Antes de partir 1-4
POR: AMBIORIX POPOTEUR – Asesor de Impuestos. Reside en Santo Domingo.
Dedicatoria
A Sabaneta, por sus tardes lentas, sus almendros, su río y la nostalgia que nunca abandona a quienes crecimos bajo su cielo.
Y a mis amigos de promoción, porque la verdadera amistad no desaparece:
aprende a permanecer en la memoria y en el corazón.
A veces el amor no falla; lo que falla es el momento en que te decides a hablar.
La brisa de la tarde en Sabaneta
En Sabaneta las tardes caían siempre del mismo modo: despacio, como si el sol conociera a cada vecino por su nombre y se despidiera uno por uno.
Primero se apagaba un poco el calor sobre el cemento caliente, luego se iban alargando las sombras de los almendros, limoncillos y rompevientos, y después, más tarde, aparecían los primeros mosquitos sobre la piel húmeda.
Era la Sabaneta de mediados de la década del 50, la ciudad era ya la capital de la naciente provincia, Santiago Rodríguez.
Simón y Rafael habían crecido juntos, aunque nacidos en barrios distintos, se conocían muy bien, uno tímido y reservado, el otro sumamente extrovertido, atrevido y locuaz, cada cual era crítico del otro, pero a la vez se complementaban y apoyaban.
Ese día no era diferente, pero para Simón Peña, al que todo el mundo llamaba El Profe, la tarde tenía un peso distinto. Caminaba despacio alrededor del Parque de la ciudad, con la camisa de manga larga bien remetida en el pantalón de gabardina y los zapatos de goma limpios, aunque ya gastados. Llevaba bajo el brazo un cuaderno de tapas duras, forrado con papel de regalo viejo. Ahí, entre ejercicios de dictado y cuentas de los muchachos de la escuela, escondía otras cosas: frases sueltas, canciones a medio hacer, cartas que nunca había enviado. Porque la timidez era más fuerte que el amor que pudiera sentir cuando le atraía alguna mujer.
Simón había nacido en el 1930, para la fecha tenía 25 años, todos transcurridos en su barrio de Cambelén. Era hijo de Don Carlos Peña, agricultor, quien lo había criado con severidad, aunque con nobleza, su madre era Altagracia, mujer resuelta y de armas tomar, devota religiosa. Era el menor de cuatro hermanos y siempre quiso ser profesor, era de estatura media, más bien delgado, sentimental, romántico, pero tonto a la hora de acercarse a cualquiera fémina. Leer los libros que pudiera conseguir y escribir poemas eran sus pasatiempos favoritos.
Se sentó en uno de los bancos, mirando hacia la iglesia. Las campanas habían sonado hacía poco para el rosario, pero él no tenía prisa por entrar. A esa hora, en Sabaneta, la fe se mezclaba con el cansancio del día: algunas mujeres rezaban, otras aprovechaban para interesarse del último acontecimiento de la ciudad, y algunos hombres se quedaban afuera, apoyados en los postes de luz, fingiendo que esperaban a alguien.
Simón abrió el cuaderno por una página cualquiera. Allí, con su letra inclinada, había escrito:
“Si yo fuera valiente, ya todo estuviera dicho”. Suspiró. Cerró el cuaderno de nuevo. No era valiente, al menos no para lo que más le importaba.
Simón, se oyó una voz, desde la esquina sur por la calle Pedro Tomas.
Él levantó la cabeza. Reconocía esa voz desde niño. Vio venir, con paso ancho y decidido, a Rafael Gómez, Rafaelito para todos, su amigo de toda la vida. Venía con las manos engrasadas, el pantalón arremangado y la camisa desabotonada hasta el pecho. Tenía esa manera de caminar como si fuera empujando el mundo a codazos.
Pero mira, el profe, dijo Rafaelito, sentándose a su lado sin pedir permiso. ¿Y ese humo de preocupación que se te sale por las orejas?
Rafael, es un amigo de la infancia de Simón, se habían conocido en la escuela primaria y no se habían separado nunca, con apenas dos años mayor, era lo más parecido a una persona intrigante y chismosa, que siempre entendía que debía enterarse de todo lo de sus amigos. Nacido en el barrio de La Sabana, era mecánico y siempre había grasa de vehículos en su ropa o cuerpo, aunque rudo al hablar, tenía cierta ternura en el trato y apoyaba y cuidaba a sus amigos, siempre hacia sacrificios para no dañar la amistad. Tenía un secreto, estaba enamorado de la misma muchacha que Simón.
Simón sonrió apenas.
Estoy corrigiendo cuadernos, mintió, dándole un toquecito al cuaderno cerrado.
