El magnicidio del 19 de noviembre de 1911; trágico episodio de nuestra historia que obstaculizó el efímero trayecto por el que transitaba el país hacia su recuperación

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Por: José Andrés Leclerc Núñez.
El 19 de Noviembre de 2011, se cumplen 100 años del asesinato del 39no presidente de la República Dominicana; trágico suceso que se denomina: MAGNICIDIO; es decir, la muerte violenta dada a una persona muy importante por su cargo y poder. Nuestro país posee desde su fundación un extraño récord; uno, que hasta donde llegan nuestros humildes conocimientos no lo iguala ni supera ningún otro: el asesinato de cuatro presidentes.

La eliminación física del jefe de estado de una nación, bien podría ser sinónimo de coraje, valentía, patriotismo, etc, y con estos sublimes calificativos tienen que ser adornados los acontecimientos ocurridos el 26 de Julio de 1899 en Moca, y los del 30 del Mayo de 1961, en la capital dominicana. Pero muy distantes y antagónicos al fervor patriótico, a lo intrépido y a la grandeza de los dos hechos mencionados anteriormente, fueron los acaecidos en Santo Domingo el 19 de Noviembre de 1911, los que a continuación relatamos:
La capital de la República Dominicana, Santo Domingo de Guzmán, disfruta de uno de los malecones más hermosos de Latinoamérica y de la región del Caribe; es ahí, donde todavía los capitalinos siguen buscando recreo y solaz esparcimiento. Esta zona de la ciudad, cuyas costas bordadas en encajes de azul y blanco por otroras, límpidas y prístinas aguas; encontró sus días de gloria precisamente en la época en que gobernaba uno de los que le corresponde un espacio dentro de nuestros magnicidios, específicamente el cuarto: Rafael Leónidas Trujillo Molina; y fue en este mismo lugar, donde al igual que el personaje de nuestro relato, aquel déspota encontró también su funesto destino. El día de la semana en el cual acontecieron los hechos trágicos del 19 de Noviembre de 1911, hace ya un siglo, fue el séptimo, o sea, Domingo. La tarde era una muy calurosa, nublada y lluviosa; las condiciones atmosféricas impedían el número acostumbrado de personas en dicho lugar; los suaves céfiros del tímido Otoño se habían negado a competir con el húmedo, ígneo, y salobre aliento, que como brisa expelía de sus agitadas y azulinas entrañas nuestro impetuoso, enérgico y fogoso Mar Caribe. Parecía ser un lúgubre presagio. El extrovertido, bonachón, agradable y simpático mandatario dueño de una carismática personalidad y atlética figura, no se sentía distinto dentro de sus iguales; las ínfulas del poder no habían agrietado su campechana forma de ser, al igual que los demás amaba las tardes dominicales, las que aprovechaba para dar su paseo acostumbrado por el malecón de su capital, de su ciudad, de la que él era la persona más importante; esta vez, iba a ser muy diferente. En su garbeo, el jefe de estado se dirigía a su ominoso destino por el «Camino de Güíbia» hoy Avenida Independencia, saludando a todo transeúnte conocido sin formalidad alguna. Para la ocasión, su carruaje iba sin la escolta presidencial; y como para que los terribles hechos se desencadenaran sin inconvenientes solo le acompañaba su edecán, jefe de escolta, el coronel Ramón A. Pérez (Chipi) y, lógicamente el conductor de su victoria: José Mangual (Cachero) en otras palabras, el cochero. Hubo rumores a los que el presidente no hizo caso, él no era hombre de rumores y la confianza en su popularidad le traicionaría; los runru nes de la urdimbre llegaron a ser un secreto a voces. Cruzó su carruaje con el de Don Fco. J. Peynado y el de Don Juan Bautista Vicini Burgos, le aclamaron estos con un premonitor saludo, como un desfavorable agüero: ¡Qué buen presidente tenemos, paseándose sin escolta! El presidente respondió diciendo: ¡Adiós par de vagabundos! Mientras su voz mitigaba, haciéndose inaudible con el bordoneo de los cascos de las patas del solípedo. Al doblar en San Jerónimo, pudieron divisar una cochera y un carro que obstruía casi por completo la vía; eran