Una prosa con idiosincrasia pesimista

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Por Sergio H. Lantígua
Entre la progenie humana, es una propensión generalizada, el desquerer y condenar al ostracismo a esos misántropos alicaídos, que solo perciben el abstruso negativismo de las cosas. Sin reflexionar, que es un síndrome genético, y completamente conjuntado a nuestro comportamiento existencial.

El pesimismo, del latín pessimum (lo malo), es un estado de ánimo y una doctrina filosófica que sostiene que vegetamos en el peor de los mundos, y en una sociedad defectuosa en donde el dolor es sempiterno y nuestro cometido es: » Tratar de obtener lo que nunca tuvimos a nuestro alcance». Un concepto armónico con el evolucionismo de la civilización y la naturaleza pretensiosa, del ser humano.

 

Este comportamiento inusual, analizado desde un contexto psicológico, constituye una de las peculiaridades superlativas de la dolencia conocida como depresión derrotista o complejo de inferioridad.

 

La potestad del término, le fué endilgada a Samuel Taylor Coleridge, poeta, crítico y filósofo, nacido en Inglaterra, como una postura antagonista al concepto filosófico de los esperanzados u optimistas; cuando en realidad, ésta paternidad, competía al famoso filósofo, escritor y poeta Francés Francois-Marie Voltaire.

 

Emile Michele Cioran, escritor y filósofo, nacido en Rumania, hace referencia a esta psicosis o estado anímico de la siguiente manera.: «Es la propensión de juzgar las cosas por su aspecto más desfavorable y negativo».

 

En esta travesía indagatoria, es prudente e ilustrativo, hacer un injerto superfluo de la ley de Edward A. Murphy, un ingeniero aeroespacial americano, cuyo proverbio compendia, los infortunios en los aspectos empíricos de la humanidad y que convalida lo siguiente: «Si algo puede salir mal, saldrá mal».

 

El género humano, por su proclividad evolucionista, no creería nunca, el no saber nada, no ser nada, ni poder llegar a alcanzar nada. Ningún pensador o politiquero que pervulgara, una de estas tres teóricas, haría fortuna, ni formaría secta en la comunidad en que se desempeñase; porque en sí, todos estos preceptos son primordiales para el ser humano. Pués las dos primeras, apocan la peculiaridad demandante, y la postrera, requiere poco coraje y una endémica fortaleza de ánimo para su anuencia.

 

Sería una objetividad plausible, si me refiriése también a cierto trasfondo pesimista, inherente a las religiones (particularmente el Budismo). Aunque todas ellas- en mayor o menor cuantía – tienden a garantizar, algún prototipo de redención humanitaria.

 

Así discente, puedo aludir, que para el cristianismo, por ejemplo: «La esperanza es una de las llamadas virtudes teologales».

 

El desánimo, comparte consonancia con la espiritualidad de ciertas exégesis bíblicas en la noción de que el mundo, es la morada del bien y el mal. De ahí que este concepto se relacione frecuentemente, con doctrinas tales como, el escepticismo, y el misticismo entre otras.

 

Arthur Schopenhauer, filósofo, pensador y prosista alemán, expresó que «toda satisfacción o lo que comúnmente interpretamos como «felicidad», es por naturaleza, negativa por ser inmaterial, pués es la concresión de un deseo momentáneo con una condición perentoria.

La euforia confortativa, le endona impasibilidad a la quimera. Por lo tanto, cesa la condición del placer, y el goce mismo ante la culminación de la intención. De aquí que la felicidad, no pasa de ser un conformismo trashumante, o más bien, la transición entre lo intrínseco y lo superfluo.

 

Es por eso, que nosotros los seres humanos – maestros del inconformismo – después de apaciguar una, apetencia, ora satisfecho el antojo, cesamos de pretedenderla, cediéndole albedrío, nuevamente a la mezquindad del disconforme.

 

El abatimiento y el suicidio, son percances colaterales, pero el primario, lejos de negar la voluntad, la reafirma enérgicamente. Pués la negatividad, no consiste en aborrecer el dolor, todo lo contrario, abomina los esparcimientos inasequibles de la vida.

 

Si sopesamos las evidencias comprometidas en esta obertura o itinerario inquisitorio, podríamos glosar: «Que nada es realmente tan trascendente para optar por un decisorio extremista, como lo es, el inmolarse». Anteponiendo, la certidumbre de que no es factible acarrear en nuestro periplo póstumo, lo tangible que obtuvimos en este mundo.

 

De manera, que la felicidad, es claudicante, y que consecuentemente, no existe, como ente certificada y efímera. Entonces, libertos de escrúpulos remilgosos, debemos continuamente – siendo seres pensantes – otorgarle preferencia a la irrefutable objetividad de la verdad y la razón; olvidándonos de la apariencia irracional y vanidosa.
Ahora, cómo podemos identificar a una persona, si es pesimista? Obviamente, cuando manifiesta indicadores de baja estima, le tiene aprensión a emprender o realizar cometidos importantes, es muy susceptible a la reprobación, y un extremado escepticismo hacia sus semejantes, manteniéndose marginado/a, cuasi todo el tiempo.

 

UNA PROSA CON IDIOSINCRASIA PESIMISTA

Ayer concebí esta prosa patética con una tragicomedia pesimista

Donde otras bocas siempre besan la boca que mi boca ya no besa

Donde otras manos tocan las manos que mis manos ya no tocan

Donde otros ojos se miran en los ojos que ya mis ojos no se fijan

Influenciado de homóloga urdimbre y aprovechando la redundancia

Escribí un poema tan pesimista que hasta mi ego quería suicidarse

Hasta mis manos objetaban  manuscribir y mis ojos rehusaban mirar

El verso era tan negativo que medrosa mi boca se resistía declamarlo

Porque tenía la certidumbre de que tu boca no querría pronunciarlo

Y aunque agasajáse tus ojos seductores ellos jamás habrían de mirarlo

Ni aunque habláse de tus  manos éstas nunca se atreverían a  tocarlo

Porque ahora solo llevo en el recuerdo, tus ojos, tu boca y tus manos

Me he quedado todo depresivo con un poema, ciego, mudo y manco

¿Y tú, que opinas?

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