Anja, Rafaelito lo miró de reojo. ¿Y desde cuándo a los muchachos de la escuela tú les escribes cosas de amor, profe? Simón bajó la vista. Rafaelito siempre había tenido el talento de adivinarle las cosas, o por lo menos de molestarlo justo donde dolía.
Tú vives inventando, respondió Simón, suave. ¿Y tú? ¿No saliste muy temprano del taller hoy?
Hoy no vino el camión de Santiago con las piezas. El patrón me dijo que cerráramos más temprano. Además, uno tiene que darse un respiro, muchacho. Hizo una pausa, miró alrededor. Y más cuando uno oyó que ella va a pasar por aquí ahora.
Simón sintió un ligero nudo en la garganta. ¿Quién? preguntó, fingiendo inocencia. Rafaelito sonrió, mostrando los dientes blancos, con buena intriga.
¿Quién va a ser? Manuela, mi amigo. ¿O hay otra que te deje así, mirando a la nada? El nombre quedó flotando entre ellos, como si fuera una canción conocida que los dos fingían no recordar.
Manuela Zapata trabajaba en la Gobernación, cruzaba casi todas las tardes por el parque para tomar el camino de la calle Pedro Thomas, para irse hacia El Tamarindo, donde vivía con su tía. Era una rutina que todo el entorno a la gobernación conocía. No hacía falta reloj para saber la hora; bastaba ver el vestido claro de Manuela y su cartera marrón cruzando frente a la iglesia.
Simón tragó saliva. Tú siempre con tu relajo, Rafaelito. Relajo, no. Observación. Rafaelito se recostó del respaldo del banco.
El corazón de Simón empezó a latir un poco más rápido. No era la primera vez que la veía, ni sería la última, pero cada encuentro parecía el primero. Le sudaban las manos, se acomodaba la camisa, sentía que la voz se le escondía en algún lugar del pecho.
Yo no sé por qué tú no hablas claro siguió Rafaelito. Dime una vaina, ¿tú piensas irte algún día a Santo Domingo, sí o no? Ahí estaba la otra espina. Un disparo con doble intención.
Desde hacía meses, el director de la escuela le había conseguido a Simón la oportunidad de irse a la capital a terminar los estudios de pedagogía. Tenía carta y todo. Solo faltaba su decisión. Pero él estaba clavado entre dos cosas: el miedo a dejar su pueblo y el miedo a dejarla a ella.
No sé, respondió. A veces pienso que sí. Otras veces, miró los árboles, el parque, la iglesia, como si todo lo retuviera. No sé. Rafaelito chasqueó la lengua. Tú lo que estás es amarrado por dentro, profe. Te vas a quedar aquí corrigiendo cuadernos, soñando cartas y viendo cómo la vida se te va yendo por la esquina del parque. Simón iba a contestar algo, cuando la vio.
Venía por la acera de enfrente, desde la Gobernación, caminando sin prisa, con un vestido celeste que se movía suave con la brisa de la tarde. Tenía el cabello recogido, pero algunos mechones se le escapaban y brillaban con la luz baja del sol. Llevaba bajo el brazo una carpeta y en la otra mano una cartera pequeña. Para Simón, desde hacía años, el mundo comenzaba y terminaba en la forma en que Manuela miraba las cosas.
Se conocían hacía muchos años, sus familias eran amigas y ellos compartían el amor por los libros. Para él, ella era la mujer más hermosa del mundo, por lo menos del mundo que conocía. Pero había un obstáculo, su timidez e inseguridad le producían ansiedad y le impedían la interacción social, principalmente con el sexo opuesto.
Buenas tardes, dijo ella, al pasar frente al banco. La voz fue clara, educada, sin coqueteo, pero con una suavidad que a Simón le pareció casi un milagro. Buenas tardes, Manuela contestó Rafaelito, rápido, con una sonrisa amplia. ¿Cómo le fue hoy, señorita secretaria en oficina del gobierno? Ella rió, una risa leve, parecía fingida. Mucho papel y poco sueldo, respondió.
Simón la miró, tomó aire. Sintió que la tarde entera se detenía esperando su palabra. Podía decir algo cualquiera: “buenas tardes”, “estas cansada”, “¿ya se va?”, lo que fuera. Pero las palabras, que tanto le sobraban cuando escribía en su cuaderno, se le quedaban trabadas en la garganta.
Manuela volteó hacia él, esperanzada de un saludo. Buenas tardes, Simón dijo ella, ayudándolo. Buenas alcanzó él a murmurar. Buenas tardes, Manuela. Se miraron apenas un segundo. Ella sostuvo sus ojos un instante más de lo normal, como quien lanza una pregunta sin voz. Luego asintió, con un gesto casi imperceptible, y siguió su camino.
