Reflexiones en mi temprana adultez

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Lilian Carrasco - Periodista.

POR: LILIAN CARRASCO – Periodista Reside en Santo Domingo.

Crecí en un pueblo rico en tradiciones, de gente noble y sencilla, pero a su vez conservadora y aislada. Claro que toda regla tiene su excepción y la precedente afirmación, no escapa a ese contexto, pero lo cierto es que muchas ideas pululan en el imaginario, se desarrollan de forma abstracta y se vive como si, en efecto, todo aquello que se pensó, fue.

He aprendido que no es suficiente con querer, sino que se precisa hacer, la acción es la que nos guía a la meta, el estatismo nos deja situado en el mismo lugar y así percibo mi natal Santiago Rodríguez. Muchos al leer esto, pensarán que voy en contra de la esencia de aquel lugar en el que crecí y fui configurando la sensibilidad que tengo hacia la cultura y lo vernáculo, pero no es justo que me auto obnubile y que pretendiendo ser diplomática edulcore mi lar nativo desconociendo las fallas en el trayecto.

Me serviré de mis propias vivencias para refrendar lo que siento. En el año 2000, no sólo se apertura un nuevo siglo, sino que la humanidad debía adaptarse al cambio, pues “el queso había cambiado de lugar”. Tuvimos que desaprender para aprender y eso cuesta, sobre todo cuando nos acomodamos, sin darnos cuenta que nos estamos negando la posibilidad de conocer algo mejor, es un riesgo, es verdad, pero es mejor asumirlo que permanecer petrificado. Es en ese interregno que mis padres hacen un esfuerzo y me regalan mi primera computadora, mi naturaleza inquieta me guían a explorar en aquel artefacto, siendo de las pocas personas de mi edad y en mi pueblo con tal privilegio, más aun, al compartir una clave de acceso para navegar por internet. Dediqué largas horas a transmutar mis inquietudes de adolescente a través de un documento Word, texto que más tarde se convirtiera en mi primera obra, escrita en la flor de mi juventud. 

Además de ir bosquejando el libro en aquella primera computadora, me afanaba por hacer todos los trabajos del colegio, permitiendo a varios compañeros copiarlo, y muchos, en vez de agradecerlo, se atribuían el mérito de haberlo hecho, quedando mi esfuerzo entre las sombras.

Cuando anuncié a algunos amigos que había escrito un libro, se burlaron en mi frente llamándome pretenciosa, detallando sin reparo lo difícil que sería poder ser escritora, porque en las mentes donde no hay voluntad, es difícil que se pueda validar que hay anhelos que pueden convertirse en realidad. Así como piensan, así juzgan, salvo que la nobleza les revista y la humildad les otorgue licencia para confirmar que, aunque no se cuente con una virtud o proeza, otro puede ser merecedor de ella y esto no significa en modo alguno que uno sea superior o inferior, sencillamente cada persona nace con su particular forma de ser, está en cada uno descubrir su fortaleza. 

Sin embargo, cuando alguien da el primer paso, es difícil no encontrar fuerzas opositoras y conservar así la marcha. Ante el escenario descrito, se presentan dos situaciones: la primera es que nos podemos aminorar ante tantos obstáculos y cuestiones y, la segunda -para mí, la más efectiva-, es que podemos poner nuestra capacidad a todo vapor con la firme convicción de demostrarnos a nosotros mismo, no a los demás, que es posible.

Si por alguna razón emprendemos un reto con el fin de demostrar algo a terceros, el resentimiento se apoderará de nuestro ser y por más objetivos que alcancemos, el éxito tendrá un trasfondo vacío que más temprano que tarde, dejará de producirnos alguna satisfacción o ninguna.

De manera que, con actitud inquieta, empecé a interesarme por todo lo que pudiera pasar en mi pueblo. Es así como en septiembre de 2002 encontrándome en el Salón Ambrosio Echavarría del Ayuntamiento de San Ignacio de Sabaneta, me dirijo a Juan José Rodríguez, de quien mi abuela materna me había dado muy buenas referencias. Mamá Enelia me había anticipado que podía contar con él para que me orientara sobre cómo publicar lo que había escrito, pues Juan José ya había publicado la obra: “Santiago Rodríguez”. 

Tal como mi abuela lo vaticinó, Juan José fue muy cordial cuando me le acerqué, me sentí tan agradecida por su receptividad, pero más aún, por la generosidad al presentarme con el entonces gerente de la sucursal del Banco de Reservas en mi pueblo, el Sr. Cristóbal Stanley. Este último, al verme interesada por conocer los detalles para publicar mi libro, de inmediato me pasó su tarjeta y me solicitó ponerlo en contacto con mis padres. Esto así, porque estaba seguro de que su hermano, el afamado y multipremiado escritor Avelino Stanley, para ese entonces director de Cocolo Editorial, podría ayudarme para convertir en realidad mi sueño de publicar un libro.

Cuando llegué a mi casa, emocionada con la tarjeta del gerente del Banco de Reservas en mis manos, mis padres no lo podían creer, y como mi papá confía ciegamente en mí, en lo que soy, en lo que hago, en lo que me propongo, … no dudó un instante en ponerse en contacto con Don Cristóbal y, más tarde, con Avelino. 

En noviembre de ese año estábamos con un sobre de manila en manos, albergando en su contenido la impresión íntegra de todo lo que había escrito. Avelino, asombrado con su “muchachita” a quien adoptó desde el primer encuentro, mandó a diagramar rápidamente el libro. La cotización ascendía a unos Veinticinco mil pesos (RD$25,000.00) para unos mil ejemplares. En aquel tiempo, era mucho dinero para una familia de escasos recursos, sobre todo, sin entradas fijas.

Fueron cientos las cartas que hicimos y distribuimos mi papá y yo procurando reunir aquel dinero. De esa etapa, debo agradecer la confianza depositada en mi proyecto por parte del entonces diputado Celestino Peña, de la Cooperativa Sabaneta Novillo en nombre de su entonces director el Lic. Darío Lantigua, además del apoyo del Lic. William Torres, en ese momento Alcalde por San Ignacio de Sabaneta. No obstante, no nos acercábamos ni por asomo al monto que debíamos reunir para la publicación. Fueron momentos de gran inestabilidad económica y, producto de la inflación del dólar, el precio para la producción del libro aumentó el doble y un poco más.

Me sentí desfallecer, y creo que ha sido de las pocas veces en que el ánimo se ausenta de mi ser. Mis padres, me acompañaban en aquel suplicio, pero rápidamente nos sacudimos procurando no perder el norte. Mi papá no se perdonaría verme sumida en la tristeza por la falta de apoyo. Recordaba incesantemente las palabras de Avelino Stanley de que el impacto mayor de mi libro, radicaba en que lo había escrito en la flor de mi juventud, cuando todavía no contaba con una cédula de identidad y electoral. Esto motivó a mi papá a tomar un préstamo personal para hacer realidad mi más anhelado sueño. Es así como el 13 de marzo de 2004, entregó al público en el salón del Ayuntamiento de San Ignacio de Sabaneta mi primera obra: “La vida, la amistad y el amor”. Continuará.

¿Y tú, que opinas?

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