«Yo no soy Bobo, Compay»

310

Por: Luís Amílkar Gómez
No quiero comenzar mi artículo con un viaje Londres – Nueva York como la doctora Kenia de la Cruz (que dicho sea de paso, escribe magníficamente bien). El mío comenzó en una rotonda de Santiago de los Caballeros al parar una guagua de las llamadas «voladoras». Mi destino no era una ciudad rimpompante. Simplemente iba imaginariamente a mi Sabaneta. A mi lado, sorpresivamente, iba el gran Pulino mejor conocido como Pulino El Limpiabotas (créanme, este encuentro entre dos sabaneteros fue de verdad casual).

Siempre admiré de Pulino sus deseos de aprender. No le rehuía al conocimiento dentro de sus limitaciones. Recuerdo que nadie sabía en el pueblo las capitales de todos los países del mundo mejor que él. Hasta los maestros de estudios sociales del liceo temían un tú a tú con Pulino en relación a este tópico. Sus clientes fueron sus clientes de por vida porque él era el mejor en su oficio. Honesto, entretenedor, exagerador y conocía al dedillo todo lo que pasaba en el pueblo. Eso si, sin caer en el chisme.
Por eso me alegré de tenerle como compañero de viaje. Y es que con Pulino se pasaba bien y casi siempre de sus conversaciones se sacaba algún aprendizaje. Inmediatamente, le dejé caer mi primera pregunta que inició el siguiente diálogo.

-¿Qué hacía por Santiago, Pulino?. Él ni siquiera lo pensó para responder.
-Vine de un pronto a comer al Pez Dorado. Tú sabes que en Sabaneta no hay un restaurante de la categoría de gente como yo. En la fonda que era de Juanita, que es el mejor lugar para comer, el plato más sofisticado es el mondongo con yuca adornado con sendas tajadas de aguacate. Tú sabes, uno se cansa de eso.
No me reía solo de su ocurrente respuesta. También gozaban los que pudieron escuchar la conversación. En una voladora no hay lugar para la privacidad. No escomo en los grandes autobuses de la Metro ó en los grandes aviones.

El buen humor de Pulino no cayó del cielo. Lo heredó directamente de su padre Don Zoilo. Don Zoilo tenía una pequeña pulpería, si mi chin de anzheimer no me traiciona, a la entrada de El Tamarindo donde después Don Ciano Torres tuvo su negocio. Los sábados en la noche, Don Zoilo vestía sobriamente un saco con su chalina bien ataviada.

Las mujeres del barrio lo piropeaban recalcándole lo bien que se veía. Lo que no sabían esas damas era que el mostrador no le permitía ver el traje «completo». De la cintura para abajo, Don Zoilo tenía solo su calzoncillo y una chancleta de goma.
Volviendo a la voladora y a Pulino, no pude resistir más mis instintos y le solté la segunda pregunta que, dicho sea de paso, era la primera que quería hacerle desde que le ví.
-¿Y qué de un tal Sabaneta Mall que se runrunea van a construir por allá?. ¿Has escuchado algo?.
El se queda mirándome como quien sabe que hay mucha malicia en la interrogante. Por un momento me sentímal, porque me hizo creer que estaba en aprietos para contestar. El tiempo que duró pensando me pareció toda una eternidad y solo fue un par de segundos. Con un tono de voz muy bajo, como si sintiera el miedo de aquellos personajes sabaneteros de Los Tres Sucesos Cotidianos de Ricardo González, me dijo casi susurrando.
-Te voy a contestar porque tú eres hijo de Papote. Cuando se habla de tanto dinero para ser invertido en un pueblo pobre que no tiene ni siquiera un Pez Dorado, hay que ponerse chivo. Podrán decír lo que quieran, que soy el más humilde de los limpiabotas, que soy hijo de Don Zoilo, que de lo único que sé es de capitales, que de vez en cuando y de cuando en vez exagero en mis historias, pero…yo no soy bobo, compay!

¿Y tú, que opinas?

Please enter your comment!
Please enter your name here