Lic. Ambioris Popoteur Zapata
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Camino del Puente

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San Ignacio de Sabaneta 1965

POR: AMBIORIS POPOTEUR ZAPATA – Asesor Fiscal. Reside en Santo Domingo.

German Eladio Vargas Durán tenía un nombre largo para sus catorce años y, sin embargo, el pueblo entero lo nombraba con la naturalidad con que se nombra a los propios: German, el hijo de Mercedes María, cariñosamente Doña Niña y de don Rafael Emilio, a quien todos, por su estatura y sus brazos muy largos, llamaban Emilio Kilómetro. Nació y creció en Sabaneta, en los primeros años de la década del 50, del siglo pasado, del siglo pasado, cuando la vida parecía una fiesta ruidosa y, a ratos, una prueba constante. En la casa de madera y cemento, pintada de azul tenue, donde las voces se superponían como pájaros al amanecer, Germán era el octavo de diez hermanos, cinco varones y cinco hembras, y había alcanzado ya casi la misma altura del padre, como si la vida se le hubiera estirado con prisa.

Su madre, Doña Niña, veía en su retoño, un gran porvenir y decía que el muchacho estaba hecho para grandes cosas, aunque no supiera aún cuáles. A esa edad, los destinos no se escriben con tinta definitiva, la rapidez de la vida hace que los sueños se reescriban una y otra vez.

Ir al río Yaguajay, allá en Cambelén, era parte de su rutina, cada vez que podía. No había domingo o tarde de lluvia en que no se oyera a los muchachos hablar del río, el puente y del charco que se formaba debajo, como si la naturaleza obedeciera a un pacto secreto con la juventud de Sabaneta. Sus amigos, compinches, o panas, como se diría ahora, aseguraban que el charco era el mejor entretenimiento y parecía tener vida propia: crecía, menguaba, cambiaba de color con las aguas de octubre.

La noche anterior había llovido, y el pueblo amaneció con ese olor propio de la tierra mojada. De los techos de las casas caían las ultimas goteras, cual si fueran las ultimas lágrimas de un lloro que prometía parar. Los gallos parecían cantar más cerca y el Yaguajay corría con ese gran brío que para entonces tenía.

Ese día de octubre, la escuela parecía una realidad lejana, y el puente una promesa que había que cumplir. A los catorce años ningún muchacho piensa en lo que puede pasar, más si ya se ha contado con experiencias sobre ese hermoso salto que se daba y se entregaba el cuerpo excitado al agua y a las piedras: se salta porque se cree, se confía en lo que antes se ha hecho. German, alto y desgarbado, con las piernas como varas de un árbol, salió de casa, aprovechando que don Emilio estaba trabajando en Zamba, en sus labores de la Corporación Dominicana de Electricidad. Salió con los amigos y tomaron el camino de siempre, hacia Cambelén con la alegría y la complicidad de saberse libres y gozosos.

Cuando llegaron, el puente estaba quieto, con sus grandes tablones viejos y clavos ya gastados, llenos de moho. Debajo, el río con su rumor propio, alegre por el agua recibida la noche anterior, no mentía, pero el charco, ese mismo que en otros días los recibía y los esperaba, ya no estaba, no tenía la misma hondura que las veces anteriores. Sin embargo, la prudencia se aleja cuando la costumbre pesa mucho. Y para un imberbe casi quinceañero, con esa edad, en que el deseo inclina las decisiones hacia el lado más ardiente del pensamiento, la palabra prudencia no existe.

Yo salto primero, dijo German, y sus amigos asintieron con esa especie de fe entre amigos que no necesita palabras largas.

Un arco breve trazó el cuerpo del muchacho en el aire, hacia el charco, y el golpe que siguió fue un sonido brutal, ajeno al juego y a la prisa del río. Hubo un silencio anormal, se podía oír el caminar de una hormiga o el cantar de las piedras, parecía que la vida se había paralizado. Sus asustados amigos lo llamaron, una y otra vez, otros muchachos, que habían llegado tarde, quedaron de golpe paralizados y no sabían que hacer. Una señora que cruzaba el puente fue quien dio el grito que se recuerda todavía: ¡Auxilio! ¡El muchacho!