los conjurados. El coronel Pérez pensó que lo temido había llegado; mas, no hubo espeto de ninguna clase hacia su jefe, lo conocía muy bien, quizás un ceño fruncido o una mirada de soslayo, pero palabras ningunas. Al aproximarse el carruaje presidencial atronó la voz: ¡Alto! Un minúsculo grupúsculo de resentidos sociales de vaporosa valentía detuvo al primer mandatario de la nación; a uno de los más valientes y corajudos hombres públicos, quien, dos lustros, dos años y cuatro meses antes, junto a Jacobito De Lara, puso su valor a prueba aquella tarde gloriosa a las 4:30pm, del 26 julio de 1899 en su natal Moca. Los hombres de historia no se han puesto totalmente de acuerdo respecto a las intríngulis de lo acontecido en ese instante, pero lo tétrico y sombrío del momento está descrito con gran discernimiento. Todo parece haber ocurrido en breve lapso de tiempo y que hubo diálogo entre los atacados y sus atacantes, que el propósito era el rapto. El nerviosismo se hizo presa de estos últimos; hubo un disparo, lo que parece haber producido un sobresalto del animal desbocándolo, lo que aprovechó «Cachero» para soltar sus bridas. Chipi Pérez pudo saltar de la victoria para guarecerse detrás de un árbol y disparar, hiriendo a uno de los atacantes en la pierna izquierda; otros autores hablan de que huyó. Originada la balacera, el estruendo de los proyectiles interrumpió el casi sacro mutismo vespertino, que solamente las espumantes olas moribundas y en su agonía, después de su iracunda colisión contra el dique de la playa de Güíbia, osaban interrumpir. El carruaje dio un vuelco, el Presidente resultó gravemente herido y al igual que las olas, moribundo; de su fornido cuerpo, la sangre, líquido vital no burbujeaba, brotaba profusamente. Lo rumorado se convirtió en hecho consumado. El auriga Cachero enfrentó con sumisión al grupo de hombres decididos a completar su abyecta tarea, y es aquí donde también persiste la disensión histórica. Del modo que fuera, el cochero «Cachero» pudo trasladar al coloso, mortecina mole de carne y hueso, malherido, tambaleante, arrastrando sus pasos y yéndosele la vida, hasta la estancia de Don Fco J. Peynado, desde donde la madre y esposa de este escucharon los disparos del atentado. Se dice que aún con vida le trasladaron a la Legación Americana, pero expiró en el camino en brazos de Estela Vásquez, en su último suspiro exclamó: ¡ Estoy muriendo, madre mía! . La grave noticia se regó como pólvora, alguien en montura de caballo difundió lo ocurrido por toda el área: ¡ Han matado a Mon, han matado a Mon! La consternación arropaba la ciudad. Con la misma rapidez que iniciaron los hechos, huyó aquel grupo de hombres en un automóvil rumbo a Haina, en la precipitación de la fuga y en el intento de montarlo en la barcaza, el carro cayó al río, uno de ellos, que había sido herido en la conspiración resultó lesionado con traumas en la cabeza y fue abandonado, los otros huían dispersos, los vehículos oficiales estaban tras su persecución y el lesionado fue capturado. Se trataba de Luís Tejera, horacista a ultranza, adalid de la trama llevada a cabo. Hijo de Don Emiliano Tejera, ministro y hombre de gran principalía del gobierno de Cáceres, meses antes, ocupó el cargo de gobernador de la ciudad capital para luego ser destituido. Pretendió la colocación de Luís Roldán como jefe del ejército a lo que el Presidente no accedió nombrando en cambio a Eladio (Quiquí) Victoria. Actuó por el resentimiento, odio y ambición de poder; al ser apresado se le condujo a la fortaleza Ozama donde de inmediato y sin derecho a juicio fue fusilado por el propio Quiquí Victoria. Julio Pichardo, actuó por venganza, un primo suyo había sido fusilado en Barahona. Luís Felipe Vidal, Jaime Mota, Augusto Chottin, Raúl Francheschini, José Pérez, Porfirio García Lluberes, José García y Pedro María Mejía, entre otros, eran parte del grupo atacante que formaron parte del complot, inducidos por Tejera; posteriormente se beneficiaron de una ley de amnistía y tiempo después, algunos mostraron arrepentimiento.
