… y te llamarás: Vitalina!!
Por: Sergio Reyes II.
Estás allí, ocupando casi por entero el compartimiento que, a manera de cuna, ha sido dispuesto para que reposes, al tiempo que tu endeble anatomía recibe los vivificantes lengüetazos de calor provenientes del farol colocado justo encima de ti. Te esfuerzas por respirar, ansiosa de atrapar bocanadas de aire puro y gratificante que penetre a tus pequeñitos pulmones, que se afanan por ganarle esta carrera a la vida.
Tu cuerpecito tiembla, fruto del esfuerzo, y, por momentos, el terror y la desolación me invade, ante la inocultable certeza del profundo dilema que se debate en el reducido espacio de la habitación en que nos encontramos: tú luchando por la vida, yo aclamando a Dios y a la infalible intercesión del espíritu de mis ancestros,… y la presencia innegable de la parca, articulando presagios, a la espera del momento propicio para asestar el zarpazo.
Otros asuntos se debaten en el entorno. Tu Madre yace en la cama contigua, envuelta aún en el sopor y los efectos del anestésico administrado en el delicado parto, del que no se recupera todavía. Enfermeras que vienen y van, disponiendo analgésicos, pócimas y medicamentos a una y otra paciente, al tiempo que, por lo bajo, ensayan alguna fórmula esperanzadora, que inyecte tranquilidad y esperanza en el ánimo de este apesadumbrado Padre que no quiere permitir que la impotencia le gane la batalla a la inmensidad de la fe.
Por momentos, parecería que los vivificantes rayos de luz, junto al purificante efecto del oxigeno administrado gradualmente a la recién nacida, van logrando el efecto deseado. El rostro sosegado de la afanosa enfermera, custodiada de cerca por el pediatra de servicio, así lo confirma: Las arrugas que ocupaban la casi totalidad de la frente del galeno, han desaparecido, como por encanto, y el incesante ir y venir de la dama de blanco, ha sido reducido casi en su totalidad.
Paulatinamente, la habitación de la clínica ha comenzado a llenarse de gente que, entre murmullos y cuchicheos, ha llegado hasta el lugar, provenientes desde diversos puntos de la población, y algunos desde más allá, de lugares distantes, allende la frontera, en donde está enterrado todo un torbellino de vivencias, creencias, costumbres y añoranzas que constituyen la razón de ser de quienes allí nos encontramos, abarrotando el lugar para ver renacer la vida y agradecer al Altísimo por tan incomparable premio.
El abuelo materno bulle de contento. El orgullo le brota a raudales, reivindicando, en sus adentros, la proporción de sangre suya que corre a borbotones en los torrentes de la recién nacida. Hermanas, tías, vecinas y relacionados del núcleo familiar se vuelcan en bendiciones y parabienes a los progenitores, intentando atraer los mejores augurios en beneficio de la infanta.
Y mientras esto ocurre, apenas puedo atinar a tomar entre mis brazos, por primera vez, a esta sonrosada pequeñita de piernas, manos y pies alargados, quien, con palmo de narices, acaba de escenificar ante mí, y en la penumbra de la habitación, el maravilloso milagro del regreso a la vida.
Atrapado en la incontenible acción de agradecer a Dios por preservar la salud y mantener el espíritu combativo en la muñequita con semblante de mariposa que acarician mis trémulas manos, dejo volar los pensamientos hacia la promesa, con carácter de juramento solemne, que me hice a mí mismo, tiempo atrás, en momentos en que el destino de esa vida en ciernes parecía nadar a la deriva, vapuleado por las fuerzas insondables del destino.
Y con la fe y la convicción que se tiene cuando se posee la indestructible fuerza de un legado familiar, he dicho a voz en cuello, como hablándole despacito, pero audible por todos, aquello que forma parte de mi estandarte, lo que guía mis pasos y conduce mis acciones en la vida, ocupa mis noches de nostalgia y me mantiene de pie cuando he debido enfrentar a la adversidad.
Ese algo es el orgullo de una raza, una región y una cultura a la que debo una gran parte de mi formación.
Por esto y otras razones que, en su momento, iré contando, escogí, para nombrar a mi niña, un nombre que lo sintetiza todo, porque es vida, es esperanza, es coraje y es ejemplo.
De tal suerte, balbuceando lleno de frenesí para ser oído entre el numeroso grupo de visitantes llegados para bendecir el nacimiento de la bebé, repetí el juramento que les hice a mis ancestros y me hice a mi mismo:
… y te llamarás: Vitalina!!
Agosto 3, 2012.
Clínica Centro Médico Gran Poder de Dios. Sabaneta, Santiago Rodríguez; Rep. Dom.