Robot de carne

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Lisandro Torres Báez - Estudiante de comunicación.

Por: Lisandro Torres.

San Ignacio de Sabaneta, Santiago Rodríguez, RD. – Quien con humildad y sencillez escribe, se considera amigo de todos. Soy un joven comunicador que físicamente vive en Santo Domingo, RD., pero que en espíritu pasea cada día junto a la segundera del reloj por el parque de Sabaneta, por sus calles y barrios. En la mañana, tarde y noche, respiro el aire de mi pueblo.

 

Robot de carne

Tiembla febril el aire. 
Hierven como gigantes
carderas los ríos, lagos y
mares bajo la tapa gris
del cielo, que sediento
se bebe sus gotas y no
las devuelve.

 

Carecen las aves de
pedestales donde 
posarse y ensamblar 
los nidos, ante el
desmorono de las 
ramas secas. Lo
silvestre cambia a
cemento. La tala
aumenta para fabricar
corazones inhumanos,
que en lugar de carne, 
sean de madera.

 

El barro pasa a metal,
y lo natural a artificial.
Junto al agua y los 
arboles también
desaparece el Ser.

El ácido de la naranja
empólvese detrás de la
ilustración publicitaria 
de la amarillenta fruta.

 

La piel y el esqueleto
sobreviven la era robótica, 
ahorrándoles el costo a
los tecnócratas, pues
no precisan emplear
cableados, tornillos y
mucho menos acero
en la producción de
éstas máquinas.

 

Utilizan el físico del
hombre tradicional,
sólo le extraen el 
cerebro y el espíritu; 
la cultura, las ideologías y
religiones; las fronteras y 
la patria. Un ciudadano
cosmopolita y universal
que mengua su capacidad 
de amar, cual robot de
carne y hueso.

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