Libro Nosotros Viento 2016 FE
Libro: Nosotros y el Viento
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Nosotros y el viento

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Por: Gerardo Javier Castillo.
En el tomo cuatro de Jorge Luis Borges, Obras completas (1996), se recoge una conferencia que sobre el libro dictara Borges ante los estudiantes de la Universidad de Belgrano. El autor introdujo su exposición explicando que los inventos del ser humano son extensiones del cuerpo.

Así, ejemplificaba Borges, el telescopio y el microscopio son artificios que llevan nuestro sentido de la vista más allá de lo habitual. Lo propio ocurre con las herramientas de trabajo, con los vehículos y con los objetos que nos facilitan la cotidianidad. Y luego plantea la respuesta a la pregunta que usted tiene en mente: «Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación» (Pág. 165).

Ahora bien, a sabiendas del poder que tiene el pensamiento, es lícito que nos preguntemos hasta qué punto nos prolongamos cuando el libro de turno es un libro de poemas de amor. Desde mi punto de vista la cuestión planteada es de vital importancia, pues la literatura y muy en especial, la poesía amorosa, es la evidencia de que el libro no solo prolonga nuestro pensamiento, sino que prolonga y socializa nuestras emociones. Es decir, posibilita que otros experimenten lo que sentimos. Lo que invariablemente nos conduce a recordar las palabras de Camila Henríquez Ureña, quien en su conferencia «El arte literario, La literatura como saber y como placer», recogida en el libro Invitación a la lectura, afirma que «se leen obras literarias para adquirir de ellas cierta experiencia, para satisfacer en parte ese anhelo de algo más que sienten todos los seres humanos». Así que, más que el pensamiento, más que las emociones, los libros, la literatura y en especial, la poesía, prolongan la experiencia de vida.

Es lo que le ocurre al lector cuando se planta ante el libro de poemas Nosotros y el viento, de Antonio Peña. Inmediatamente se siente el peso de los sentimientos y del compromiso que asume el amante ante la mujer objeto de su devoción. La fuerza del amor es tal, que desplaza los demás elementos que constituyen el poema y los mantiene al nivel suficiente para que no desaparezca como tal. Me explico: Los críticos literarios estamos de acuerdo en pocas cosas, entre las cuales hay tres que nadie discute, a saber, los valores esenciales de un texto literario. Todo texto que se considere literario debe exhibir: a) Valor gramatical, que equivale a decir que muestra un cuidado especial en la construcción, en la organización. Este incluye, además, sentido lógico, pues aunque el poema en sí mismo es una negación de la comunicación común y corriente, su objetivo es decirnos algo. Lo dice de otra manera, pero lo dice. Es decir, comunica. b) El valor fonético, que se refiere a la música y a las posibilidades rítmicas, a la búsqueda y consecución de la armonía entre los sonidos, el ritmo y el sentido del texto. Y c) el valor estilístico, a través del que se ponen de manifiesto las emociones y los sentimientos, que suelen ser expresión de nuestra consistencia espiritual (Ibídem).

Y partiendo de lo citado, diríamos que la poesía de Antonio Peña se ocupa más del fondo que de la forma. El autor está más interesado en expresar sus emociones y sus sentimientos que en la forma en que lo hace. Sus textos me recuerdan los poemas del cubano Roberto Retamar, para quien la forma no es lo más importante. En ambos, el peso del poema está en el mensaje que nos deja. Y en el caso de los poemas de Nosotros y el viento, eso se hace evidente de principio a fin. El poeta ama a una mujer, y le ama tanto que la poesía, la música, la pintura son simples recursos para expresar ese amor. No ocurre como con Neruda u Homero Aridjis, quienes escriben poemas de amor, pero colocan el poema por encima del amor que cantan. Estos autores usan el amor como excusa para escribir. En el caso de Antonio Peña, la escritura es la excusa para gritar ante todos, para hacer público, para dejar constancia de que ama a una mujer de forma tan intensa que si lo calla podría morir de amor.

El libro, ya lo dijo Borges, es la prolongación tangible del espíritu humano. Y los libros que abordan el arte de la palabra solo se pueden apreciar con los ojos del espíritu. Y es que el poema, como el beso, es la armonía íntima entre dos opacidades cuyo máximo disfrute se alcanza con los ojos cerrados.

El poema niega la comunicación directa y simple. Por eso es misterio y sinuosidad. El poema se reinventa permanentemente, a diferencia del acto comunicativo, que es siempre el mismo. Es lo que ocurre con el amor. Por eso, el poeta se vale de la gracia de la poesía y envía su amor en ese vehículo de palabras para adoptar la riqueza de su gracia y de su variabilidad, pues el amor, quiérase o no; entiéndase o no; acéptese o no, es siempre el mismo. Y por eso, Antonio Peña viste el suyo con el traje variable, hermoso, mudable y siempre nuevo de la poesía.

Gerardo Castillo Javier

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