Arismendy Rodríguez - Abogado.

Lic. Arismendy Rodríguez (Abogado).

Se puede decir que el ser humano es una especie migrante. Todos los conglomerados humanos actuales, salvo algunos lugares de África, son el resultado de algún proceso migratorio. ¿Siendo esto un dato científicamente comprobado, por qué observamos un creciente rechazo al extranjero (haitiano, latinoamericano, gitano, negro, refugiados musulmanes…)?

Los estudiosos de la Sociología, Antropología o de la Historia, han dedicado mucha energía estudiando el fenómeno migratorio, ahondando en su causa y consecuencias pasadas y presentes. Independientemente de los resultados que los bien elaborados estudios científicos del fenómeno han venido arrojando, hasta el más común de los mortales puede afirmar con un alto grado de certeza que las personas se desplazan de un lugar a otro “en busca de una vida mejor”, aspirando a mejores condiciones de vida. Por eso, el más propenso a emigrar es el pobre, el necesitado, el que se siente con menos oportunidades de desarrollo en su lugar de origen.

A principio de este año, Adela Cortina, reputada filósofa de la Universidad de Valencia, hizo público su libro “Aporofobia, el rechazo al pobre”. En este libro Adela Cortina parece dar respuesta al evidente rechazo y odio al extranjero. Lo primero que hizo fue buscar un término que le permitiera describir el fenómeno, más allá del gastado término xenofobia. La filósofa, observó que “la xenofobia, el rechazo a los extranjeros, ocupaba el centro del discurso político, pero era evidente que no todos los extranjeros molestaban por igual. A los que llegaban cargados de petrodólares, por muy diferentes que fueran, se les ponía alfombra roja, igual que a los turistas”. Auxiliándose en su viejo diccionario de griego, Cortina terminó acuñando el término aporofobia, producto del maridaje conceptual entre la raíz griega áporos (άπορος), que significa “pobre” y de -fobos (φόβος) equivalente a “miedo”. La aporofobia, entonces, es esa manifestación de miedo o rechazo al pobre. Al pobre, en general, pero específicamente al extranjero pobre.

Nuestra sociedad actual está repleta de aporófobos. El rechazo o aversión al extranjero pobre es una especie de tragedia postmoderna, el drama de nuestro tiempo.

Esta situación de creciente rechazo o conflicto derivado de ese rechazo visceral al pobre, que además es extranjero, mantiene a muchos países al borde de conflictos sociales o crisis humanitaria de gran envergadura.

Mucho se ha hablado de la globalización, de un nuevo orden mundial basado en la interconexión y difuminación de las fronteras. Pero muchos no terminan de comprender dicho fenómeno con toda su carga de consecuencias, y es que sólo se alude a la globalización de los procesos económicos y sociales basados en la riqueza, esa es la parte bonita de la historia. No se nos dice que también la pobreza entra en el proceso de la globalización, esa es la parte trágica o fea del fenómeno que obliga a hacer ajustes y buscar alternativas viables de redistribución de la riqueza en un mundo de carencias.

Xenófobos, sí, pero más exactamente aporófobos. Porque nuestro rechazo al extranjero no es por ser extranjero sin más, sino por su situación de pobreza. Y es que, cuando el extranjero es rico no nos molesta, su presencia no incomoda, no es una amenaza a nuestro patriotismo farisaico, al contrario, lo recibimos con los brazos abiertos, le aplaudimos, somos dóciles, mansas ovejas, y hasta de ser posible le buscamos hueco en nuestro árbol genealógico.

El mundo de hoy, complejo y plural, demanda de la puesta en escena de valores como la tolerancia, convivencia, solidaridad y respeto a la dignidad del otro como persona. Esto si no queremos devenir en una lucha encarnizada de todos contra todos que dé al traste con lo que nos queda de humanidad.

Un mundo sustentado en todo tipo de desigualdades promueve el desplazamiento, el movimiento, la búsqueda de mejor calidad de vida. Seamos solidarios con ese que viene y que va obligado por su condición económica (haitiano, dominicano, africano, venezolano, gitano…), pues, en definitiva, todos somos extranjeros -extraños- en una sociedad donde prima la carencia.

Como cristianos y humanos estamos compelidos a acoger al pobre, cercano y lejano. Para que ese “amor al prójimo como a uno mismo”, deje de ser estribillo vacío y se convierta en vivo testimonio de humanidad.

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