Mi vida entre dos monstruos: Moscú no cree en lágrimas

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Por Luis Amílkar Gómez

El capitán del avión anuncia que en minutos estaremos aterrizando en el Aeropuerto Internacional de Sheremétieva de la ciudad de Moscú.

Pensaba que pronto llegaría a la tierra de Vladimír Ilich Ulianov (Lenin). Un lugar donde los trabajadores eran los dueños de los medio de producción y, por ende, donde la explotación del hombre por el hombre había sido eliminada.

Llegaría a un lugar donde la libertad sería un hecho y donde el derecho a pan y techo estaba garantizado.

Un lugar heróico donde todos los imperialismos se estrellaron y fueron derrotados por un pueblo que jamás claudicó en su búsqueda de una mejor y más justa sociedad.

Lo que bullía en mis pensamientos, era diferente a lo que oía en la prensa internacional, donde se pintaba a los soviéticos como que prácticamente «comían gente».

Crecí oyendo esas historias abominables de esos comunístas que querían destruír al «mundo libre».

Estaba altamente emocionado. Pronto sabría la verdad.

De entrada no me gustó que los inspectores de emigración vistieran uniformes militares. Para un muchacho de mi época, el hecho de ver esa ropa nos recordaba alguna forma de represión.

Nos recibió una comisión de la Universidad Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba y partimos hacia el lugar que se convertiría en nuestra casa por los próximos seis años.

Las residencias estudiantiles en la Patricio Lumumba estaban formadas por nueve edificios(le llamábamos bloques). Ocho de ellos, eran construcciones de cinco pisos y el último era de nueve pisos.

Estaban ubicados en la calle Miklujo Maklaia(es duro darle el sonido españolizado a estos nombres), casi a esquina de la famosa Avenida de Lenin, en la parte suroeste de la capital rusa.

Eran alrededor de las once de la noche cuando llegamos al campus de la universidad. Estábamos agotados y hambrientos. Nos ubicaron en el segundo bloque.

Como teníamos hambre nos llevaron al comedor y ofrecieron lo poco que quedaba, pero no pudimos pasar «aquello».

«Aquello» era una especie de producto lácteo, parecido a nuestra boruga, pero sin azúcar y sin ningún sabor.

Arturo, Manolo, Socorro y yo intercambiamos miradas muy tristes, como si vaticináramos la llegada de tiempos difíciles.

Asi hambrientos nos fuimos a dormír. En verdad, no pude conciliar el sueño, ya que había llegado el tiempo de reflexionar sobre mi decision de dejar mi familia y mi país.

Me sentí muy mal y comencé a llorar en silencio. Sinceramente, en ese momento pensé que había cometido un gran error.

Ni modo, ya no habría marcha atrás.

Al otro día, nos reúnen a todos los recién llegados en una sala y nos informan que no podíamos salir de ese edificio por una semana, ya que nos encontrábamos en cuarentena.

Durante ese aislamiento, nos hicieron todas las pruebas médicas necesarias, para evitar que introdujéramos cualquier enfermedad tropical al país y, para asegurarse, que estuviésemos en buen estado de salud.

Nos chequearon por todas partes. Las partes íntimas incluídas.

Los que resultaban enfermos eran enviados a un hospital para tratamiento.

Esa primera tarde de nuestro confinamiento, escuchamos unos gritos que provenían de afuera. Cuando nos asomamos, eran los estudiantes dominicanos que ya vivían y estudiaban en la universidad.

Nos preguntaron que cuántos éramos y si les habíamos traído algo. Cada uno entregó lo que trajo. Las conversaciones y las transacciones se hicieron desde una ventana.

Recuerdo que mis regalos fueron una botella de ron Brugal de mallita y un long play (disco de larga duración) de Rafael Solano, que estaba de última en Santo Domingo, con éxitos como Dominicanita, Pensándolo bien y otros.

Algunos preguntaron por mentas verdes. Otros indagaron por dulce de leche. Se notaba que la ausencia y la nostalgia de la patria les afectaban terriblemente.

Eran como doce. La verdad, no se veían bien. Lucían desalineados, peludos, barbudos y, si voy a usar una palabra que se usaba en mi pueblo de Sabaneta, se miraban abandonados.

Llegó el final del encierro y fuimos trasladados al bloque seis, el que sería nuestra residencia por el primer año. En ese edificio solo viviríamos los estudiantes que ingresaríamos a la facultad preparatoria.

Nos llevaron al principal mall de Moscú, cuyo nombre era Almacén General del Estado(GUM por sus siglas en ruso ). Allí se nos suministró a cada uno ropa.

Nos entregaron un traje formal(saco o chaqueta, pantalón, corbata, una camisa blanca), un abrigo largo negro, un suéter de lana, una bufanda, dos pares de media, una bota de invierno forrada en algodón y una shapka(gorro de piel para la cabeza).

Desde ese momento, el frio se hízo más soportable.

Aunque una famosa película rusa, y una de mis favoritas que aún conservo en casa, sugiere en su título que «Moscú no cree en lágrimas», ya estábamos lístos para el primer desafío y llegar a nuestro cometido.

Comenzaba la Facultad Preparatoria.

Continuará…

5 Comentarios

  1. Gracias señora Perdomo por leer mi historia. Me encanta como la dejo cada semana. Pero esa no es mi intención, ya que debido a mis múltiples ocupaciones tengo que sacar un momentito cada semana para escribir cada artículo. Créame, sus notas me ins

  2. Mucha felicidades por contar esta telenovela que nos tiene intrigado, en verdad es un gran trabajo que nos da pena, verguenza por multiple razon y llena de valor esos valientes dominicanos que decidieron cruzar el obstaculos. Usted nos tienen a la es

  3. Agradecido señor Pérez por su lectura de mis artículos. Todos los dominicanos que llegamos ese año llegamos fuertes y saludables. Ninguno tuvo que ser internado. Sin embargo, más adelante se enterará de algunas tragedias que nos ocurrieron. Un po

  4. Excelente historia, la verdad que en lo personal me tiene atrapado en ella.
    Si usted publicara un libro relacionado a esta historia haria todo lo posible por obtener un ejemplar del mismo.
    El primer capitulo me llamo la atencion el titulo y mucho m

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