Rafaelito esperó a que se alejara unos pasos, y entonces, sin poder contenerse, murmuró: un día de estos, Manuela, tú vas a tener que pagar derechos de autor por la cara que este tipo se gasta cada vez que te ve. Vas a hacer que se muera. Simón lo miró, entre molesto y avergonzado. Tú no respetas dijo, pero una sonrisa quiso escapársele.
Rafaelito se levantó del banco. Por eso mismo te digo las cosas. Mira, Simón, el mundo no se va a detener porque tú seas tímido. Manuela se te va y tú sigues aquí, sentado. Ella te habló primero dijo Rafaelito, como concluyendo un pleito. Eso no lo hace cualquiera. Eso no significa nada respondió Simón, tercamente. Anja. Rafaelito lo miró fijamente. Un día te vas a dar cuenta de que tú mismo te estás borrando la historia, mi amigo.
La noche empezó a caer sobre Sabaneta. Las luces amarillas del parque se encendieron como estrellas cansadas, y el pueblo se recogió poco a poco en sus casas. Los vendedores de la calle cerraron, el colmado cerró la mitad de la puerta, la música de un radio lejano trajo una bachata triste. Simón y Rafaelito tomaron el camino hacia sus casas, por la misma calle, estaban de momento distanciados, principalmente Simón por las palabras de reproches de Rafaelito.
¿Vas mañana al río? preguntó Rafaelito, sin mirar atrás. Tengo compromisos en la mañana contestó Simón. Pero en la tarde puedo ir. Van unos cuantos del barrio dijo Rafaelito. Podríamos hacer un cocinao allá mismo, en la orilla. Hizo una pausa. Dicen que Manuela también va. La tía Carmen anda diciendo que la sobrina tiene que coger aire de río.
El estómago de Simón dio un vuelco, como si hubiera trotado de repente. ¿Quién te dijo eso?
El pueblo habla, profe. Y cuando el pueblo habla, uno oye, aunque no quiera. Se rió. Mañana en el Yaguajay tú tienes otra oportunidad de dejar de ser mudo. Caminaron un rato en silencio. Entre el canto de los grillos y el ruido de algún motor lejano, la voz de Rafaelito volvió a entrar como una pedrada en la calma.
Simón. Dime Rafelito.
Si tú te vas pa’ Santo Domingo hizo una pausa, ¿tú crees que ella se quedaría esperándote?
La pregunta los dejó a los dos pensativos, caminando al mismo paso, pero con la cabeza en lugares distintos. Simón no supo qué responder. Pensó en la capital, en los edificios altos que había visto en fotografías, en las aulas grandes, en la posibilidad de ser “profesor de verdad”. Pensó también en el parque, en el banco, en la guagua, en un vestido celeste cruzando la tarde y también en el veneno que llevaba esa pregunta que le había hecho Rafael.
Yo no sé si alguien espera a otro, Rafaelito dijo al fin. Uno es que se queda esperando. Rafaelito se detuvo un momento, lo miró. Tú a veces hablas bonito dijo. Lástima que no uses esas palabras cuando tienes que usarlas.
Aquella noche, en su cuarto pequeño, con la cama de madera y el mosquitero colgando como una nube triste, Simón encendió una vela y abrió el cuaderno. El resto de la casa dormía. Se oían a lo lejos los ladridos de un perro y el croar de las ranas en algún charco y los ronquidos de los vecinos.
Buscó una página en blanco y empezó a escribir despacio: “Querida Manuela, hoy volvió a pasar lo mismo. Usted caminó por el parque y yo me quedé callado. No crea que es por falta de palabras; es por miedo a gastarlas mal. El pueblo entero la ve, pero yo la miro distinto. No sé cómo explicarlo sin que parezca una exageración de maestro de escuela. Mañana, dicen, vamos al río. Si usted supiera las cosas que el río sabe de nosotros…”
Se detuvo. Miró la vela un momento. Cerró el cuaderno de golpe. Esa carta tampoco la entregaría. La doblaría con las otras y la guardaría en la caja de madera, debajo de la cama, junto a sus valientes invisibles.
En la oscuridad, antes de dormirse, pensó en Rafaelito. Pensó en Manuela.
Pensó en el río Yaguajay, que al día siguiente los vería a los tres juntos otra vez, como cuando eran más jóvenes, pero con algo distinto flotando en el aire, algo que ninguno se atrevía todavía a nombrar.
Afuera, la noche envolvió a Sabaneta en un silencio suave. Nadie lo sabía aún, pero en esos días quietos de pueblo se estaban acomodando, paso a paso, las piezas de una historia que marcaría para siempre la amistad de dos hombres y el corazón de una mujer.



