producen los abusos de poder.
Tenemos su poema “Ruinas”, en él dirige la mirada hacia los vestigios del pasado y expresa pesar por una grandeza perdida, pero con un brillo de esperanza. En “La llegada del invierno” muestra una representación afectuosa del paisaje dominicano. La luz y la vegetación de Quisqueya contrastan con los rigores del invierno de otras regiones. Podemos acompañar a los estudiantes a observar cómo el lenguaje transforma un paisaje en expresión de pertenencia y, desde esa lectura, prestar mayor atención al entorno que habitan.
Más allá de una efeméride
En cualquier momento del año, la poesía de Salomé nos invita a celebrar la patria y a reflexionar sobre el rumbo de nuestra sociedad. Exponer a los jóvenes a sus poemas permite cultivar el amor por el país y el pensamiento crítico necesario para contribuir a su transformación.
Mi maestra Nelsy me dejó una visión de Salomé que todavía recuerdo. Esa experiencia me hace pensar en la responsabilidad que tengo ahora frente a mis estudiantes. El acto del 21 de octubre debe renovar ese encuentro. Su alcance dependerá de lo que hagamos después, sin que haya una efeméride que nos pida hablar de ella.
