Una pincelada en recordación del Padre Ton

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Padre Ton

In memoriam.

POR: SERGIO REYES II – Periodista Reside en New York.

Corrían los días finales del mes de octubre de un lejano año 1993, y nos encontrábamos en las instalaciones de una elegante y prestigiosa instalación hotelera de la ‘Ciudad Corazón’, a donde había acudido, junto a mi esposa, para participar en el acto en que se habría de dar a conocer los trabajos ganadores -y sus autores- del reputado Concurso de Cuento de Radio Santa María.

A instancias de ciertos amigos que me hicieron llegar las bases del referido certamen, me armé de valor y envié mi escrito, en un voluminoso sobre manila en el que, además de las innúmeras copias exigidas por el concurso, también había depositado, como todo diletante, un manojo de ilusiones y esperanzas, así como las consabidas encomiendas a todos los santos del purgatorio, al estilo de Vitalina.

Luego de haber cumplido con el registro de rigor, procedí a sentarme en el espacio reservado a los participantes en el certamen literario, junto a un abigarrado número de otros noveles escritores que, como yo, estaban hechos un manojo de nervios, ansiosos por conocer el veredicto del jurado.

Mientras avanzaban los preparativos del montaje del evento, me percaté de la llegada de quien, a todas luces, aparentaba ser una de las figuras principales en el desarrollo de la actividad. Y en efecto, llegado el momento de las consabidas presentaciones y saludos de rigor entré en conocimiento de que estábamos frente al legendario sacerdote jesuita Antonio Lluberes, Director de Radio Santa María, la entidad convocante del concurso, quien unía a esta condición todo un inmenso historial como intelectual de fuste, investigador histórico, educador, sociólogo y activista de las mejores causas en bien de la humanidad. Pero, sobre todo lo anterior, ¡un sacerdote a carta cabal!

A leguas se notaba que el ‘Padre Ton’, como todos allí le llamaban, buscaba socializar un poco con el puñado de inquietos aspirantes a escritores que habíamos acudido allí, a recibir el veredicto o evaluación de aquellos escritos en los que habíamos puesto nuestras mejores habilidades. Y en aquel preciso momento comenzó a verter entre nosotros el concepto del estímulo y tesón en la continuidad de la labor literaria, en el futuro, independientemente de cuales fuesen los resultados de aquello que había concitado nuestra presencia en aquel suntuoso lugar.

Las palabras de rigor, presentación de los componentes de la ‘Mesa Directiva’ y, de manera especial, los miembros del jurado –quienes portaban en una modesta carpeta los resultados de la justa-, se sucedieron de manera frenética. En una breve reseña se hizo mención de los temas y modalidades de la cuentistica que adornaban los trabajos, así como la disímil procedencia de los participantes, luego de lo cual y como antesala a la lectura del veredicto del jurado y asumiendo el papel del pastor de ovejas, el padre Ton, deseó la mejor de las suertes a los participantes al tiempo de externar a estos algunos consejos y lecciones de vida, para ser tomados en cuenta en el mundillo intelectual y en las lides literarias, en el futuro.

La lectura de los resultados arrojó cinco primeros lugares y diez Menciones de Honor, una de las cuales recayó en el cuento Los Fantasmas del convento, de la autoría del suscrito, en donde hicimos una recreación de una leyenda popular, motivada en una de las muchas tragedias que se desparramaron en la ciudad de Santo Domingo como consecuencia del advenimiento del Ciclón de San Zenón, en 1930.

Conocido el veredicto, nueva vez sentimos llegar el cálido apretón de manos, las felicitaciones individuales y el atinado consejo de aquel jovial y dicharachero sacerdote que ya para aquellos años era toda una leyenda en el quehacer religioso, social e intelectual.

Con la entrega de los correspondientes premios y certificados a todos los ganadores así como el deguste de un variado brindis, vimos llegar el fin del acto formal y, tras proceder a registrarnos en el hotel, gracias a la gentileza de las entidades auspiciantes del evento (Radio Santa María y E. León Jiménez), recibimos la invitación para compartir una jornada que habría de ser memorable –e inolvidable-, en uno de las salas de fiesta (Piano Bar) del impecable Hotel Santiago Camino Real, en donde nos encontrábamos.

El Padre Ton en persona nos franqueó el paso, a mi esposa Leonarda, a mí y a algunos de los participantes y ganadores de la jornada literaria. Los demás prefirieron dirigirse a sus casas o lugares de destino, para celebrar el premio y festejar a otro nivel y en otra compañía.

No pretendo cansarles con un recuento ampuloso de cuanto se hizo, se habló, se comió  –o se bebió- aquella noche. Tampoco quiero cometer infidencias sobre los temas de conversación ni sobre las posturas esgrimidas por cada uno de los participantes, bajo la jefatura de aquel pastor de ovejas con cara de niño y alma de revolucionario, esgrimiendo la Teología de la Liberación como estandarte.

Lo que sí quiero decir ahora es que, aquel día –y aquella noche- en mi interior cambió para siempre la percepción que tenía sobre el sacerdocio y la postura a veces cómplice, a veces conciliadora, asumida por ciertos jerarcas de la iglesia católica, tanto en el pasado como en fechas más recientes y en la actualidad.

Y, de manera especial, guardo en lo más profundo de mi corazón algunos consejos que, de manera especial, recibí de viva voz de parte del Padre Ton, mientras degustábamos un trago social, y este apuraba un exuberante y aromático cigarro.

La jornada llegaba a su final. La mayoría de los contertulios tomaron las de Villadiego y en aquel piano bar de la emblemática ciudad capital del Cibao apenas quedamos Leonarda, Ton y yo, retrasando la despedida y desempolvando nuevos temas, cual si fuésemos viejos conocidos.

Así recuerdo al Padre Ton. Un personaje inolvidable a cuyos consejos debo una parte importante de lo que ha sido el devenir literario, el activismo cultural y la labor de investigación histórica y social en que he estado envuelto en las últimas tres décadas.

Dios le ha llamado para que siga apacentando ovejas, desde otra dimensión. Desde la lejana y vibrante frontera, desde Dajabón, en donde se conservan muy buenos recuerdos suyos, lanzo una flor al viento en su honor, en este día.

Descansa en paz, Padre Ton, ¡personaje inolvidable que supiste ser sacerdote y activista social comprometido en pro de los necesitados!

¿Y tú, que opinas?

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