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La ruta de las ideas (2)

                                                                                      «Adquirir el hábito de la lectura y rodearnos de buenos libros es construirnos un refugio moral que nos protege de casi todas las miserias de la vida». W. Somerset Maugham.

POR: LIC. WILLIAN Y. ESTÉVEZ PERALTA. Educador Reside en Santiago Rodríguez.

Volviendo al hábito de leer

En mi juventud temprana volví a interesarme por la lectura gracias a la eficiente labor profesoral de la maestra de Lengua Española del Liceo Nocturno Sabaneta, Marianela Vargas, con quien cursé el 3ro de bachiller (hoy 5to de secundaria). Ella tenía unas estrategias de enseñanza-aprendizaje muy efectivas para el fomento de la lectura: al estudiante se le proponía leer en el primer semestre una obra de autor dominicano, de su preferencia; en el segundo semestre la lectura debía ser de un autor extranjero, o un clásico universal. Cada obra sería expuesta de forma oral y los alumnos y la maestra le harían preguntas al expositor/a. 

La obra dominicana que escogí fue «Judas Iscariote el calumniado», de Juan Bosch y la de autor extranjero «Confieso que he vivido», del insigne poeta chileno Pablo Neruda. Hablé de ambas obras con cierta nerviosidad, porque no estaba acostumbrado a exponer, pero lo cierto es que esa actividad dejó una marca imborrable en mí, pues me condujo a retomar el hábito de la lectura, el cual he conservado hasta hoy. 

 El estudiar en horario nocturno y carecer de empleo fijo me permitió visitar en la mañana la Biblioteca Germinal, de mi natal Sabaneta, donde leí la novela «El oro y la paz», del profesor Juan Bosch y me puse en contacto con diversos autores de mucha valía. La Germinal se convirtió para mí en un templo del saber; recorría todos sus anaqueles observando y hojeando libros que llamaban mi atención y estimulaban mi intelecto. 

No satisfecho con lo anterior, en las tardes visitaba la biblioteca del Liceo Librado Eugenio Belliard, en cuyo edifico funcionaba la escuela vespertina del mismo nombre. Fueron mágicas las horas en ese recinto donde leía y charlaba con mi buen amigo el profesor Francisco Marcelino, quien fungía como bibliotecario. El profesor Marcelino me hablaba de Fidel Castro y la Revolución cubana, de Simón Bolívar, de José Martí y otros temas afines. Las vitrinas estaban repletas de obras históricas y literarias trascendentales: «Historia militar de Santo Domingo», de Fray Cipriano de Utrera; «Capitalismo y dictadura», de Roberto Cassá; «Hay un país en el mundo», de Pedro Mir; «Marianela», de Benito Pérez Galdós y otras tantas. 

Ahí me apasioné por la historia dominicana y descubrí como escritor al «déspota ilustrado» Joaquín Balaguer. Leí con embeleso su célebre y cuestionado texto «El Cristo de la Libertad, vida y obra de Juan Pablo Duarte».

 Las constantes visitas a las bibliotecas me permitieron destacarme como estudiante, especialmente en las áreas de Lengua Española y Ciencias Sociales. Esta última asignatura era impartida por el profesor Expedito Zapata, quien ejercía gran influencia en el estudiantado del Liceo Nocturno Sabaneta, por su alto dominio de la historia dominicana y universal. 

Leer y estudiar ha sido muy provechoso en mi desarrollo como ser humano, por lo que considero necesario la promoción de estas actividades en pro de una mejor sociedad. 

¡Hasta la próxima!

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