El río que lo sabe todo 2-4
POR: AMBIORIX POPOTEUR – Asesor de Impuestos. Reside en Santo Domingo.
El sol madrugó más temprano que todos los días.
En Sabaneta, cuando el verano apretaba, en aquellos tiempos cuando tenía el gran caudal, el río Yaguajay se volvía refugio y confesionario. La gente decía que ese río guardaba secretos desde antes de que el pueblo tuviera nombre. Que sus aguas arrastraban risas, juegos, sueños de infancia, pecados y promesas rotas.
A media mañana, Rafaelito llegó primero, como siempre. Traía una olla grande, víveres pelados en un macuto de guano, dos gallinas amarradas, un machete, una botella de ron, vasos y refrescos.
Era hombre de ruido, de prisa y de presencia, se abría camino entre arbustos, hasta llegar a la orilla del rio, que lo recibía entre sombras de los frondosos árboles y los pequeños pomos.
¡Apúrate, río, que uno viene lleno de calor! dijo, arrojando las sandalias y metiéndose al agua sin pensarlo.
El agua le llegó al pecho, fresca, clara, movida por pequeñas corrientes que traían olor a monte.
Se lavó la cara y el cuello, resopló contento.
Detrás, por el sendero de tierra, empezó a llegar la gente del barrio:
Juan, el del colmado, las hermanas de doña Mila con su canasto de bollitos de maíz, dos primos de Simón, y al rato, con paso más lento y la mirada serena de quien piensa demasiado, Simón, que se había olvidado de su compromiso cuando supo que Manuela estaría en el río.
Vestía una camiseta blanca manga corta y un pantalón oscuro corto, llevaba en una mano una toalla y en la otra una bolsa con café, azúcar y un pan de agua fresco, como quien viene de la casa a despertarse al río.
Llegaste, gritó Rafaelito, desde el agua. Este río ya preguntaba por ti.
Simón sonrió y saludó con la mano. Sintió el alivio del campo abierto, del olor a río, de la sombra de los árboles. Todo era más fácil ahí, lejos de los bancos del parque y de las miradas del pueblo…
hasta que su corazón le recordó lo esencial: ella también vendría.
¿Llegó Manuela? preguntó, disimulando.
No respondió Rafaelito. Pero si la tía Carmen viene, tú sabes que ella viene.
La tía Carmen, con su abanico enorme, apareció al fin unos minutos después, gran señora de verbo afilado. Y tras ella, sin prisa, sin ruido, Manuela Zapata.
Venía vestida con un vestido ligero, de estampados minúsculos de flores, sandalias sencillas y el cabello suelto, apenas sujeto por un moño flojo. Llevaba una cesta con sus cosas personales, y algunas cosas para el cocinao, el río entero pareció enderezarse para mirarla.
Buenos días dijo ella, bajando la pendiente.
Buenos días, señorita respondieron varios a la vez.
Simón sólo levantó la mano. No podía hablar todavía.
Rafaelito salió del agua, se pasó la mano por el cabello mojado, y fue directo a recibirla.
Yo cargó eso Manuela, dijo, tomando la cesta sin pedir permiso. Aquí manda el río, pero yo organizo las cosas.
Ella rio, suave.
Gracias, Rafaelito. Pero con cuidado, que los limones se salen.
Yo sostengo lo que sea respondió él, sin vergüenza.
Simón los observó. Sintió una punzada que no era celos en sí, sino miedo: el miedo de llegar tarde, de haber callado demasiado.
El grupo se dispersó: unos se metieron al agua, otros prepararon el fogón con piedras redondas.
Doña Carmen daba órdenes desde su silla plegable:
¡Más leña! ¿Y la gallina? ¿Quién va a picar esa gallina? ¡No me la enjuaguen tanto que pierde el gusto!
Rafaelito obedecía y mandaba al mismo tiempo.
Simón, en cambio, buscó la orilla, se sentó bajo un árbol y contempló la corriente. Tenía aspecto de hombre tranquilo, pero adentro era marea.
Manuela se acercó.
¿No te vas a meter? preguntó ella, inclinándose un poco.
Ahora… más tarde respondió él.
Ella se sentó a su lado, dejando caer el vestido cuidadosamente para no mojarlo.
A veces pienso que tú no disfrutas como los demás dijo, mirando el agua. Como si tuvieras algo pendiente siempre, una idea dando vueltas.
Tengo trabajo contestó él, sin pensarlo del todo. La escuela, los muchachos…
Ella lo miró fijo.
No hablo de eso, Simón.
Él sintió que la respiración se le volvía irregular. A veces uno no sabe cómo decir las cosas logró decir. O dónde ponerlas. O con quién añadió ella, despacio. El río siguió sonando, como si se enterara.
