Reflexiones

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Ruperto_Torres_Ejecutivo1_thumb307_Por: Juan Ruperto Torres

La verdad es el fundamento de toda moral, no hay valor moral que pueda brillar fuera de la verdad. Es valor aparente y falso el que teme a la luz de la verdad, ni puede provocar en la conciencia humana ninguna reacción moral positiva. El ser con sus valores solo brilla ante el espíritu, en el seno de la verdad, lo bueno como exigencia moral y virtud humana, es una transparencia de lo verdadero.

No hay camino que pueda comunicar a los hombres entre sí, si no es el que tiende la palabra como vehículo de la verdad y del amor. Fuera de la verdad no puede el amor ni iluminar, ni encender ni siquiera darse a comprender. Imposible tender un puente de comunicación con otro, si no es mediante algún signo; la palabra ocupa el primer puesto entre los signos de comunicación. Si con los signos se busca el acercamiento y no el alejamiento, preciso es que sean portadores de la verdad.

La franqueza en la verdad no busca ventajas ni popularidad, y aun está dispuesta a sufrir perjuicios a trueque de luchar por la verdad y por la buena causa. Con la sencillez va unida la sinceridad y un corazón abierto la cual no es posible sino para quien no admite en su alma nada que por lo que a él toca , necesite ser ocultado. Pero también el hombre sincero deberá ocultar ciertas cosas, por consideración a los demás.

Con la sinceridad debe, pues, hermanarse la discreción, que evita con todo cuidado el herir la sensibilidad ajena o dar ocasión a los maliciosos, imprudentes o perversos para impedir las buenas obras.

El silencio es el crisol en donde se purifican las palabras. Quien no sabe callar, sino que divulga los más importantes asuntos tampoco podrá dar testimonio de la divina verdad de manera oportuna. La locuacidad hace perder a la palabra su peso y su profundidad; además conduce muchas veces a prestar poca atención y a la verdad y aun a valerse de hechos reales en daño del prójimo. Sin la salvaguarda del secreto, pierde la verdad el brillo de la caridad y la fuerza del testimonio. La fidelidad es una propiedad esencial de la caridad, el amor tiende por esencia, al establecimiento de la sociedad. Pero no puede establecerse ni mantenerse una sociedad personal sino mediante la lealtad la esperanza de la reciprocidad constante en el amor y la guarda de la fidelidad en todas las pruebas y sacrificios. Así como la veracidad establece el acuerdo entre nuestros gestos y palabras y nuestra íntima persuasión, y entre ésta y la verdad eterna, del mismo modo la fidelidad exige que a las palabras de nuestros labios y a la expresión de todo nuestro ser correspondan los hechos.

La fidelidad es, pues, la expresión de la veracidad, primero, porque,  al prometer, hemos de tener  la intención de cumplir lo que manifiestan nuestras palabras y segundo porque debemos hacer verdadera nuestra promesa, realizándola. Desde este punto de vista, lo característico de la fidelidad esta en el factor de constancia y firmeza de la voluntad en cumplir lo prometido. En su sentido pleno, expresa la fidelidad una relación amorosa y personal con otro o con la comunidad de ahí hemos de concluir que la fidelidad, al mismo tiempo que expresión de veracidad y de constancia es propiedad inseparable del amor. Cuanto más íntima es la relación personal, más profundo ha de ser el sello de la fidelidad: Tal en la fidelidad de los amigos, de los prometidos, de los esposos, de los padres y de los hijos. No es solo así mismo  y a su palabra a quien se debe fidelidad: como el amor es cualidad que mira a otro.

El deber de la fidelidad nace desde el momento en que el promisario acepta las promesas hechas de palabras, o por signos y acciones. El amor que dios ha depositado en nosotros es tan gratuito, que no exige condiciones de parte del hombre que lo necesita. No así la fidelidad; esta exige la reciprocidad de la relaciones. No hay base para la fidelidad en la amistad cuando el otro no quiere ser mi amigo. No hay fidelidad de prometidos cuando la persona amada no hace caso del amor. Todo amor profundo, aunque no fuera más que inicial, incluye esencialmente por lo menos la voluntad de ser fiel. Hasta que se tiene esta voluntad no inicia el verdadero amor.

El joven que aun no ha hecho ninguna promesa formal de matrimonio a una joven, pero la pidió formalmente, debe saber que toda palabra o acción que despierten en ella la esperanza del matrimonio, entraña el deber de la lealtad y fidelidad, Pero es evidente que hay gran diferencia entre la fidelidad que impone esta situación y la fidelidad conyugal.

El sí dado en el sacramento, que impone la fidelidad conyugal, es incondicional e irrevocable; la demás promesas y acciones que piden fidelidad, son por su naturaleza, en cierto modo, condicionales, así el amor y fidelidad que a una joven le ofrece un enamorado, se entienden que es a condición de verse correspondido con igual moneda y de que ella se muestre digna de ello.

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