Una defensa necesaria

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Por Arismendy Rodríguez
(Profesor de Derecho Político y Constitucional)
Antes de disponerme a tocar el asunto de fondo que motivaron este artículo, quiero dejar sentada una cosa: repudio de manera irrestricta la conducta de los sacerdotes y jerarcas católicos que a la postre puedan resultar culpables de los delitos de violación sexual y pederastia que se les imputan.

Como católico no puedo menos que sentirme compungido y desmoralizado ante los horrendos actos de que son acusados algunos curas dominicanos y el destituido nuncio apostólico Josef Wesolowski, pero demandamos que la justicia cumpla su rol con responsabilidad y otorgue el castigo que sus actos merezcan.

 

Ahora bien, la Iglesia tiene sus enemigos y, como era de esperarse, inmediatamente se desataron los escándalos, esos enemigos pusieron todo su empeño en desplegar una campaña mediática cargada de inquina en aras de debilitar a una de las instituciones de mayor solvencia moral por más de dos milenios.

 

Existen grupos y grupúsculos, ONGs que manejan jugosos presupuestos y solventadas desde el exterior, que desde hace tiempo se las traen en contra de la Iglesia Católica, ya que no toleran la indoblegable postura de la Iglesia en torno a temas como el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia, etc.

 

No es verdad que estos grupos iban a desaprovechar la oportunidad para dar una estocada mortal a la reputación de la Iglesia, con la finalidad de allanar el camino para traer por los cabellos y poner sobre el tapete los controvertidos temas de su interés (aborto, matrimonio gay…) y asumir un protagonismo moral que no poseen, todo ello a expensa del descrédito de la Iglesia.

 

No es verdad que a esas organizaciones les mueve el altruismo y el sentido de la justicia para lanzarse como defensoras a ultranza de las presuntas víctimas de los delitos imputados a los clérigos católicos. El morbo con que se refieren al tema, la dantesca forma como reproducen supuestos testimonios de las víctimas, más que edificar a la opinión pública sobre la veracidad de los hechos, lo que hace es confundir, intrigar, desinformar y poner en evidencia sus mezquinos intereses grupales.

 

Llama la atención también la superficialidad con que algunos aluden al celibato como la razón o detonante de la pedofilia en muchos curas. Este argumento es inválido y falaz, pues, por solo poner un ejemplo, según estudios llevados a cabo por expertos del Instituto de Psiquiatría Forense de la Universidad de Berlín: «Los auténticos pedófilos son personas que tuvieron ya una viva actividad sexual precoz y no personas adultas con una superproducción hormonal por falta de pareja. La creencia de que la falta de pareja tarde o temprano desemboca en la pérdida de la orientación sexual original es científicamente una tontería». En concreto, el mencionado estudio dejó en evidencia que en relación a los abusos de menores la proporción de delincuentes célibes eclesiásticos en comparación con personas casadas es de 1 contra 40 (partiendo de la sospecha de delito) y de 1 contra 22 en los casos donde ha recaído sentencia definitiva o hallados culpables.

 

Otro punto que llama la atención es que son escasas las ocasiones en que los medios de comunicación hacen eco de los buenos testimonios que dan miles y miles de sacerdotes, religiosos y religiosas que se desgastan en el silencio de las más recónditas comunidades. No es que deba saber la mano izquierda lo que hace la derecha, pero en honor a la justicia, se debe apreciar que los buenos testimonios de los sacerdotes superan con creces a los malos testimonios.

 

Las autoridades eclesiásticas, en un acto de autocrítica y de suprema responsabilidad, en aras de fortalecer su bien ganada autoridad moral, deberán ser más precavidos a la hora de reclutar a los seminaristas que se forman para el sacerdocio, pues, como bien reseñó el Cardenal López Rodríguez, la verdadera causa de los escándalos que sacuden a la Iglesia dominicana es el sinnúmero de individuos que se preparan para el sacerdocio careciendo de una vocación auténtica.

 

Esos falsos pastores están sirviendo como punta de lanza de los detractores de la Iglesia y están haciendo mucho daño.

 

Se debe preparar una ofensiva para dar a conocer los buenos testimonios de los cientos de sacerdotes diseminados en todo el territorio nacional, que entregan sus mejores años en favor de los más humildes y olvidados. Así se quitaría protagonismo al ruido provocado por los dos o tres curas negadores de la fe, que se quieren presentar por una opinión pública tendenciosa como el rostro de la Iglesia cuando realmente son su antítesis o negación.

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