JOSE ALTAGRACIA CÁCERES VÁSQUEZ (MON) había nacido en Estancia Nueva, Moca en 1868; al momento de su muerte tenía 43 años de edad y, cinco años y 11 meses como presidente constitucional. De profesión «recuero» (negocio de recuas) miembro de una distinguida familia mocana, campesino ordinario, el ósculo de «los aires hostosianos» no posó sobre la tosque dad de la piel de su rostro. El 26 de Julio de 1899, en su natal Moca, participó junto a otros patriotas al igual que él, hoy olvidados, en el ajusticiamiento del tirano U. Heureaux (lilís) liberando al país de una férrea y oprobiosa tiranía de veinte años. A partir de esta gesta su estrella inicia su brillo con tal intensidad, que se le conocía en toda Latinoamérica y USA, un incidente ocurrido en NY y publicado por el diario The New York Times del 27 de Julio de 1899 así lo demuestra: El diario publicó la noticia del arresto de un hombre de apellido Cáceres en el edificio de la calle 87, al este de Manhattan, NYC. Resultó ser un ingeniero mexicano de nombre Simón M. Cáceres., la nota de desagravio a este caballero fue publicada en el The New York Times, Julio 27,1899 pag 1, columna 6. En el gobierno transitorio de 1899 empezó a descollar su carrera política ocupando la cartera de Guerra y Marina, posteriormente, en el gobierno de Juan I. Jimenes fue gobernador de Santiago; ya en Junio de 1904 era vicepresidente del gobierno de Morales Languasco para luego, en Diciembre de 1905, al renunciar este último, convertirse en primer ciudadano de la nación. De sus predecesores heredó caos, desorden, anarquía, un país muy endeudado y en bancarrota, con las aduanas en poder de extranjeros, firmó en Enero de 1907 la Convención Dominico Americana y, aunque las aduanas seguían en manos foráneas, el influjo de capitales fue notorio; se construyeron: escuelas, hospitales, obras públicas(puentes, carreteras y caminos) el sector que más prosperó por el acceso a la venta de productos fue la agricultura. Los «autárquicos» de la época se hicieron a las levantiscas y guerrillas, todos fueron vencidos por la famosa «guardia de Mon»¿Quién no ha escuchado en nuestros tiempos la famosa exclamación: ¡ Tá preso por la guadia de Mon! Era el ejército organizado y represivo que rayaba en lo dictatorial pero, en una época de asonadas, golpe de estado, desorden, anarquía, revoluciones ¿ Cómo debía ser el ejército? Mon no era un dechado de toda bondad; enérgico, con rasgos y accionar dictatoriales y medidas entendibles por los gobernantes y odiosas para los gobernados, fue el «pacificador de la Línea Noroeste». Era carismático, afable, amigo leal hasta consejero y sobre todo, honrado; su pueblo le adoraba; en las arcas del estado quedaron de su gestión siete millones de dólares, nunca visto en la historia de las finanzas del país. La única herencia recogida por su viuda y diez hijos fueron sus mediocres propiedades rurales heredadas de su padre y una póliza de seguro de vida de DIEZ MIL PESOS. Jamás estuvo un crimen político menos justificado que el asesinato de Cáceres, el país entero recayó con increíble rapidez en estado de completa anarquía, en pocos meses desaparecieron los vestigios que quedaban de los casi seis años del gobierno de Cáceres, la grotesca imagen del fantasma de la guerra se erigiría de nuevo en el obscuro horizonte y los dominicanos de aquélla época retrocedieron a donde suponemos no querían retroceder. La guerra civil que el profesor Bosch llamó «La revolución de los Quiquises» hizo estragos por que fue una de las más crueles, violentas y prolongadas, los norteamericanos vieron amenazados sus intereses, nos invadieron en 1916 y dieron continuidad a las obras del gobierno de Mon Cáceres, pero sus botas infestadas, diseminaron el germen que incubaría en su vientre aquél que nos gobernaría por 31 años. «A Cáceres no se le debió matar nunca, todavía se resiente el país de aquella tragedia, duele en el corazón dominicano pensar: ¿Dónde estaríamos hoy? si el vigoroso capitán mocano hubiere llenado su ambición de progreso». Juan Bosch, El Listín Diario., 1935.
¡¡ LOOR AL EXCELSO HÉROE DE ESTANCIA NUEVA YA OLVIDADO!!
«Los pueblos que olvidan su pasado están condenados a revivirlo»
Agustín Nicolás Ruiz de Santayana.

Referencias: Los Magnicidios Dominicanos; E. Gutiérrez F.
De Lilís a Trujillo…………………….Luís F. Mejía.
Manual de Historia Dom……… Frank M. Pons.
La Viña de Naboth………………….Summer Welles.
Comp. Soc. Dom…………………….Juan Bosch.
Cáceres; Fábula de progreso
el orden y la paz……………………José C. Novas.

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