La Maestra y el militante con vuelos literarios

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Carlota Altagracia Lockward Serret

Por: Sergio Reyes II.

Motivado en la repentina mudanza de mi familia a la populosa barriada de Los Mina, en la zona oriental de Santo Domingo, a fines de 1972, procedí a matricularme junto a una de mis hermanas en el Liceo de Educación Secundaria Ramón Emilio Jiménez; Con ello, vimos llegar el término a ocho años de estudios en el ‘Colegio Mora Nova’ del Ensanche Luperón en los que, a duras penas y en desmedro de sus limitadas posibilidades económicas, nuestra santa Madre se empeñó en colocarnos a fin de mantenernos alejados de los peligros y asechanzas que se cernían sobre la juventud y el resto de la ciudadanía, en el aciago periodo conocido en la República Dominicana como ‘Los Doce Años del Balaguerato’ (1966 – 1978).

Esta etapa inicial de formación en el ámbito colegial privado permitió que pudiésemos desenvolvernos en forma airosa, al entrar en contacto directo con los vuelos libertarios y la manera en que se desenvuelve la vida estudiantil en los niveles de educación secundaria del sector público, en donde los bríos juveniles, la vocación académica y la personalidad pugnan por salir a flote, buscando expresarse libremente, sin cortapisas ni limitaciones.

El primer año escolar que allí cursamos -3ero. de bachillerato- constituyó el bautizo de fuego del suscrito en la vida militante. Cual, si fuese la tromba de un huracán, el activismo me envolvió de inmediato en las lides políticas y la lucha por las reivindicaciones estudiantiles propias del momento.

Por ello, a las pocas semanas del ingreso a las aulas del liceo ya formaba parte de los niveles medios de dirección de una de las agrupaciones estudiantiles de mayor presencia y beligerancia. Dicho compromiso conllevaba la participación activa en reuniones, formar parte de ‘Comisiones’ integradas por directivos y militantes que recorrían las aulas ofreciendo informaciones alusivas al activismo político social o convocando a jornadas de lucha, tanto en el liceo como en la barriada. En adición, continuamente se realizaban cursillos de orientación ideológica, talleres de confección de carteles y banderolas y se mantenía actualizado el ‘Periódico Mural’ de la entidad estudiantil, con recortes de periódicos y notas informativas de interés.

Tal parece que los directivos de entonces pudieron entrever en mí algún nivel de vocación con aquella tarea que, en principio, aparentaba ser sencilla, y de buenas a primeras fui designado como Encargado del Periódico Mural, con toda la responsabilidad y consecuencias que sobreviniesen sobre el suscrito, al aceptar dicha encomienda. Desde aquel momento comenzaba a vislumbrarse una apasionante afición al periodismo y la literatura que me ha perseguido por años, de la que no he podido -ni quiero- desembarazarme.

La agitada vida estudiantil y los riesgos que van de la mano con el militante envolvieron mi accionar de aquel entonces, afectando, en cierto modo, el rendimiento académico que había venido ostentando, al igual que mi hermana, en nuestra etapa colegial, en aras de compensar los innúmeros gastos en que incurría nuestra Madre para que pudiésemos disfrutar de dicho estilo de vida. Al no disponer de libros de texto, al igual que la mayoría de nuestros condiscípulos, el recinto de la biblioteca se constituyó en uno de los lugares más frecuentados del plantel y allí debíamos recalar, haciendo uso frecuente de enciclopedias, diccionarios y otras fuentes de consulta cuya lectura nos permitiese mantener el ritmo de los estudios en un nivel aceptable.

Pero, las obligaciones de las lides estudiantiles y la toma de conciencia de cuanto estaba ocurriendo en el ámbito nacional reclamaban acciones concretas de compromiso y entrega: no podíamos cerrar los ojos ante el estado de cosas que azotaba a diferentes estratos de la sociedad y que se mostraba en toda su crudeza tan solo traspasar el portón y la verja que rodeaban el plantel. Se hacía necesario aportar nuestro granito de arena, si queríamos rescatar a la Patria del demonio que se cernía sobre ella, hundiendo sus garras de odio, muerte y represión sobre la población desvalida!

Los primeros meses del año 1973, con Febrero en Caracoles y la caída fatal del ‘Coronel de hombres libres’ envuelto en la neblina de las heroicas montañas de Nizaíto, se constituyeron en la antesala del sentimiento de rabia y rebeldía que habría de aposentarse, a partir de la época, en la juventud militante de aquellos años. No habrían de importar los sacrificios, las renuncias, las persecuciones, apresamientos y represión, si tales penurias tenían como recompensa liberar a la Nación del sistema de oprobio imperante.