¡Eh, ustedes dos! gritó Rafaelito desde la otra orilla. ¡Vengan, que vamos a empezar el sancocho!
Manuela se levantó, sonriendo. Vamos. Pero esa vez, antes de caminar, extendió la mano hacia Simón. Él dudó apenas un segundo, y luego la tomó. No fue un gesto de amor declarado.
Fue un gesto humilde, como decir: ven, también es tu día.
Rafaelito los vio llegar juntos y, por primera vez en mucho tiempo, no sonrió plenamente.
El río está perfecto dijo él, cortando el aire con su voz. Hoy sí se come bueno.
Manuela soltó la mano de Simón y se fue hacia doña Carmen. Rafaelito se quedó a solas con su amigo. Oye, soltó, sin rodeos. Ella también te mira. Simón bajó la vista. No digas cosas…
Si no te lo digo yo, ¿quién? respondió, cortándole. Pero escucha: que ella te mire no significa que te espere toda la vida. El silencio fue más largo que el río. La conversación tomo un tono preocupante e hizo que Simón se pusiera a la defensiva, a la vez atacó con la siguiente pregunta.
¿Y tú? —preguntó Simón, al fin. ¿Tú la esperas?
Rafaelito tragó saliva. Se le fue la fuerza de golpe. Nunca su amigo había sido tan directo.
Yo, pareció desconcertado con la pregunta… miró el agua, bueno. Yo quiero lo que tú quieres.
Eso es lo jodido. Simón sintió un nudo inmenso. Nunca te lo pregunté… murmuró. ¿Desde cuándo?
Desde antes que tú respondió Rafaelito, sin dureza, sin reclamo. Pero a veces uno ama primero, y eso no sirve de nada.
La olla empezó a hervir y el aroma de gallina y cilantro llenó la ribera del río.
Manuela, sin enterarse de la conversación entre sus dos pretendientes, ayudaba a picar ajíes, reía con las hermanas de doña Mila, movía el cabello cuando el viento subía desde el agua.
Los muchachos del barrio jugaban a tirarse clavados desde la piedra grande.
Los adultos bebían cerveza tibia y cuba libre, hablaban de cosechas, de precios, de política.
Y en medio de todo, dos amigos se dijeron y callaron por primera vez cosas que les dolían a los dos.
El río seguía bajando, indescifrable.
Después del almuerzo, todos se metieron al agua.
Manuela también.
El vestido fue reemplazado por un traje de baño sencillo, azul oscuro, y por primera vez desde que la conocían, su belleza apareció sin ropa de oficina ni zapatos cerrados.
Simón se quedó quieto, casi pierde la poca capacidad de hablar que tenía, y en su infantil timidez, siguió mirando desde la orilla con el corazón acelerado.
Manuela, desde el agua, levantó la mano:
¡Ven! El río no muerde.
Él sonrió sin querer. Se quitó los zapatos, caminó despacio y se metió.
El agua lo recibió fría y amable. Sintió por un instante que el mundo era tan simple como esa corriente.
Ella flotaba a unos pasos, sin maquillaje, sin gesto de ciudad.
Solo Manuela. La de verdad. ¿Ves? dijo ella. No duele. No respondió él.
Rafaelito se acercó nadando, salpicando.
¡Oigan, tortolitos! ¿Van a quedarse flotando toda la tarde?
Primera parte: Antes de partir 1-4
Ellos rieron de buena gana. Pero en esa risa había algo nuevo: la certeza de que los tres ya estaban dentro de algo más grande que el río, más complejo que un triángulo, más hondo que el silencio.
Al caer la tarde, mientras todos recogían sus cosas, Rafaelito se acercó a Simón.
Hermano… dijo sin mirarlo. Si tú te vas, yo me quedo. Si tú te quedas, yo me callo.
La voz le salió baja, herida, pero sincera.
No quiero que esto nos rompa respondió Simón, con el pecho apretado.
Tal vez ya nos rompió, pero todavía no duele murmuró Rafaelito.
Manuela, unos metros más atrás, escuchó sin querer. No dijo nada.
Sus ojos se llenaron de un brillo inquieto, como quien entiende que el amor a veces es un don cruel.
Ese día, el Yaguajay guardó otro secreto. El más delicado.
No era un beso ni una pelea. Era apenas una confesión sin destino y una mano ofrecida en la orilla. Pero al llegar la noche, cuando todos durmieron, el río siguió corriendo, murmurando, recordando. Porque en Sabaneta, en los años cincuenta, las historias de amor y amistad no necesitaban escándalo para quedarse escritas.
Bastaban un sol de verano, una tarde de río… y tres almas detenidas en el mismo puente del corazón.



