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Francamente




POR HÉCTOR FRANCO – Abogado. Reside en Santiago Rodríguez.

Transcurría el año mil novecientos sesenta y de sus pesados brazos los más intensos abusos de la férrea y sangrienta dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Era una época en la que nadie confiaba ni en sus familiares y por consiguiente hasta nuestras propias sombras eran sospechosas.

Mi tío Manuel le había regalado un radio marca Philips a mi abuela. Por ahí escuchábamos alguna que otra música de la época y en la noche, debajo de la cama y al más bajo volumen, una emisora cubana que difundía mensajes de la incipiente dictadura de los Castro.

De vez en cuando y de cuando en vez, nos acompañaba Francisco (Chiquitín), hijo de nuestra vecina Mercedes, dama que tenía una relación muy hermosa con mi abuela. Nuestro vecino llegaba de manera silenciosa y hasta misteriosa para, con aquellos mensajes, alimentar sus ideas y admiración hacia los “barbuses”, principalmente con los enardecidos discursos de Fidel Castro.

Chiquitín no reparaba en compartir sus conocimientos con los demás jóvenes, olvidando que “el jefe” contaba con un sistema de información sumamente efectivo.




En esos años los dictadores eran amos, señores y dueños de las voluntades de sus gobernados, para lo cual les resultaba muy útil esa red de informantes que en nuestro país eran conocidos como “chivatos o calieses”, quienes no dudaban en denunciar a cualquier persona.

Un jueves en que el cielo se vistió de gris, a eso de las seis de la tarde se apareció un carro de los denominados “cepillos” a la casa de Doña Mercedes y se llevaron a su hijo Francisco (Chiquitín), quien hacía unos meses había cumplido con el servicio obligatorio impuesto por el sátrapa.

Ese odioso servicio había aumentado de manera considerable el repudio de Francisco por el régimen de oprobio.

Desde ese jueves pasó mucho tiempo sin que se tuviera noticias del vástago de Doña Mercedes. A los seis meses regresó con innumerables marcas de torturas en su escasa anatomía. Contó que, en la Hacienda Julia Molina, propiedad del dictador, ubicada en Nagua, además de obligarlo a trabajar por 17 horas diariamente, le arrancaron sus veinte uñas a sangre fría. Al castigo siguió una advertencia: “para que camine por la línea”.




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