A volar con las palabras… (1-2)

343
Maestro Francisco Estévez

Presencia sutil de la naturaleza verde en el confín de los susurros estéticos en la poética de Francisco Estévez

Por: Bergson Rosario.

La poesía ha llevado siempre la égida de los géneros en el campo de la literatura. Es quizás el género, si me permitieran hablar de la subdivisión en los entornos de la creación estética, más difícil para el cultivo literario, comparada con los otros que conforman el todo universal de la consecución de la obra literaria. Para tejer una telaraña poética, el escritor debe atravesar los linderos de la abstracción que conlleva una definición de lo que en realidad se ha de escribir.

Esa abstracción es lo que define al poeta, a lo que los griegos le llamaban inspiración, es el poder asumido para el logro de una sustancia poemática que implique la consecución del verdadero arte del desahogo vivencial por el que atraviesa y vive el escritor de poesía, entiéndase, el poeta. Es interesante abordar el estudio de los noveles escritores para determinar hacia dónde nos conduce el efecto de la brújula poética de los actuales tiempos. En tal sentido, nos dirigimos en esta ocasión a desentrañar la poética del poeta altodemaceyano, provincia de Santiago Rodríguez, República Dominicana, Francisco Estévez.

En la poesía de Francisco Estévez se combina el verde de los bosques, como telón de fondo, para la concepción de la pretérita presencia contumaz e incorruptible del tiempo. El verde es al pasado, como el blanco es a la pureza de los avatares de la existencia. Es una poesía con el frescor del campo manifiesto en la presencia de los montes silenciosos y austeros; de los ríos que se bifurcan como culebras buscando el frescor de los árboles que van defendiendo la orilla como una cinta cardenillo que se extiende hacia la infinitud de las soledades. En el poema: Luna, el poeta, de manera reiterativa, va buscando la soledad que se regodea en el silencio del cual extrae ostras azules del cuello infinito del satélite de extraer argentinas olas del odio permeado por los rayos lunífugos en las paredes del existir. Por eso, en los versos que rezan: Hoy el brillo encanta/ la voz del silencio, el poeta se adhiere a la muerte con la fuerza de la verde hiedra que copa las paredes del sueño sin retorno.

Asimismo, como ha de notarse, en un regodeo subterfúgico, en el poema Con fuerza, la antítesis muestra su presencia con la consabida intención de, a través del enfrentamiento estético, contraponer la fuerza irresoluta del núbil que no se ha adueñado de él, la inocencia del que aún no se le advierte un hilillo bigotino en la superioridad de sus labios; esto es, la fuerza que simboliza la adolescencia enfrentada a la nieve que puebla los filamentos blanquecinos de la experiencia consumada. En las ideas sublimes de letras sencillas desparramadas en el ínterin del poema referido en líneas anteriores, el poeta nos presta la fortaleza de sus versos cuando arguye: La voz era débil/ sus pasos cortos/ la fuerza imberbe. Es un desafío planteado con las palabras exactas entre la fortaleza del joven frente a la debilidad sublime del venerado anciano. Es así que: Se levanta la voz/ con fuerza. O, estos otros versos del poema tomado como muestra: Viejo como imberbe desamparado/ la angustia sonríe de agitación/ el tiempo suelta la antorcha dormida/ olvido y recuerdo crecen de amor.

En la caldera ardiente en la que se cuece la esencia de la masa poemática del poema: Lagarto de polvo nace el interés pétreo de ver en la naturaleza una aliada sutil en la creación del cosmos en el que se desenvuelve el poeta con sus luces y sus sombras: Palomas nacen/ en los nidos del aire puro/ mientras, truenos secos/ mueren en las rocas necias/ de tardes oscuras. La naturaleza del poeta es una naturaleza despersonalizada, en las que los truenos secos se suicidan en la dureza de las rocas. Sus comparaciones metaforizadas pueblan la superficie de cristal de cada uno de los poemas surgidos de la entrega al mundo de la literatura del escritor Francisco Estévez, cuando se yergue sobre la lira en la que se jubila cada compás producto de la concepción del constructo estético. En ese sentido, el bardo canta: La lluvia encanta lagartos de polvo/ como cuervos en primavera. En sus deliciosas imágenes está subsumida la verdadera esencia de su poetizar atado al ombligo de la consciencia del hacedor de puras realidades elaboradas con sus palabras sencillas y, al mismo tiempo, profundas.

En estos versos, usando un panel azul de ironía, a través del epíteto y el uso abundante de la sinestesia, se destaca un amor inconcebible; daga hiriente del alma exterior del poeta que se prosterna ante la actitud sublime del sentimiento delicado, pero al mismo tiempo, tosco a la sensación del poeta humanizado. El poema: Mientras dormía, es todo un manojo de sinestesia por las que el desparpajo del sentimiento etéreo socava la existencia del poeta. Por eso: Pude oler el sabor de tus deseos./ Pude oler la intriga de tu amor./ Pude ver el color de tus designios./ Pude ver el ritual de tu pasión./ Escuché la voz de tu angustia./ Escuché la risa recia del clamor.

En conclusión, en la poesía de este joven aedo dominicano se presienten tiempos pretéritos que se cuelan en la esencia del entarimado poético de Francisco Estévez, a quien desde ya les auguramos éxitos abundantes en su continuo recorrido por los exaltados senderos de la poesía. Por eso le estamos dedicando este Boletín No. 18.

1 Comentario

¿Y tú, que opinas?

Please enter your comment!
Please enter your name here