Entonces el pueblo se movió, descendieron al lecho del río y sacaron a German del agua. El cuerpo aún tibio parecía querer explicar algo, pero el lenguaje de los cuerpos es un idioma que a veces llega tarde. Alguien corrió por un vehículo, alguien por auxilio, cualquiera que fuera.

A la casa de Doña Niña el rumor llegó antes que la noticia. Ella, que había parido diez veces y había visto de cerca la línea delgada que bordea la vida, supo que algo oscuro caminaba hacia su puerta. Dicen que no gritó. Que solo apretó un rosario y preguntó dónde estaba Emilio. Y que cuando lo vio llegar, Emilio, cuan grande como las cosas que no caben en las habitaciones, solo atinó a decir ¡mi pobre muchacho! Se iniciaron los días del hospital, en la ciudad de Santiago, días que son siempre largos, e invisibles. Los hermanos de German, de dos en dos, de tres en tres, se turnaban para llevarle historias del patio, el chisme de la esquina; Doña Niña le acomodaba la sábana y le hablaba bajito, con esa voz con que se arropa a los niños cuando la fiebre sube; Emilio, sentado en una silla que le quedaba pequeña, apretaba la mandíbula y miraba un punto fijo en la pared, como si desde ahí fuera a caer la solución.

El puente del Yaguajay siguió allí, indiferente y leal a la vez. En las tardes siguientes, el rumor del agua parecía más hondo, como si el río cargara con una historia nueva. Las madres, al pasar con sus hijos, apretaban las manos pequeñas con una insistencia que no admite discusión.

En el hospital, el tiempo no obedecía calendarios. Lo regían otros relojes: el de la visita, el de la inyección, el del parte médico que, sin decirlo, anunciaba que la recuperación no llegaría con los pasos alzados de los milagros. Y, sin embargo, la esperanza es un oficio que las madres ejercen con una terquedad que a veces desafía a Dios. Doña Niña se aprendió los nombres de las enfermeras, las luces del pasillo, el sonido que hace una vida cuando no puede moverse.

Los hermanos, al volver a casa por las noches, descubrían que la ausencia también hace ruido: los platos sonaban más hondo, el patio crujía de un modo extraño, el gallo amanecía tarde. Emilio, que pocas veces hablaba de más, un día volvió de la sala, se sentó en el escalón y parecía perderse junto con su mirada, en la eternidad del recuerdo, como si llevara con él lo único que podía ofrecer: la presencia.

Sabaneta, mientras tanto, no dejó de ser Sabaneta. El mercado de los sábado siguió llenando la esquina con voces de campo y olor a yuca, a quesos frescos y a semilla de cajuil; en la radio, un bolero repetía una verdad conocida: que el amor también es pérdida.

Camino del Puente, de Roberto Ledesma, un bolero que pareciera parodiar con sus letras, las emociones que la familia Vargas sufría, por lo sucedido.

Luego de dos semanas en el hospital Cabral y Báez de Santiago, fue trasladado al hospital General Santiago Rodríguez, de Sabaneta, tras dos días llegó el 16 de noviembre, discreto, como fecha que no necesita presentación. No hubo luvias, ni relámpagos. Solo un médico en tono serio diciendo palabras exactas; solo una madre que bajó la cabeza como si una campana hubiese sonado dentro de ella; solo un padre erguido, infinitamente alto, sosteniéndose con los dientes. Los hermanos y con ellos, toda la familia, aprendieron a sumar esa fecha a su propio calendario, para no olvidarla jamás. El pueblo hizo lo que saben hacer los pueblos: acompañar. Caminaron detrás del ataúd con pasos que buscan el compás de los rezos. En el cementerio, el viento movió las hojas del otoño en todo su esplendor y alguien en voz baja dijo que Germán había quedado para siempre en el río.

Más del autor: El silencio de la escoba

El puente siguió siendo puente. Con el tiempo, las crecidas del río lo fueron destruyendo, hasta que años después fue sustituido por otro de hormigón y se llevó con sus tablas y sus crecidas, a German y al charco.

Ambiorix Popoter

Octubre 2025

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