Los trastornos del aprendizaje: un desafío invisible
POR: DR. BIENVENIDO SEGURA – pediatra. Reside en Santiago Rodríguez.
El año escolar inicia y miles de niños habrán de enfrentar en silencio una batalla que se confundirá con desinterés, indisciplina, dejadez y vagancia. Esa es una realidad que se vivirá tanto con las precariedades y carencias de las escuelas públicas, como con la opulencia y el prestigio de los colegios privados.
La razón es simple: alrededor del 3% al 10% de la población infantil está afectada de al menos uno de los trastornos del aprendizaje que afectan la adquisición y utilización de habilidades académicas como lectura, escritura, matemáticas u otros.

La verdad es que la dislexia, la disgrafía y la discalculia podrían presentarse en niños con inteligencia normal o superior y cuando no se detectan a tiempo pueden generar frustración, ansiedad, rechazo, deserción escolar y deterioro del rendimiento académico.
Pero la dislexia merece especial atención, porque un meta análisis internacional encontró una prevalencia de 7.1% en niños de la educación primaria. Esto significa que, desde el punto de vista estadístico, no estamos ante una condición excepcional.
Es por ello que el gobierno a través del Ministerio de Educación debe implementar programas de tamizaje, protocolos de detección temprana, capacitación docente, equipos multidisciplinarios y mecanismos de seguimiento para garantizar que la atención no dependa exclusivamente de la capacidad económica de cada familia.
Profesores, psicólogos escolares, psicopedagogos, neuropsicólogos, terapeutas del lenguaje y especialistas en trastornos del aprendizaje deben ser integrados a programas especializados que les permita realizar evaluaciones multidimensionales e indicar intervenciones individualizadas basadas en evidencia.
La inversión del 4% del PIB debe traducirse en un impacto real sobre la calidad de los aprendizajes y para lograr esta meta, el sistema educativo habrá de fortalecer la detección sistemática y temprana de estos trastornos del neurodesarrollo.
Debo resaltar, que la excelencia educativa no se mide solamente por el costo del colegio, tecnologías, currículum internacional o las instalaciones. Se mide también por la capacidad de identificar y atender las diferencias neurocognitivas de cada estudiante.
Desde la perspectiva pediátrica y neuropsicológica, el problema no debe reducirse a las calificaciones, porque un niño inteligente puede presentar alteraciones específicas en el procesamiento fonológico, memoria de trabajo, automatización lectora, velocidad de procesamiento y de razonamiento numérico.
Como pediatra clínico pienso que ante esta realidad se debe abandonar el modelo de “esperar y ver”, para de esa manera detectar oportunamente y en el mismo salón de clases a los niños que no aprenden bien. ¡Ese es el desafío!
El autor es Pediatra Clínico, Gerente de Salud y Abogado.






