Nosotros, los «vulnerables»

Por Arismendy Rodríguez
(Profesor de Derecho Político y Constitucional, UAPA)
En un reciente informe titulado: «La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina y el Caribe«, el Banco Mundial (BM) presentó los resultados de la evaluación de las grandes tendencias socioeconómicas de la región.
El informe da cuenta de un extraordinario repunte socioeconómico en esta zona tercermundista, muy a pesar del embate de la crisis financiera mundial. Después de un prolongado estancamiento, la clase media regional aumentó en un 50%, pasando de 103 millones de personas en 2003 a 152 millones en 2009.
Hoy por hoy, según refiere el documento, el porciento de la clase media y la pobre está igualado, contrastando con estudios promovidos años atrás que reflejaban triplicada la clase pobre respecto a la clase media.
No sin antes advertir la complejidad del fenómeno investigado y la relatividad de los resultados a los cuales se pueda arribar, los expertos del BM, al momento de catalogar que un segmento poblacional o persona individual pertenece a la clase media, se decantan por una perspectiva basada en los ingresos de las personas vinculada a la seguridad económica (entendida como una baja probabilidad de volver a caer en la pobreza). Es decir, partiendo del hecho de que «uno de los rasgos que conforman el estatus de clase media es un cierto grado de estabilidad económica y la capacidad de superar las perturbaciones».
Los investigadores fijaron el nivel de ingresos mínimo al día de US$10 y el nivel de ingreso máximo en US$50 para que una persona sea considerada clase media. Es decir, entre 420 y 2,100 pesos dominicanos al día.
El BM pondera con denotado optimismo el crecimiento de la clase media, la reducción de la pobreza y la desigualdad, precisamente por tratarse de una de las regiones anclada desde hace siglos en la miseria y caracterizada por una dispar distribución de las riquezas.
Ahora bien, sin pecar de pesimismo, más bien intentando ser realista, no existen muchas razones para sentirnos optimistas, pues, del propio informe lo que se deduce es que más de la dos tercera parte de los latinoamericanos es pobre o «vulnerable».
Los «vulnerables», según el informe, es el segmento poblacional situado entre la clase pobre y la clase media (US$4-US$10 al día), que corren el riesgo de caer en la pobreza. Resulta que este segmento es el más numeroso en AL y el Caribe, representando el 37.5%.
Si se suma el 30.5% de pobres al 37.5% de «vulnerables» obtendríamos un robusto 68% de personas sumidas en la esfera de la pobreza que no es motivo para celebrar.
El invento de los «vulnerables» como una clase límite constituye, según mi parecer, una mera pirueta conceptual para convencernos de que somos menos pobres, cuando lo cierto es que todavía somos una de las regiones que registra mayores índices de pobrezas.
Pobres, «vulnerables», como quiera llamársele, América Latina y el Caribe permanecen sumergidos en la frontera de la pobreza, sin esperanza inmediata de paliativos, pues, la relativa bonanza económica del hemisferio no se compadece ni combate proporcionalmente los elevados índices de pobreza estructural que continuamos exhibiendo.
Los gurú del Banco Mundial, con euforia inexplicable, celebran los «progresos» y crecimiento de la clase media, a lo mejor hayan optado por ver el vaso parcialmente lleno (30%) y quizás sea legítimo verlo así; yo prefiero verlo más que medio vacío (68%) y pensar qué es lo que nos está pasando, ¿por qué ese abismo entre los que lo tienen todo (2%) y los que disponen de casi nada?
Resulta que anoche, mientras dormíamos, se gestó en nosotros una metamorfosis y pasamos de pobres a «vulnerables», y ¿cuál es la diferencia?: la etiqueta, pues, el contenido sigue siendo el mismo. Los «vulnerables» son pobres y los pobres «vulnerables», ¿qué más da?