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¡Ay, mi madre!

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Vivencias que dejan moralejas

POR: DILMARYS CUELLO – Educadora. Reside en Santiago Rodríguez.

La sola oración anterior nos da una infinidad de escenarios. Tenía rato por escribir sobre la madre, creo que es consecuencia de la vivencia anterior. Este ¡ay, mi madre! Es casi exclamación común de muchos maestros con las realidades que tenemos en las aulas. La usan también algunos estudiantes ante las consecuencias de sus acciones (regularmente fueras de lugar para el espacio de enseñanza). Es muy probable que la usen algunas familias ante las quejas de su hijo/a, o simplemente al escuchar la realidad de ese “niño” que quieren que le apliquemos todos los castigos. 

Todo los antes dicho no refleja la vivencia que les presento hoy, les traigo las virtudes de mi madre. Sí, la exclamación aplica con las acciones de mi progenitora. Si les cuento a ustedes algunas de las acciones que recuerdo de mi bella madre Dilcia Estaurofila Lantigua de Cuello. Me gustaría enumerar algunas acciones que provocan que sobre la ciudadana que me trajo a ver y sentir el sol, se escriba este artículo: 

  1. No tengo idea porque mis abuelos, decidieron ponerle ese segundo nombre a esa niña piel canela, que era la menor de las niñas de esa familia, después que entendí el poder de los nombres y que tenían un significado mayor para ellos, no dejo de decir, cada vez que puedo ¡ay, mi madre! Que bendito nombre. 
  2. Me resulta asombroso cada vez que escucho (por primera o enésima vez) las dificultades que tuvo que vivir mi madre antes de los 18 años. Oírla contarlo, verla acrisolársele los ojos, contando los malos momentos, que la hicieron ser la mujer que es hoy, solo puedo decir en alta voz o en mis pensamientos ¡ay, mi madre!
  3. Mi madre tuvo un noviazgo intenso (no como lo piensa, querido lector, porque lo está analizando desde la óptica del hoy, por favor traslade sus pensamientos a 44 años atrás) vivió cosas con mi padre que hoy, bien pudieran llamarse “banderas rojas” pero ella siguió, si ese chin que les relato no es para decir ¡ay, mi madre! No sé qué lo es. 
  4. Casi 40 años de casada y lo único que sabe decir, es que fueron años con “altos y bajos”, ¡oh!, ¿pero y esa así la cosa, y es para eso que una se casa? Bueno, a cada cuento e historia, me sale uno que otro ¡Ay, mi madre!
  5. Si criar 4 muchachos (2 muchachos y 2 muchachas) no es fácil y si a eso se le agrega 2 hijos de un matrimonio anterior de mí padre, son 6… y con todo el amor del mundo, aún si tener sus propios hijos, mi madre los aceptó, cuidó y crió hasta la edad que ellos entendieron que ya no querían estar aquí. Entendido esto, hasta ustedes dijeron ¡Ay, mi madre!
  6. A todo lo antes dicho, agréguenle que se puso a estudiar “vieja” como decía mi padre, se hizo psicóloga educativa, aprendió a hacer jabones, a realizar todo con harina (de una marca que no voy a decir) era voluntaria del Cuerpo de Paz, trabaja casi de voluntaria en un programa de tuberculosis, tenía un grupo de alfabetización, agarraba licencias en las escuela, aprendió a hacer jabones, cocía con agujetas (para vender algunos pañitos y espaldares de sillas y mecedoras, hacia helados y gelatinas para vender desde casa o en la escuela primaria donde estudiábamos, era promotora de programas relacionados con la prevención del SIDA (en aquella época). Directiva de los Centros de madres (cuando eran más que pertenecer a la iglesia católica) ¿Sigo? Ven por qué digo ¡ay, mi madre!

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Podría construir con evidencias tangibles todas las razones por la que tengo admiración por mi madre. Ella es increíble. Por lo que deseo que se encuentre una forma de la eternidad de los seres humanos, es para inmortalizar a mi madre. 

¡Ay, madre! Cuanto te amo. 

PD: no importa el mes, el día, el año para expresar amor, admiración, respeto, honra por las madres. 

“Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien”. Salmo 139: 13- 14. 

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