Elegía del ruiseñor que se murió de amor

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Elegía del ruiseñor que se murió de amor

Por: Sergio Reyes II.

Creíase, el añejo avechucho, que ya las había visto todas y una más. Pensaba, que, por su sobrada experiencia en las lides del amor y gran manejo en los avatares de la vida, el destino habría de ser condescendiente con él y le daría como consuelo un retiro apacible, en la mansedumbre de la floresta, persiguiendo frutillas, oteando el horizonte y evocando los años idos, en los que tanta agua dio a beber, en los predios de la parvada en la que se desenvolvía a sus anchas y sin competencia conocida.

Por lo menos, a eso aspiraba!

Y he aquí que, en el dulce otoño de su agitada existencia, con disimuladas quejumbres y desatendidos achaques, de esos que llegan y se quedan disimuladamente entre los huesos, este cascarrabias con ínfulas de Casanova en retiro hubo de toparse, de buenas a primeras, con aquella avecilla que le trastocó la vida, años ha, en tal forma que nunca hubo de recuperarse del dolor y el desconsuelo por la abrupta separación en la que, justo es decirlo, su levantisco espíritu tuvo mucho que ver.

Dicho y hecho, y como ganado camino al matadero, se dejó llevar, con exceso de docilidad y confianza, de las manos de la imponente avecilla que ya le había alterado de mala manera la vida en aquellos años. Y le creyó, uno a uno, todos sus argumentos, sus excusas y juramentos de amor. Sin darse cuenta de que, conducido de su mano y sin reservas estaba cediendo, gustosamente, el libre albedrío y el derecho a una jubilación tranquila;  Sin sobresaltos, pero digna.

Todo comenzó, como los inicios en las cosas del amor; Mejor aún, para ser más explícito, como la parodia del Flamboyán aquel: ¡primero llegaron las flores, … y después las vainas!!

Envuelto en las enloquecedoras volutas del amor, entregó sus armas, cedió derechos y prerrogativas, aceptó condicionamientos y se entregó, sin más ni más, a la acogedoras y engañosas delicias de una jaula con visos de encierro voluntario; ¡pero cárcel al fin y al cabo!

En sus inicios, justo es decirlo, el acogedor calabozo aparentaba ser una especie de Pent House del amor, cual si fuese el ‘todo incluido’ de un elegante Resort de los muchos que nos gastamos en nuestros paraísos caribeños.

Vistas, así las cosas, ¡eso aparentaba!

Pero, -y aquí viene el pelo en la sopa!-, la celda no dejaba de ser celda, y la jaula, como tal, estaba aquejada de las limitaciones de toda cárcel: encierro, estrechez e imposibilidad de volar hacia el cielo prístino y brillante, cada vez que el deseo lo dispusiera.

Sin embargo, el confiado ruiseñor con ínfulas de Rubirosa, confiaba, todavía, en que podría revertir las reglas del juego y que habría de terminar imponiendo las cosas a su manera, como en aquellos años idos en los que aún podía decidir el curso de las jugadas en su favor.

Y llegóse el día en que, llave en mano, la artera avecilla, -a la que, más que como avecilla, deberíamos de calificar como experimentada arpía-, trastocó las normas en el devenir de aquel delicioso y voluntario encierro y echó el cerrojo de la jaula, para disponer a sus anchas del tiempo libre, en otros cielos, sin la molesta e incómoda presencia de un encanecido avechucho, de pocos vuelos, discutible atractivo y encanto en declive, a más de su deplorable condición.

De buenas a primeras, la jaula dejó de ser aquel apacible espacio en el que el ruiseñor volaba a sus anchas, a sabiendas de que, en el momento oportuno, su preciada damisela habría de llegar a su lado, ora con el apetecido alpiste o con las generosas muestras de cariño y atenciones con que de continuo le prodigaba. Todo hubo de comenzar a cambiar, para desgracia del iluso pajarillo alado que una vez se enseñoreó de los espacios y dejo a más de un corazoncillo seriamente adolorido en aras de éso que llaman amor.

En ésta ocasión, revertidos los espacios y las situaciones, otra es la realidad que rodea al otrora rompe-corazones de los dominios aéreos, las campiñas y las dilatadas llanuras. Las herméticas rejas elaboradas con duras varas de bambú ya no le permiten ganar la preciada libertad y su presente se diluye oteando el horizonte, tratando de descifrar cuál  fue su error en este penoso lance.

Y lo que es más aun, divagando las múltiples formas y maneras en cómo puede liberarse de su encierro para volar, una vez más, hacia cielo abierto, a lo que podría ser su último vuelo.

Y empecinado y terco como todos los de su raza, se dio a sí mismo la enjundiosa misión de abrirse paso, por entre las brechas de su oprobioso encierro, en busca de la preciada libertad.

Una y otra vez embistió contra la dureza de las rejas, recibiendo en su sensible anatomía el embate doloroso de lo imposible. Una y otra vez se estrelló contra las vigas de bambú, para terminar, vapuleado y adolorido, en el piso de la jaula en donde alguna vez tanto placer creyó sentir.

Y he aquí que, plantado ante la dura realidad que le afligía, asumió, con valentía espartana, la decisión suprema que se correspondía con el momento: ¡primero muerto que esclavo!

¡Cuando la casquivana avecilla en quien el confiado enamorado había cifrado sus esperanzas e ilusiones postreras, regresó, horas después, de su apacible y relajado vuelo, no hubo de encontrar más que el lastimoso espectáculo de una ominosa muerte que pudo ser evitada, porque, de todos es sabido que, en tratándose de un ruiseñor, podemos recibir amor, cariño, adorables gorjeos y compañía, siempre y cuando no se le imponga a tan noble avecilla el estigma del encierro, o el desamor!!

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