En la memoria de quien padeció aquellos años permanecen, como ofrenda fatal, las imágenes de los hostiles enfrentamientos con las fuerzas represivas del régimen, las movilizaciones estudiantiles, los movimientos huelgarios y las riesgosas jornadas nocturnas de colocación de propaganda, los innúmeros apresamientos con la amarga secuela de golpes y las inenarrables humillaciones encaminadas por ciertos personeros especializados en las artes de la tortura.

A los que cayeron junto a Francis Caamaño se sumaron otros que fueron siendo diezmados en el curso de aquel fatídico 1973, no solamente en las faldas de la cordillera sino a todo lo largo de la geografía nacional, en una especie de exterminación selectiva que buscaba silenciar las voces disidentes de sentir progresista, para adocenar al resto de la población en la política clientelista de las ‘funditas’, la compra de votos y el silencio cómplice.  Sobreponiéndose a tan funesto presente, la población siguió adelante, al tiempo que las fuerzas políticas evaluaban con objetividad las opciones que mejor se ajustaban al momento que vivía la Nación.

De nuestra parte, el año escolar culminó de manera vertiginosa, en un ambiente matizado por el enfrentamiento decidido contra el régimen en las calles y en todos los escenarios posibles, las frecuentes suspensiones de docencia, el aprendizaje parcial de los capítulos pendientes del programa de estudios y el repaso acelerado del consabido ‘temario’, que constituía, en aquel entonces, el terror de los estudiantes.

Una ‘Profe’ de armas tomar.

Con el término de las vacaciones y el retorno a las aulas de nuestro ‘reducto de libertad’, para dar inicio al nuevo año escolar, comenzó la re-estructuración de los mandos directivos en el organismo estudiantil. La asignación de nuevas y más elevadas funciones, en base a lo que se entendía como ‘un buen manejo del habla’, me puso al frente de las Comisiones de visita a los cursos, para convocar a una actividad en el Salón de Actos del liceo, en salutación  al inicio de clases.

En aquel tiempo, en los corrillos estudiantiles del 4to. curso de bachillerato flotaba una aureola de terror que envolvía a cierta integrante del profesorado que impartía la asignatura de Literatura y a quien se referían como ‘La Lockward’. Sin constituir, en sí mismo, un término denostativo, el simple hecho de emplear esta fórmula para referirse  -de soslayo y casi siempre a hurtadillas-, a la citada educadora, dejaba entrever, sin lugar a dudas, que la persona de quien se hacía mención era alguien con quien había que andarse con cuidado y ‘por el librito’.

Respondía, la citada maestra, al nombre de Carlota Altagracia Lockward Serret, un nombre al que ella, de manera repetitiva pero imponente, agregaba a viva voz el completivo De Adames!, para hacer sentir de manera ostensible su estado civil, entre la heterogénea manada de educandos a su cargo.

No transcurrió mucho tiempo sin que se presentase el momento en que el suscrito sintiese en carne propia los efectos de las contundentes cualidades que, al decir de muchos, adornaban a aquella imperativa maestra. Dado al cumulo de obligaciones que tenía en carpeta, apenas había podido presentarme en algunas de las asignaturas que estaban pautadas en el horario de aquel día y como es lógico pensar, en esos momentos tampoco tenía conocimiento de los nombres de los profesores que formaban parte de la planilla de docentes de nuestro curso, en ese año escolar.

Por ende, al apersonarme al aula en que me correspondía recibir docencia, encabezando la comisión de miembros de la agrupación estudiantil que convocaba a los contertulios a la asistencia al Acto de Bienvenida, cual no habría de ser la sorpresa al encontrarme, de golpe y porrazo, con aquella quisquillosa y exigente maestra de Literatura a la que antes hice mención, dando muestras evidentes de incomodidad e impaciencia por el retraso en la introducción de su clase, provocado por nuestra repentina visita.

Gruesas gotas de sudor perlaron mi frente y mojaron mis espaldas, al tiempo que daba inicio a la intervención que, dadas las condiciones del caso, ya no me era posible eludir.

