Las fronteras del signo en la novela, Amor en tierra ajena, (2021), de Sandra Fernández

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Esteban Torres Marte - Escritor

POR: ESTEBAN A. TORRES MARTE – Escritor. Reside en New York

La narrativa moderna se inicia en los albores mismos de la revolución industrial inglesa, y recorre el periplo de la Europa occidental en especial las regiones vinculadas a la expansión colonialista, y se traslada más tarde a las geografías conquistadas (Enrique Anderson Imbert: Historia de la literatura hispanoamericana. 1954. 2 tomos. 2a ed. México: Fondo de Cultura Económica, 1957).

La novela moderna vernácula integrada a lo latinoamericano es una etimología usada posteriormente a los procesos independentistas y que subyacen cultural y lingüísticamente a las bases de las lenguas romances (o lo que derivó idiomáticamente del latín de la Roma imperial).

Ya en sí mismo este término (Latinoamérica) fue predicho por estudiosos e intelectuales como Tocqueville, Hegel, Ranke y sobre todo por el intelectual de origen francés, Michel Chevalier.

En el ámbito de lo vernáculo dominicano- latinoamericano los orígenes mismos de la diferencia en función de lo social-epocal lo encontramos en las obras, La Mañosa, (1936), de Juan Bosch; Cañas y bueyes, (1975), y Cartas a Evelina, (1941), de F.E. Moscoso Puello; El derrumbe, (1975), de Federico Garcia Godoy; Los enemigos de la tierra, (!936), de Andrés Requena; Over, (1940), de Ramón Marrero Aristy; y, No todo está perdido, (1961), de Ramón Lacay Polanco. (José Alcántara Almánzar: Antología de la Literatura Dominicana, Editora Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1972). 

Esteban Torres Marte – Escritor

Otra ruptura epocal de la narrativa se avecina en la época de los 80 y 90. Una búsqueda textual de nuevos espacios lingüísticos que potencien un matiz ideológico de lo transnacional fue el ideal de esta nueva generación. Se investigó los cauces de la antropología mágica africana, y se hurgó en las tribus europeas de los Celtas y los Iberos en busca de la palabra y la imagen rebelde. Un nuevo imaginario provino del boom latinoamericano y sus asonancias escriturales. Destacan las obras de los escritores René Rodríguez Soriano, Pastor de Moya, Pedro Antonio Valdez, Emilia Pereyra, Ángela Hernández, Ramón Tejada Holguín, Emelda Ramos, Luis R. Santos, Avelino Stanley, Manuel Salvador Gautier, Diógenes Valdéz, Pedro Peix, Francisco Rodríguez de León y Arturo Rodríguez Fernández, entre otros. 

Situados en pleno siglo XXI y en el terreno de la postmodernidad y la disolución del humanismo neoclásico, proveniente de los entornos del Iluminismo francés y los programas liberadores de las independencias de las jóvenes repúblicas americanas, el artista-escritor asume el desafío a contra-corriente del pragmatismo, el mercado, lo insolidario, el yoismo y la vulnerabilidad de lo natural.

En la obra a comentar de fundamento narratológico se espacian 15 capítulos en sucesión de actos-dramas que se ventilan en un trayecto interregional cuyo objetivo esconde una secuencia de raptos y negocios turbios del bajo mundo. La paradoja central donde se abisma la protagonista es precisamente el encuentro con los agentes del arte… Aquellos portadores de la antorcha de la liberación del espíritu: los poetas. 

La obra en cuestión nos sitúa en una geografía diferente al Caribe y sus regiones circundantes. Nos presenta el glamour de una gastronomía diferente, sus ambientes coloridos, el tono y la impronta musical de Sudamérica. El encuentro de la oda, la palabra significante y la lectura del arte en la bohemia de la vida. La obra, Amor en tierra ajena, es viaje permanente (periplo de soluciones), se sintoniza con la memoria de la protagonista y adquiere extrañeza inocente precisamente con el personaje de la mujer de Hermógenes (un personaje sin memoria). La obra se torna en paralelismo de comparaciones varias con su lar nativo: que si la economía y la moneda, la comodidad o estrechez de sus infraestructuras, la afectividad personal, y en la mismidad de lo atractivo y provocativo sexual.

El itinerario allende los mares y sus circunstancias persigue un motivo punitivo: la captura de una banda de “tratas de blancas”.  La antagonista es una escritora que esculpe su ratio (el poseer para ser), en el espejo de su actuar en el arte. La obra desvela el antivalor y la dialéctica de lo ético como usufructo del mal. 

La dialéctica de lo personal integra un submundo donde lo micro es macro y a la inversa: para Jacques Rousseau el entorno daña lo emergente, e inicia la culpa. La narrativa de Sandra Fernández está tejida de leyes y de posibilidades de reconversión (en un personaje de origen indú la transformación radical de tipo social se hace referente de la complejidad psicológica: la redención -o transmutación- es una prerrogativa de la conciencia enajenada); lo que vuelca su escritura hacia un posthumanismo (o post verdad).

En otro personaje (Hermógenes), el amor pudo más que el negocio y la compra de sexo. Novela de atajos y límites. Encuentros furtivos donde el espacio es un drama permanente de rechazo o afinidad. Interlocutores varios que escapan o se tejen en una escritura pasional que desarrolla un universo cotidiano de redención o condena.

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