EL OFICIO DEL LIBRERO ES EL ARTE DE INSPIRAR

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Venta_librosPor: Marcelo Peralta.
SANTIAGO, R.D.-La venta de libros en las calles de Santiago, es un oficio que se ha constituido y quedado en la subestimación y el olvido, producto del desconocimiento de sus valores.

No obstante, esta tarea, en apariencia sencilla, destaca por su importancia para el desarrollo de una sociedad culta.

Rafael Reyes-Picatacó- es un hombre de 72 años de edad y 53 años lleva vendiendo libros en las calles de Santiago.

Reside en el sector Los Pepines y llegó hasta el texto grado en la escuela primaria México del mismo sector donde vive.

Reyes dice que para poder vender un libro en ésta labor tiene que inculcar el amor a la literatura a la gente.

Vende libros diversos y desde su puesto, transmite todo cuanto aprendió a los transeúntes persuadirlos a comprar libros.

Para él es admirable aplicar el oficio de vender libros.

Vende los libros apiñados en un brevísimo espacio en la calle 30 de Marzo.

No solo trata de vender libros, sino que tiene allí periódicos, informa, aconseja y orienta.

«Nuestro trabajo es tan bonito como importante, porque consiste en comercializar, sí, pero comercializar la cultura literaria, promoverla y hacerla llegar al público», comenta.

En ocasiones, dice este empleo se subestima sin razón alguna, pues un librero es quien sugiere, con sutileza, la lectura más acertada para su cliente y añade: «Eso exige un elevado nivel de información, y capacidad para observar y conocer la psicología del ser humano».

Para él «es necesario saber presentar la librería, su estructura y organización por temáticas, a fin de hacerle más fácil la búsqueda a los lectores, y mantenerlos informados acerca de los servicios que ofrecen, tales como las rebajas, el libro de la semana y los temas relacionados con las efemérides patrias».

Esto es un trabajo con toda intención.

En la cadena educativa de la sociedad, el librero es un eslabón, casi perdido, que necesita ser rescatado al reconocimiento público, pues él también fomenta los valores morales, pero con su más atinada arma: la literatura.

El oficio propicia el desarrollo del hábito de lectura en la población, pero la verdadera tarea de inculcarlo está en los padres que eso no se hace hoy día, señala Picatacó.

Cuenta cómo logró encauzar hace unos meses a dos jóvenes, quienes no tenían ningún vínculo literario: «Les ofrecí La prisionera, de Marcel Proust.

Es una obra también de amor, pero bien distante de las clásicas novelitas rosas que ellas solicitaron. Ahora, una prefiere los temas policíacos, y la otra, los juveniles.

Y ahora observo cómo han madurado en sus gustos y día tras día cuando pasan por ni negocio me preguntan los libros actualizados.

Para mí, eso es un logro».

La experiencia de los años pesa en el oficio.

Las nuevas en él, como su hija Daymé Reyes González, se forman gracias a aquellas que acumulan saberes: «Mis hijos, 5 en total, me adiestran en la parte técnica, como presentar y vender un libro.

El otro conocimiento, el cultural, lo adquiero de forma «autodidacta».

Mientras aprovecha el silencio y la tranquilidad del recinto, Daymé se sienta a leer, en la entrada del negocio.

Daymé sabe que su crecimiento intelectual depende de ella.

Aunque según Picatacó, hace unos años participó en unos cursos de capacitación para los libreros, talleres donde estudiaban las obras y los autores, de forma general y especializada: «Creo que éstos deberían retomarse, pues hay personas con mucha vocación hacia la labor, pero no tienen la preparación suficiente».

Sus hijos son profesionales en diversas carreras del saber.

El mérito de las personas está tanto en el interés, como en el amor hacia el oficio.

Daymé reconoce aprender de los propios clientes: «A veces, mientras buscamos en los estantes, conversamos sobre un tema específico.

Esa es mi oportunidad para oír sus críticas, comentarios y opiniones, e incorporarlos a mis conocimientos».

Intelectuales, profesionales, universitarios, niños de la enseñanza primaria, trabajadores comunes; amantes de la poesía y de Platón, como dijese Augusto Monterroso en uno de sus cuentos, el público que a diario visita la librería percibe el ambiente de colaboración y magia desde la entrada: «Según ellos, hallan aquí el trato afable, cordial, además de las excelentes ofertas.

Y eso no aparece en muchos sitios», expresa Daymé Reyes González.

En cada librería del país existe un Club de Amigos del Libro, al que pertenecen los clientes más asiduos. «Ellos ayudan a otros lectores en la búsqueda, pues conocen el local tanto como nosotras.

De alguna forma, practican también el oficio de librero», comenta Daymé.

Este grupo de verdaderas «polillas», el Club de Amigos del Libro, tiene a su cargo colaborar en las actividades programadas: ventas en los parques y visitas a los centros escolares.

«Cada semana, coordinamos con las escuelas primarias y secundarias para vender libros acordes a la edad de los estudiantes.

En el próximo curso tenemos pensado hacer, además, pequeñas presentaciones y debates, dice.

Estas acciones son la semilla de otras tantas que se organizan en Santiago, con el propósito de acercar a la población a ese mundo, a veces real, a veces fantástico, que posee la letra impresa: La Feria Internacional del Libro, la Noche de los libros.-

«En esos eventos es donde una percibe el interés de la población hacia la literatura.

La masividad asombra.

Las personas conocen sobre géneros, autores, obras; y las que no, preguntan», precisa Daymé.

Ese es el resultado de los programas que se llevan a cabo en nuestro país.

Aquí vivimos en un estado constante de efervescencia literaria.

Para mí, contribuir con la preservación de ese estado es un privilegio».

¿Satisfacciones? ¡Muchas! cada «gracias» compañada de una sonrisa, cada «hasta luego», «nos vemos pronto».

«Si no siento en el lector un agradecimiento sincero, no quedo complacida con mi trabajo», dice.

Para Daymé, «La belleza de nuestra labor radica en sentirnos útiles, en saber que fuimos una ayuda para alguien».

Son rostros desconocidos, pero importantes, los de quienes viven su vida entre anaqueles que huelen a hojas secas o nuevas, mientras algunos no alcanzan a imaginar el encanto y la magia de la misión que asumen: encauzar la marcha por ese camino bien llamado literatura.

El objetivo central es: Rescatar los valores del oficio del librero.

Mientras que afirma que los objetivos colaterales son: Conocer el trabajo del librero y sus funciones. Conocer el significado que adquiere la literatura para un librero.

Informar acerca de las actividades extras que realizan los libreros.

Allí venden libros para todo tipo de entrevista:

Y a Daymé le gusta vender Vía directa como es el cara a cara con los compradores

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