Luego de unas breves palabras protocolares en salutación a la maestra y al estudiantado, procedí a informar el motivo de la visita de la ‘Comisión’, limitando la exposición tan solo a lo necesario, en la intención de salir de allí, tan pronto como pudiese. Sin embargo, la altiva Profesora tenía elaborado su propio plan de acción. En los recuerdos de aquel día no he podido precisar si ya tenía referencias personales sobre mí, o si todo fue fruto de la casualidad, pero lo cierto es que, antes de que pudiese atinar a despedirnos para abandonar el aula, ella tomó el control de la audiencia y, pidiéndonos que nos mantuviésemos al frente del salón de clases, dio curso a una improvisada perorata en la que alentaba a sus alumnos a seguir el ejemplo, en cuanto a la dicción y pronunciación, de quien recién les había dirigido la palabra. No obstante, -y aquí viene lo peliagudo del caso- al propio tiempo, les exhortaba a no descuidarse en los estudios, ni a seguir el derrotero de la mayoría de los dirigentes estudiantiles, quienes -a su decir-, hablan muy bonito en sus intervenciones, pero, por lo general, son pésimos en los estudios.

Y como colofón sentenció que: los estudiantes que cursasen la asignatura a su cargo tenían que ‘fajarse’ si querían aprobar, porque ella ‘no aceptaba políticos en su curso’.

Como podrán imaginar, sentí un vuelco en el estómago al escuchar esta contundente sentencia. Por nueva vez intenté tomar las de Villadiego, pero, sin hacer caso a nuestros aprestos de retirada, la maestra retomó el tema con nuevos bríos y teniendo a toda el aula como audiencia me preguntó a viva voz:

… y por cierto, Señor Dirigente Estudiantil, de qué curso es Usted?

Con renovados chaparrones de sudor recorriendo toda mi endeble anatomía, pero sopesando la posición de responsabilidad que el destino me había deparado en aquella ocasión, me encomendé a todos los santos y, como pude, le respondí que, en efecto, yo constituía parte de su alumnado.

Y aquí dio comienzo la segunda parte de la encerrona en la que, cual conejillo de indias y sin darme cuenta, estaba siendo arrinconado por la hábil y exigente profesora. Siguiendo el guion que tenía bajo la manga  y dando muestras de una fingida sorpresa, La Lockward recalcó que, dado el hecho de que, por las múltiples responsabilidades que yo tenía,  no podría asistir a tiempo a tomar las clases de aquel día, me recomendaba (que) tomase prestados los apuntes de algún compañero de aula,  pues ‘…el próximo día que toque la materia, a Usted le toca exponer  el tema, porque yo no acepto malos estudiantes en mi clase!

Aquello sonó como una declaratoria de guerra, pero, enfrente de mis contertulios y encabezando la comisión de dirigentes estudiantiles no me era dable dar muestras de debilidad y falta de firmeza; por tanto, acepté el reto y procedí a ripostar de manera directa y en el mismo tono empleado por la profesora, que ‘…iba a demostrarle a ella y a mis condiscípulos que podía ser buen dirigente y buen estudiante, a la vez’.

Una vez recogido el guante y sin detenerme a pensar en las consecuencias que tan arrogante actitud pudiese acarrearme en lo adelante, no tan solo con la citada profesora sino frente a los encargados de las demás asignaturas del plan de estudios, partí de allí con las orejas calientes y como alma que lleva el diablo, a continuar atendiendo mis ocupaciones.

Y en el siguiente día de clases de la asignatura, héme allí, libreta en mano, con la lección aprendida a cabalidad, para satisfacción de la profe y tranquilidad del suscrito. En lo adelante, me mantuve fielmente apegado al cumplimiento de los deberes escolares y el respetuoso acatamiento de la disciplina impuesta por la profe en el recinto del aula; en compensación, ella me ofrecía las facilidades necesarias para que pudiese atender los compromisos inherentes a la militancia estudiantil.

(Este escrito no pretende ser una apología de logros y heroicidades en tiempos difíciles. Apenas constituye el recuento de algunos hechos que moldean conductas y actitudes, contribuyendo a solidificar la personalidad del individuo, al tiempo de evocar con respeto y cariño a quienes fueron parte de nuestra formación personal e intelectual.  La profesora Carlota Altagracia Lockward Serret De Adames, es uno de ellos).

Los meses finales del año escolar 1973-1974 los pasamos arropados por una envolvente actividad en la que, por un lado, teníamos el compromiso de leer, asimilar y estar en capacidad de ofrecer una noción, más o menos aceptable, sobre la temática de 100 obras de la literatura hispanoamericana y universal, seleccionadas por nuestra estricta e imponente profesora y distribuidas entre grupos de hasta diez estudiantes. Una vez finalizada la lectura de las obras, los estudiantes debíamos elaborar un resumen del argumento y en las siguientes semanas dichos escritos eran intercambiados entre los miembros de los diferentes grupos, de suerte que cualquier estudiante pudiese responder a cabalidad los aspectos principales de las obras en cuestión. Lo propio hacían los demás equipos y al final de la jornada se realizaba una especie de maratón literario en el que cada cual debía estar preparado para responder las preguntas, al azar, de un minucioso cuestionario, elaborado por nuestra meticulosa maestra.

