A Simón Bolívar Jáquez, ido en Un Vuelo de Cuyayas

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Por: Ricardo González Quiñones
Era una tarde diferente, de aquel funesto miércoles 27 de agosto del 1975, había pasado un tornado junto a la sirena que tocaron los bomberos a la 1:45, llevándose a su paso toda la cobija del play Armando Sosa Leyba.

Mal presagio para una ciudad pequeña en ese entonces, y es que ese día se marchaba sin despedirse nuestro amigo entrañable, inventor, despierto, sereno y con sonrisa alegre a su paso. Simón, el hijo de Yiya y Sergio, el hermano de Esmeraldo, Lolín, Maribel y Sergia, dejaba en su casa, en su barrio, en sus amigos, en su entorno, en todo el pueblo, un vacío absoluto aupado por la tristeza y de dolor.

Fue en Periquete, cuando los árboles dejaron de moverse por momentos, las aguas del pequeño río del mismo nombre, dejaron de correr y las flores silvestres del monte dejaron de perfumar. Se iba Simón, escoltado por delfines y alondras, sin adarga y sin espada y peor aún, sin despedirse de ninguno de nosotros, los que somos sus amigos y hermanos.

 

Hoy, 38 años después de ese lamentable suceso, quiero que sepas amigo-hermano, que el tiempo y el espacio no son conmutables, y que ambos, nos son suficientes, para olvidar ese gran amigo ido con apenas 17 años, en esa tarde cenicienta de verano tras EL VUELO DE LAS CUYAYAS.

Hasta pronto, Dios querrá

Ricardo González Quiñones
Sabanetero

 

Foto cortesía de:

Aulendrys Rodríguez

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