Los sabaneteros ausentes
Por: Robert Núñez Cabrera
Llegaba la Semana Santa y con ella los Sabaneteros Ausentes, hombres y mujeres que abandonaron su terruño obligados por las circunstancias para estudiar, para trabajar, para buscar nuevos horizontes en una época difícil, donde las oportunidades estaban reservadas para unos pocos.
Recordar aquellos días cuando pasábamos el tiempo mirando hacia Pueblo Arriba o en grupos en las cercanías del monumento esperando la llegada de los compueblanos, de sus amistades y de sus familiares, nos llena de melancolía y fortalece nuestro espíritu.
¡Qué tiempos tan sanos y cuanto orgullo sentíamos!.
En esos reencuentros escuchábamos las historias que nos inspiraban y nos hacían soñar en el momento que nos tocaría emprender el viaje en la búsqueda de un futuro mejor y regresar sonrientes a contar las nuestras.
Nos enseñaron a querer nuestra tierra a la distancia. Aprendíamos de sus andanzas, conocimos de otras culturas, de los cambios que se daban en el mundo, con sus experiencias nos formaban al tiempo que nos deleitaban.
Por eso nos marcharnos físicamente y mentalmente nos quedamos, no importa cuán lejos estemos, nunca nos desconectamos de nuestros familiares y en cada chorro de agua sentimos a Yaguajal y a Guayubín, y reluce el Marién, El Astro o La Capri en cada traguito que nos damos, eso sí, acompañado por el sabor de los Chulitos y la carnita frita de Minerva la de la Joya.
Pero en la tarde del viernes, cuando se acerca la hora de la procesión, dejamos todo para asistir, como nos enseño el Padre Jaime, a recordar a Jesús, aquel hombre que en el año 33 se sacrifico para que pudiésemos vivir en un mundo más justo, que enfrento el poder más grande que existía en la tierra, y aunque pereció en su intento, aun vive y vivirá entre nosotros.
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