La falta de consistencia en las respuestas o la evidencia de desconocimiento de algún tema eran drásticamente sancionadas, en desmedro de la puntuación del estudiante que incurriese en la falta y con la amenaza velada de descalificación -o rebaja de puntos- para el grupo en su conjunto.

Mientras esto ocurría, los estudiantes debían mantener un nivel estable en las demás asignaturas, cuyos profesores tenían sus propias metodologías de estudio, aunque no tan aleccionadoras y edificantes como la encaminada por La Lockward!

En el interín, aquel fue el año del fallido intento de la fórmula electoral del Acuerdo de Santiago, que pretendía sacar del poder por la vía electoral al Dr. Joaquín Balaguer, gracias a la conformación de un heterogéneo conglomerado de fuerzas políticas. Al desencadenarse una violenta escalada represiva en contra de los opositores y en aras de evitar un baño de sangre de parte de las fuerzas oscurantistas que se empecinaban en mantener en la presidencia al anciano caudillo, aquellos optaron por retirarse del certamen y el mandatario retuvo las riendas del gobierno gracias a habilidosos acuerdos y truculentas maquinaciones con tufo politiquero.

Sumidos en una secuela de espanto e incertidumbre nos avocamos a la etapa final del año escolar que, a pesar de todo, concluyó con satisfactorios resultados, tanto para la maestra Lockward y el resto de nuestros profesores de entonces como para la mayor parte de aquella matricula de jóvenes soñadores con ansias de libertad.  Un resonante acto de graduación, celebrado en el edificio del antiguo Conservatorio Nacional de Música Elila Mena (Hoy sede del Ministerio de Cultura) y una rumbosa fiesta con la Orquesta de Félix del Rosario, en el ‘Patio Español’ del Hotel Jaragua, dejaron sellado el resonante logro de aquella jubilosa promoción de bachilleres 1974, calificada como una de las más brillantes en toda la historia del Liceo Secundario Ramón Emilio Jiménez, de Los Mina.

Mis mejores recuerdos de aquellos años se encuentran entrelazados de manera directa con las instalaciones del plantel, mis condiscípulos de entonces -muchos de los cuales exhiben destacados logros profesionales en el presente-, y la recia personalidad y sabia conducción de la profesora Altagracia Lockward, ese personaje inolvidable que, con su estilo aparentemente ríspido, pero ecuánime y concienzudo, me indujo a profundizar en el vasto océano de la literatura.

En el Liceo dejé volar los aires de libertad, una vez me hube despojado de las amarras de la vida colegial, con su férrea disciplina y sus prohibiciones. El libre juego de las ideas, la abierta discusión y el debate de la vida estudiantil, tanto entre los compañeros de clases como con algunos profesores de corte liberal, nos permitieron asimilar mejor las enseñanzas recibidas y valorar el papel de la enseñanza y la investigación en la formación del individuo.

La Lockward se jactaba de haber realizado sus estudios superiores en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, academia que a la sazón era vista con ojeriza en el ámbito de la intelectualidad progresista, debido a la orientación de tipo elitista que, en esos años, imprimía a su formación educativa. Sin embargo, al margen de esta premisa, esa condición nunca constituyó un obstáculo que le impidiese asumir una actitud decisiva y solidaria, tanto en defensa del plantel en donde brindaba sus servicios y la clase profesoral de la que formaba parte, como también en apoyo del estudiantado, unas veces díscolo y otras tantas dócil y contemporizador, con que tenía que vérselas a diario.

Como muestra de ello, en más de una ocasión encabezó comisiones de profesores que diligenciaban la puesta en libertad de escolares desprevenidos, apresados en forma casual y abusiva, o de los aguerridos dirigentes estudiantiles, totalmente comprometidos con las frecuentes movilizaciones y otro tipo de acciones de protesta que formaban parte del activismo social de aquellos años. En respetuosa ofrenda a su memoria debo anotar aquí que algunas de esas diligencias fueron encaminadas en procura de la excarcelación del suscrito, atrapado, al igual que otros, en el torbellino en el que hube de participar, asumiendo el deber que nos correspondía como ente social comprometido con las mejores causas del pueblo dominicano.

Al finalizar el año escolar y mucho antes de producirse el Acto Oficial de Graduación, procedí a matricularme en la Universidad Autónoma de Santo Domingo -UASD-, entidad académica a la que he estado vinculado, tanto en el aspecto académico y administrativo como sindical y cooperativo, desde entonces hasta el presente, en que ostento la condición de Jubilado.

