JUAN RUPERTO TORRES: La vida de un personaje (2-4) (+vídeo)

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Juan Ruperto Torres: La vida de un personaje 2 - 4

Llegué de bola, contratado para organizar facturas, me llamaron “pico de oro”

POR: JUAN PABLO BOURDIERD.

Una anécdota un poquito sabrosa: Un día estoy en una construcción y me dice a un amigo:

–Ruperto, llegó un señor italiano que es un verdugo hablando francés, hasta canta en francés. Y el hombre llega y comienza hablar francés y comencé hablar con él. Le puse un tema de literatura francesa, pero me dijo: –No hablemos en francés, mejor en español. Entonces le dijo al amigo: – Él sabe más franceses que yo. Santo remedio.

Relata Torres: – Ese amigo siempre ha tenido de esas cosas conmigo. Un día me dice el cantante Montaner cubano. Le contesté que no era Montaner. Hay una Rita Montaner; pero ese cantante no era Montaner, era Polo Montañés (El Guajiro). Entonces, se quedó sorprendido cuando les conté esos detalles.  Yo fui a su casa, su carro es azul; entonces siempre he sido una víctima de eso, el morenito nunca se queda atrás. 

Cuenta Juan Ruperto Torres: En una ocasión cuando vine de Canadá, debía tener un conversatorio entre estudiantes, hacer algunas explicaciones que no eran tan técnicas para la época y uno de los organizadores me la puso difícil, me envió a sentarme atrás. Yo nunca he sido personas de sentarme lejos, me siento delante, aunque me muera. Siendo el expositor me sentó de último, pero la profesora se dio cuenta y me mandó a pasar a la mesa de honor. Entonces eso le dio apuro al joven. Eso pasó en el Departamento Cultural de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

De igual forma conocí a la hija de Juan Esteban Olivero Félix. Ella era estudiante de psicología, entonces ella quiso que yo asistiera a su boda y que, si yo quería, podía hacer uso de la palabra, me dijo. La boda se celebró en el hotel Nicolás de Ovando, en la Ciudad Colonial y allí conocí al doctor Jesús María García, quien era el Encargado de Relaciones Internacionales de la Casa Billini y él me recomendó en Metaldom. Allí llegué a ser Gerente de Seguridad Industrial, siendo contratado para organizar la factura de Cuentas por Cobrar en el Departamento de Nómina.

Ruperto explica que fue el Encargado de Asuntos Laborales. –Le dije al Gerente de Recursos Humanos que quería aplicar para la posición y él me dijo: –Pero tú no eres psicólogo. Entonces comencé a leer libros de Psicología Industrial, el examen fue en dos meses, nos examinamos nueve personas y pasó Juan Ruperto Torres. Me llamaron “pico de oro”, así me bautizaron, yo era que hablaba en todos los eventos.

Ruperto nos cuenta cómo eligió su carrera y entró a la universidad siendo limpiabotas del doctor César Saint-Hilaire que era abogado, el mejor que había. Nos dice:  –Empiezo a amar esa carrera porque yo lo veía hablando tan lindo a él, al doctor Monsantos y a otros abogados que venían desde Santiago a ejercer aquí. Un día Saint-Hilaire me preguntó: –¿Qué vas a estudiar? Yo le contesté: –Yo quiero estudiar Derecho, me encanta. Yo no sé nada de matemáticas, física, química; me gustan las letras, me fascinan. 

¿Y cómo llegó Ruperto a la universidad? –Me fui desde Sabaneta de bola con un chofer de la Universidad. Mi única familia era una tía y vivía en el Simón Bolívar. No podía viajar diario desde allí a la Universidad. Me acompañó en esa travesía desde Santiago Rodríguez el joven Leonardo Hidalgo quien sí tenía donde quedarse. Yo dormí un mes en el recinto universitario dentro de la universidad. Yo comía y dormía ahí mismo; andaba con una mochila con lo poco que tenía. Me conocía la mayoría de la seguridad. Miguelito Leclerc (músico sabanetero) me sugirió que esperara a que iniciara el semestre para que probara en la Rondalla de la Universidad, yo era percusionista y cantaba. Creo que por esta última fue que gané; entonces la Universidad me daba la beca de estudios y me pagaba.

Ruperto Torres y Juan Pablo Bourdierd

Un compañero de la Rondalla, oriundo de Puerto Plata, me dijo que en la Casa Albergue había espacio para estudiantes de escasos recursos económicos; entonces fui a hablar con don Juan Rafael Peralta Pérez, quien era el secretario de Estado, Interior y Policía; me recibió en su despacho y me recomendó, además me regaló cien pesos; también ahí estuvo Fanchi Cabrera, que luego abandonó la universidad.

Vuelven las turbulencias, le pasó algo al general del León – encargado de la Casa Albergue y tuvimos que irnos todos de la casa. Eso fue un viernes y “el lunes no puede haber nadie aquí”, así dijo el oficial; pero los muchachos de Puerto Plata me permitieron vivir con ellos. Ahí conozco el esposo de Judith Leclerc, el doctor Sergio Gómez. También al ingeniero Danilo Morrobel, a Rafael, Tony Cueto, Henry Garrido y al doctor Nelson Santana, quien me ayudó bastante en el segundo semestre de la carrera. Yo ejercía como abogado ayudante de los casos de Derecho Laboral.

Un día paré un proceso de inscripción en la UASD, en unos parales en hierro que habían allá. Resulta que un documento mío, de mi récord, no llegaba a la capital y eso era un error de la Universidad, no mío. Entonces apareció un señor llamado Mateo Morrison – poeta que trabajaba en el Departamento de Difusión Cultural de la Universidad y dijo: –A ese muchacho hay que ayudarlo. Yo ando con todo lo que soy–dije, y comencé a enseñar: mochila, media y otras cosas y agregué: –Duermo aquí, en la universidad. Entonces me inscribieron. No tuve problema jamás. La Universidad me daba tokinngs para pagar la guagua y 110 pesos mensuales. Las gracias a Miguel Leclerc, Saint-Hilaire, Paíno Tineo y al doctor Reyes Monsantos.  

También tengo que agradecer a doña Olga Mejía, quien nos ayudó bastante en la formación, porque ella, aun nosotros no siendo hijo de ella, se preocupaba. Nos daba seguimiento en la universidad, en el colegio universitario, en el liceo; atenta hasta en la forma de vestir y de hablar. En mi educación convergen tantas personas y circunstancias… que tengo que agradecer, porque yo no tengo la forma de hacerme profesional. Soy hijo de una enfermera y un zapatero bebedor de ron – un bohemio.

Juan Ruperto Torres: La vida de un personaje (2-4)

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