Del Libro Sustantivo comunes, Segundo Lugar del Concurso Nacional de La Alianza Cibaeña

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Randolfo Ariostto Jiménez - Presidente de la Filial Valverde de la Asociación de Escritores y Periodistas Dominicanos y del Círculo de Escritores de Valverde.

Por: Randolfo Ariostto.

Los edificios emergen del pasto, untados de prisas, de frutos secos, vendedoras de té en las esquinas, palomas de ayer con nerviosismo de hoy, patios de iglesias y colegios pintados de rojo.

La autopista besa la laguna con labios de arena y metal laminado, se diría que es un pecado porque carece de inocencia.

Las tiendas mecen las avenidas bajo el sol blanco del segundo y cuarto domingo del barrio; peatones recurren al más citadino de los misticismos: vestir la ociosidad de boato. Alguien pasea una mano hambrienta de paz por la farmacia, la canción del carro da vuelta a la esquina de la página, el pregonero es un ángel si la propina es buena.

Tanta soledad en bisutería; el aserrín de unos ojos en busca de amante prende la mecha en la voz de la hetera, es la botánica del amanecer en la plaza; el corazón de la ciudad es una romería satinada de arbustos de otras tierras, de flores que no aprendieron el verbo amar, pero igual cuestan la ojeada; bibliotecas aceitadas de abstinencia, metafísica de bar en el aliento. El mecánico y el gomero sustituyen con éxito los ángeles de Lot, no hay salvación sin llanto.

Hablo de esta ciudad porque me es ajena como puede serlo una ojeada bajo la frente, la hablo porque me pertenece como al último encantador de votos de la valla politiquera y la mujer del delantal que olvidó su pan blanco al regresar a casa.

Los parques abonan la inanición de los artistas, intestino exterior; santuario de abogados, pasantes de medicina, cirujanos de sueños. La ciudad es una herida en el cuello de la noche, los secretos saltan a la luz en cuanto duerme el pito del AMET. Se habla de violencia como de la erección de ese rascacielos, es la pólvora del miedo, como el interés es la erupción del capital, chorrea los labios de los adolescentes, labios de ciudad al final del túnel; los adolescentes son el semen de la ciudad, pero no lo saben.

En las alcantarillas vive un hombre de dos metros, mientras ese hombre respire existirá la ciudad, quién pensaría ciudades sin alcantarillas donde hombres de dos metros vivan a sus anchas. En el confín de la autopista duelen los nombres, la hoz del tránsito los empadrona por oficio, residencia y amantes de horas planas; pero no todos son la ciudad, los que liberan la bestia de cien cabezas son los dueños de la ciudad, si bien, toda ciudad es de sus empleados, duendes enfermos de realidad, condenados al delirio.

No hay ciudades sin días festivos y cada día festivo esconde un espacio de llanto. La ciudad es una suma de rostros y cada uno, un emisario de ausencia.

Todos los semáforos dicen verde. Runnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn.

¿Y tú, que opinas?

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