Quizás me dejé arropar por los avatares de la vida, el imperativo del momento y los compromisos políticos y familiares, pero, además de una que otra referencia aislada, lo cierto es que jamás volví a tener comunicación directa con aquella brillante profesora de tanta influencia en mis estudios secundarios, quien se constituyó en el modelo y paradigma a seguir, tanto en la formación personal como intelectual.

En los meses finales de 1996, con motivo de la puesta en circulación de mi primera publicación en el género de Cuento, obtuve la dirección de su domicilio, ubicado en aquellos años en el sector de Alma Rosa, en Santo Domingo Este, en donde se encontraba residiendo tras haberse retirado de las labores docentes. Además de poder poner en sus manos la invitación formal al acto y entregarle un ejemplar autografiado de la obra, albergaba la ilusión de conversar con la ilustre maestra a fin de que ella pudiese evaluar, por sí misma, el avance que el tiempo -y sus prédicas- habían logrado en quien había sido uno de sus más aventajados alumnos, tal y como puede ser verificado en los archivos del citado plantel.

Sin embargo, aquel día no fue posible el ansiado re-encuentro con la maestra. Compromisos familiares previamente contraídos habían reclamado su presencia en otro lugar, antes de nuestra llegada, por lo que hubimos de limitarnos a dejar el mensaje y el presente en manos de terceros, con la esperanza de un posible encuentro en el futuro.

Y de nuevo, los imperativos de la vida diaria, los compromisos familiares y los viajes al exterior fijaron el norte a mi destino.

Hace tan solo algunas semanas que, sumido en difusos recuerdos e inolvidables añoranzas, me hice la firme promesa de localizar, por todos los medios posibles, a aquella entrañable maestra de literatura a quien tanto debo. Gracias a las facilidades que ofrece la tecnología en el presente, me dispuse a bucear en las diferentes opciones que ofrecen las redes sociales, por medio del internet. De tal suerte, con la secuencia de un cinematógrafo, en breve desfilaron por mis ojos las imágenes de aquella añorada Maestra de secundaria, en la plenitud del disfrute de su merecida jubilación, participando junto a su esposo e hijos, nietos, biznietos y demás relacionados en múltiples vivencias saturadas de viajes, celebraciones y divertidas experiencias que, de seguro, forman parte del cumulo de nostalgias de su entorno familiar.

Enriquecidas con el brillo de la pantalla, pude apreciar algunas imágenes estelares de La Profe, adornadas con el toque inconfundible de sus vivaces ojos y la sonrisa desplegada, imponente, franca y segura: ¡la misma que siempre exhibió!

Descubrí, también, que antes que mantenerse en la tranquilidad de su hogar disfrutando la placidez de su merecida jubilación del ejercicio magisterial, la dinámica y emprendedora maestra se dispuso a realizar estudios en la carrera de Derecho, viendo cristalizados sus esfuerzos y dedicación al graduarse de Abogado, en los albores de la década de los 90’s y obtener el correspondiente Exequátur, asignado mediante decreto 383-91, d/f 7 de octubre de 1991.

Al tiempo que observaba el paso del tiempo, patentizado en las fotografías y  los datos contenidos en la fuente digital que pude analizar, conocí los nombres de los hijos,  sus ocupaciones y habilidades, la feliz cosecha de su parentela, eventos sociales, graduaciones, viajes y demás incidencias del entorno familiar de Altagracia, en la etapa final de su existencia.

De manera inexorable y como es dable suponer, con lacerante dolor para mi conturbado espíritu recibí por la misma vía la información precisa sobre su sentido fallecimiento, ocurrido el día 8 de junio del año 2015.

Corriendo los días finales del mes de mayo, en que nuestra Patria y gran parte de las naciones del mundo celebran el simbólico Día de las Madres,  a pocos días de la conmemoración de un año más de su sensible partida y situado en la antesala de la celebración del Día del Maestro, he querido hilvanar estas letras en homenaje de  devota recordación  a Carlota Altagracia Lockward de Adames, la enérgica maestra a quien debo gran parte de mi afición por la literatura; la que dispuso todo su empeño en el rigor de la enseñanza y supo ser Madre y Maestra a la vez, en beneficio no solo del suscrito sino también de manadas de condiscípulos que hubieron de abrevar, en tiempos difíciles, en el caudal inagotable de sus atinadas prédicas, a lo largo de su extenso apostolado pedagógico.

Descanse en paz, inolvidable profe!

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