El comején de la indiferencia social

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Sergio Lantigua colaborador 2013
Por Sergio H. Lantígua
El solipsismo acarrea una encomienda esotérica que arremolina todo lo que esté federado, al prejuicio humanitario. Así vemos, que puede instigar un antagonismo de frialdad, poca curiosidad o ningún interés por la indigencia de sus semejantes; pués la indiferencia, es el sustantivo eufemista de la tolerancia que encubre nuestro conformismo o carencia de apetencia, mutante de convicciones y valores cívicos».

Esta es la versión del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua en su tesis de la palabra indiferencia: Es un «estado de ánimo en el que no se siente inclinación, ni repugnancia, hacia una persona, objeto o negocio determinado; no hay preferencia, ni elección». Concluyendo, que es una de las formas inconscientes en que el sujeto responde a la presencia de sus semejantes.

 

La displicencia, es un estado psíquico extraño e innatural donde las líndes entre la luz y la oscuridad, el anochecer y el amanecer, el crímen y el castigo,la crueldad y la compasión, el bien y el mal, se copelan.

 

Cuáles son sus cursos y sus inescapables consecuencias? Es ésta una filosofía? Es concebible una filosofía de la indiferencia? Puede uno ver la indiferencia como virtud? Es necesario de vez en cuando, practicarla? O es simplemente una prosopopeya para conservar la sanidad mental, y vivir normalmente, mientras el mundo a nuestro alrededor experimenta una terrible necesidad.

 

Por supuesto, la apatía puede ser a veces hasta tentadora, y más que eso seductora. Porque es mucho más fácil alejarse de las víctimas que verse involucrado en sus dolores, y desesperanzas.

 

En cierta forma, pretender invidencia a ese sufrimiento, es lo que hace al ser humano, inhumano; pero ésta, después de todo, es más peligrosa que la ira y el odio. Podría decirse que la pasividad es siempre amiga del enemigo, acérrima de los niños hambrientos, y los desamparados, porque al negarseles el subsidio humanitario, negamos nuestra propia humanidad.

 

Entonces desidia, no es solo un pecado, es un castigo. Y es una de las más importantes lecciones de la amplia gama de experimentos entre el bien y el mal, practicados en el difunto siglo 20.

 

La despreocupación tiene matices dispares, porque puede ser sabia e inspirar profundo respeto. Por ejemplo: La profunda adiaforia de Sócrates ante las demandas de amor de Alcibíades, o el desinterés del maestro Zen ante la angustiosa inquisitiva del pupilo principiante de cómo alcanzar la sabiduría.

 

El impasible, es contrario a la responsabilidad social. El elemento que se atrinchera en una postura de indiferentismo frente a otros, es porque el sentimiento de adeudo ante la circunstancia del otro no le perturba.

 

La racionalidad instrumental y burocrática de la violencia, el desplazamiento o el exterminio, y el surgimiento de una segregación incorporada en el quehacer cotidiano como confinamiento social de una tendencia irrefutable, son las características singulares de una sociedad decadente.

 

Sigmund Freud, el psicoanalista Austríaco, esbozó algo muy interesante respecto a la indiferencia, y el amor. El concebía, que entre las posibles antítesis que pudieran darse en las relaciones de pareja, había una muy particular que era el desinterés. Afirmaba, que el antagonista del amor, no es el odio, sino ignorarse uno al otro.

 

Aquí pués, se concretiza lo que Freud, intangiblemente plantease: «Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche, se desmorona también el parapeto de los malos instintos, y los hombres cometen actos de crueldad, traición, y brutalidad, cuya posibilidad se hubiese creído incompatible con los estatutos culturales instituídos.

 

El paradigma inmunitario, anega el discernimiento y la erudición social, convirtiéndolo en antisocial, anticomunitario, al repeler lo que es colectivo a la comunidad. Este afán de marginar y proteger a los hijos, de los riesgos y las realidades de la vida común; están enjaretados en el origen de querer no ver, de interponer distancia, de mirar hacia otro lado, frente a aquellas realidades sociales que están más cercanas a ellos cada vez.

Por eso la sociedad – como entidad colectiva – adopta la docilidad, el silencio y la fé como un recurso para soportar la condición acontecida.

 

La docilidad para pasar desapercibida. El silencio, como mecanismo de preservación y defensa, y la fé, para que el Dios infinitamente misericordioso se encargue de decidir su ignoto destino.

 

POETAS SILENTES
Oh! Poetas fabulistas… que encontráis en el intrincado don de la palabra
Las inéditas emociones del ser humano para así habilidosos declamarlas
Ora cautivados de antemano por el verso novel que todavía es engendro
Oh! Poetas obnuvilados… videntes alucinados en su fantástica anoxemia
Que cambiáis la creatividad de vuestra perspicacia por un aplauso atrofiado
Oh! Poetas libertarios… que ponderáis el autónomo albedrío sin amarras
Impregnadles de patrioteros fundamentos librados de codicia perniciosa
Mucho antes de que sus fábulas confabuladas las descubran los alevosos
Oh! Poetas obedientes… que sumisos entregáis el poder del pensamiento
Denunciad sin armisticio a los caudillos dictatorios y sus códigos servilistas
Hasta que se les desnude lo sensible de toda ínfula borreguil y placentera
Oh! Poetas insolentes… mantened el sentimiento siempre lomienhiesto
Cread cuanto verso puedan hasta que sus dedos entumecidos lo permitan
Orientados por sus huellas dactilares encamínense hacia dignos confines
Oh! Poetas soñadores… obnuvilados, libertarios, obedientes, e insolentes
Escribid hasta en el firmamento, la tierra, el agua y en el viento si es preciso
Para que el hombre se desperece y ya cansado del yugo burgués alce su grito

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