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Un patriota. Pero de verdad!

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Por: Sergio Reyes II.
Desde tiempos inmemoriales desempeña las funciones de Alcalde Pedáneo de una comunidad rural de nuestro país que bordea la franja limítrofe con Haití.

En sus afanes y desvelos para poder ostentar con dignidad y decoro tan enjundiosa labor ha debido enfrentar a traficantes, aventureros y sinvergüenzas de toda laya, de paso por la frontera en busca de un golpe de suerte que les cambie la vida.

Ha perseguido a los que, en un abrir y cerrar de ojos echan abajo un mango centenario u otro árbol de igual consistencia y calidad para instalar hornos de carbón que les aportarán algunos centavos con los que puedan mitigar el hambre de sus familias, al tiempo que se expande en nuestro suelo la herida lacerante de la deforestación.

Otorga permisos, a discreción, para la tumba de palmas que serán usadas en la construcción de humildes bohíos y casuchas del entorno rural y, cuando el caso lo amerita, da el Visto Bueno para cortes de otras especies madereras, siempre y cuando no afecten ostensiblemente a la foresta y el equilibrio ecológico en la región.

Como todo buen vecino, siempre que se le solicita arrima el hombro solidario para mitigar las necesidades del prójimo. Reparte consejos a quien los quiera escuchar y propina un buen jalón de orejas a la chiquillería díscola y traviesa, que no respeta las canas ni para mientes ante la voz de la experiencia.

A más de uno ha salvado de caer en las urdimbres y entretelones que persiguen y obnubilan las mentes inexpertas de los jóvenes, llevándoles de continuo por el incierto camino que conduce a la delincuencia y el previsible resultado que se resume en pagar estos errores con la cárcel o la muerte o, en el mejor de los casos, yendo a parar con sus huesos en el solitario y triste camastro de un hospital.

Más de uno le llama Compadre y, en sus constantes andanzas en actividades oficiosas o el duro trajinar del conuco, se las arregla para sacarle unos minutos a la vida y visitar a los múltiples ahijados y sus padres, a beberse un cafecito con estos, «arreglarle» un sueño a la comadre o recetar un menjurje para aplacar dolencias y calenturas.

Porque, aquí entre nos, este afanoso servidor público rural, también agrega a sus habilidades la cualidad de ser un eficiente curandero, espantador de brujas y desarmador de entuertos y maleficios.

Como se ve, nuestro líder comunitario es un hombre de armas tomar!

Pero hay más. A todo el rosario de nobles actitudes y actividades provechosas que desarrolla a cabalidad en beneficio de los miembros de su comunidad, Don Máximo Peña Núñez –cariñosamente Maso- proclama con orgullo una condición patriótica y nacionalista muy particular, que dista mucho del patrioterismo y neo-nacionalismo que pregonan algunos desde la comodidad de sus poltronas, ubicadas a años-luz de la patética condición socio-económica que padecen los humildes residentes de estos lares de la frontera.

Hombre bandera
Hombre bandera

Y es que, para Maso, la condición humana y el amor a la humanidad es algo que trasciende más allá de nimios asuntos fronterizos y diferendos entre propietarios, atizados las más de las veces, por espurios intereses politiqueros.

Este acucioso hombre tiene muy definida su condición de dominicano y pregona a los cuatro vientos su apego a la Patria, a sus símbolos y a su territorio. -A pesar de que, por sus toscas facciones y la negritud de su tez, alguien preñado de prejuicios raciales e intolerancia podría confundirle con un furtivo inmigrante de la vecina nación haitiana-.

Confieso que, en estos días de vivencias y añoranzas en la tierra de mis ancestros, he aprendido a convivir junto a Maso y reconozco que, junto a sus virtudes y defectos, su proverbial terquedad y la férrea determinación con que defiende a capa y espada aquello en lo que cree, este hombre constituye en sí mismo, una lección de vida y un manantial en el que debería abrevar todo aquel que se precie de amar esta tierra, sus raíces e idiosincrasia.

Por ello, no tuve reparos en partir junto a él, allende el Oeste, un buen día en que los aires patrióticos y nacionalistas aleteaban con vigor en nuestros pechos. Íbamos tras la búsqueda de la pirámide 32, esa venerable efigie de concreto que deslinda y define no solo los territorios de las repúblicas dominicana y haitiana sino también el borde hasta donde se extiende el derecho de propiedad de tíos, primos y un montón de familiares del suscrito que ataron su suerte con la de esta distante porción de la Patria.

Partimos en busca de esa memorable estela de concreto, acuciados por los informes que daban cuenta de que su rastro se había perdido en la maraña de la vegetación, arropada por la profusa arboleda, la hojarasca y toda suerte de bejucos quedando así convertida en madriguera de lagartos, culebras y otras alimañas, a expensas de aventureros y desaprensivos de ambas naciones para quienes poco importan los conceptos de respeto y devoción a la nacionalidad.

Junto a ese hombre que enarbola más que muchos de sus iguales una profunda devoción a la Patria recorrimos, sudorosos, los escasos kilómetros que median entre aquel lugar en donde comienza la República y el bullicioso y dinámico caserío de Pueblo Nuevo y nos apersonamos al venerable lugar en donde en efecto reposaba, arropado por la floresta, el motivo de nuestras cuitas y desvelos.

Más de dos horas de afanoso trabajo, amparados en el eficaz auxilio del filo del machete, nos permitieron sacar a flote la vetusta efigie, devolviéndole, en parte, el brillo y la solemnidad con que fue concebida, hace más de ocho décadas.

Una vez finalizada la ardua tarea partimos de allí, satisfechos del deber cumplido y elucubrando en nuestras mentes un sinfín de proyectos y sugerencias en aras de recuperar en su totalidad el brillo de este hito que simboliza el logro de la República y de que se apliquen, de manera rigurosa, algunas medidas que garanticen el cuidado y vigilancia, no solo de la número 32 sino también de cada una de las otras 312 pirámides que están diseminadas, serpenteando a lo largo de la frágil y sinuosa frontera.

Y pensar que tan solo con unos amorosos brochazos, un poco de cemento y arena para apuntalar los pedruscos colocados en las bases de concreto, una adecuada labor de rutinario chapeo del entorno y una celosa labor de vigilancia de parte de los miembros de los estamentos militares destacados en la región, podríamos devolverle a ese ejército de vigorosos monolitos el esplendor, la imponente solemnidad y la profunda significación histórica por la que lucharon los Padres de la Patria y que, hoy por hoy, apenas constituye el desvelo de algunos Quijotes como Máximo Peña Núñez y otros idealistas que le secundan en sus nobles afanes!

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Capotillo, Dajabón. Febrero2015.

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