Migración cubana como alternativa a la inmigración haitiana en República Dominicana
POR: PREIKY SAINT-HILAIRE – educador. Reside en Santiago Rodríguez.
La migración es un fenómeno global que se manifiesta desde tiempos remotos y forma parte de la dinámica de la humanidad misma. Desde la época primitiva hasta la actualidad, se ha evidenciado movilidad de personas de un lugar a otro. Inclusive esta situación se refleja en textos histórico y religioso como el libro de Éxodos, donde se narra la migración del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, demostrando su carácter universal y persistente. No obstante, aunque es un tema ampliamente conocido, pero suele ser poco debatido en profundidad en ciertos contextos sociales.
De acuerdo con Tapia (2025):
En la noción de migración suelen distinguirse dos fenómenos que son, a su vez, dos caras de la misma moneda: la inmigración, es decir, la llegada de migrantes a un lugar; la emigración, es decir, la salida de personas de un lugar para dirigirse a otro. Por tanto, se trata de un fenómeno que afecta por lo menos a dos espacios, origen y destino (parr. 4)
En el contexto dominicano, se han registrados diversos procesos migratorios; de hecho, el propio pueblo dominicano tiene raíces migrantes. Sin embargo, cuando analizamos la migración no como fenómeno, sino como un problema social, las perspectivas cambian considerablemente. En ese sentido, cuando abordamos de la migración haitiana y su impacto en la Republica Dominicana, la cual desde hace décadas se percibe como una problemática para nuestra nación vinculada a factores étnicos, culturales, religiosos e históricos, los cuales no encajan entre ambas naciones.
Con el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo como presidente del país en 1930, el Estado dominicano implementó una política migratoria, la cual estaba orientada en la captación de extranjeros en categoría de refugiados. La misma tenía la intención de minimizar el impacto de la migración haitiana en el territorio dominicano. Estas políticas perseguían dos objetivos fundamentales: el primero vinculado a perfeccionar la raza dominicana, y el segundo, orientado a suplir las necesidades de mano de obra con los sectores productivos del país.
Gardiner (1979) expresa:
Que en la medida que haitianos desesperados cruzaban la frontera para trabajar en los campos dominicanos, y otros hacían presión sobre la frontera asentándose ilegalmente, la tez de la población dominicana se fue oscureciendo. En ese sentido, Trujillo decide parar la migración y carnetizar o regular con permiso de trabajos a los haitianos de bateyes (p. 267).
Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Trujillo promovió un plan migratorio, el cual colocó a la Republica Dominicana como un Estado receptor de refugiados europeos. Entre estos se encontraban españoles, italianos, alemanes, franceses, húngaros, y judíos europeos, así como migrantes de Europa del Este. Estos grupos fueron incorporados especialmente en labores agrícolas y aéreas agroindustriales en localidades como La Vega, Constanza, Jarabacoa, Puerto Plata, Dajabon y otras ciudades del país.

Asimismo, Gardiner (1979) sostiene que:
Trujillo recibía con agrado a inmigrantes blancos en parte por su potencial efecto «blanqueador». Además, ese potencial «blanqueador» lo llevaba a las colonias agrícolas cercanas a la frontera haitiana, creyendo que el éxito agrícola allí sería una firme barrera en la línea demarcadora que bloquearía la penetración de los odiados negros. Este plan de Trujillo era contener la migración descontrolada y las quejas de los habitantes fronterizos sobre el robo de sus bienes por parte de los haitianos (p.267).
En la actualidad, la migración haitiana constituye un problema crucial para nuestra agenda nacional. A pensar de las políticas de deportaciones masivas llevadas a cabo, las mismas son poco efectivas, debido a que somos países con fronteras compartidas. Por tal razón, los esfuerzos parecen ser nulos o poco factibles, y en la medida en que se deportan 200 ilegales, al mismo tiempo regresan 500, constituyéndose en un desafío insostenible para nuestro país. En ese contexto, resulta pertinente considerar otras corrientes migratorias, tales como la venezolana, motivada por sus crisis económicas, y la cubana, asociada a factores políticos y socioeconómicos. Siendo la segunda, la opción más favorables.

En ese mismo orden, el Estado dominicano debería diseñar políticas migratorias o planes de regularizaciones que favorezcan e incentiven la llegada de migrantes cubanos y venezolanos, como alternativa para contrarrestar o reducir la dependencia de la migración haitiana en la mano de obra. Considero que podría ser más favorable, contar en nuestros campos o en las construcciones con trabajadores cubanos. Esto minimizarías las migraciones haitianas mediante la reducción de los empleos disponibles.
Cabe destacar que los cubanos presentan similitudes culturales, lingüísticas, y religiosas con la sociedad dominicana. Además, existe una historia compartida que nos une, y un legado colonial nos identifica como pueblos hermanos, aunque distantes. Durante la guerra de los diez años de 1868 y 1878, numerosos de cubanos se establecieron a nuestro país, debido al éxodo provocado por la lucha por su independencia. Sus aportes fueron muy significativos debido a que modernizaron la industria azucarera, fortalecieron la producción agrícola y ganadera del país.
En conclusión, la migración cubana y, en menor medida la venezolana, podría ser considerada como una alternativa estratégica dentro de las políticas migratorias del Estado dominicano, en el marco de gestiona más sostenida y equilibrada para contrarrestar la migración haitiana. Tomando en cuenta que estos grupos migratorios serán mejor vistos dentro de la sociedad dominicana por los parentescos socioculturales existentes.
Bibliografía
- Gardiner, C. (1979). La política migratoria de Trujillo. Santo Domingo: Editorial Dominicana.
- Tapia, J. (2025). Estudios sobre migración contemporánea. Santo Domingo: Ediciones Académicas.
- Santa Biblia (s\f) Libro Éxodos.