Campesino sabanetero

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Sergio Lantigua

Por: Sergio H. Lantigua.

Scotrun, Pennsylvania, USA.- Como introito a esta prosa en tributación al campesino Sabanetero, quiero introducir esta narrativa con empatías a la moraleja de un trabajador del campo, ya cansado de la rutina a quien ya se le hacía insoportable la dura faena, y decide vender su finquita y para ello le pide a su compadre – quien era su vecino – que le confeccionara un letrero para anunciar la oferta porque él era analfabeto.

El compadre accedió muy amable dándose a la tarea de pensar en el contexto. Al final el aviso decía: “Vendo un pedacito de terrero que es un sueño, con su casita de tablas de palma techada de cana bajo un azulenco cielo, rodeada de un jardín adornado de bellas y perfumadas flores, con un patio sembrado de árboles frutales y con un verdoyo prado, circundado por un arroyuelo de aguas cristalinas.” El amigo, después de entregar el encargo, tuvo que ausentarse por razones familiares y al cabo de unos cuantos meses, regresa de nuevo atormentado por la incertidumbre de quienes serían sus nuevos vecinos, ora convencido de que ya su viejo amigo había vendido la propiedad y marchado con la familia. Pero mayúscula fue su sorpresa al encontrar al campesino amigo laborando en su parcela muy quitado de buya.

Boquiabierto, se le acerca y le pregunta: Dígame amigo, y no que se iba usted para el pueblo? El amigo sonriente le contesta: No mi etimado, poique le pregunté a aiguien que vino a comprai la tierrita que qué decía ei letrero que uté me hizo y dipué de ecuchai lo que uté puso comprendí que era ei dueño de un paraíso terrenai y que no podría encontrai uno iguai en ei pueblo poique allí no puedo sembrai en ei suelo. Así é que decidí quedaime con lo que con tanto amoi he creao, confoime con lo que tengo, y dándole la gracia a Dió poi lo que me ha dao.

CAMPESINO SABANETERO
Canta el gallo y el campesino se despierta
Y sale al patio a lavarse la cara con agua fría
En eso la esposa lo llama desde la cocina
A tomar su café cola’o y su desayuno con yautía
Se cincha el colín y se hecha la azada al hombro
Coge el sombrero y pone agua en el macuto
diciéndole adiós a la esposa en la puerta de campo
Se aleja con pasos apresurados rumbo a su conuco
Sobre el escabroso trillo van quedando sus huellas
Caminando descalzo o calzando sus chancletas
Ya con los rayos del sol llega a su sembradío
Encontrándolo alegre y cubierto de fino rocío
Comenzando contento su ardua faena
Despejando con el machete la maleza
Y a golpe de azada va dejando sin yerba
Todos los surcos que antes de ayer abriera
A media mañana le vienen con el almuerzo
Sus hijos le trajeron yuca con carne de puerco
Compartiendo con ellos se toma un descanso
Continuando la jornada debajo del sol en tetero
Levanta la cara al cielo y se seca el sudor
Implorando por lluvia para refrescar el calor
Con la caída de la tarde emprende el regreso
Sonriendo satisfecho por el día trabajado
Lo divisan desde lejos sus hijos y el perro
Que con gran regocijo salen a su encuentro
Le rodean cantando a coro y eso lo reanima
El más viejo de sus hijos le arrima un banco
Y el más pequeño se le sienta en las rodillas
El ríe contento y su esposa le da un beso
Salen a bañarse toda la familia al riachuelo
Retozaban unos con otros gozando el asueto
De vuelta a la casa se sientan alrededor de la mesa
Hay mangú de plátanos con longaniza para la cena
Sale al portal y se sienta en su silla de cuero
Y enciende su cachimbo con tabaco conuquero
Entre bocanadas de humo mirando al infinito
Se echa a descansar en su hamaca de cabuya
Hasta que el canto del gallo lo despierte de nuevo

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