Los elementos claves en el discurso de Antonio Cruz

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Gerardo Castillo Javier

Por: Gerardo Castillo Javier
Los versos de «El payador perseguido», canción del folclor argentino que popularizara Atahualpa Yupanqui, me vinieron a la memoria al escuchar el discurso de Antonio Cruz, en la tarde de este sábado y en el marco de su proclamación como candidato a senador por la provincia Santiago Rodríguez, por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y sus aliados.

En especial, el verso que dice: «(…) Pero siempre he sido así, galopiador contra el viento». Y ese verso en especial porque, contra las expectativas de sus adversarios y contra la más rancia tradición de la oratoria nacional, Antonio Cruz, apostó a la honestidad, a la racionalidad y muy en menor grado, a las emociones.

El análisis del discurso, desde Zellig Harris hasta Teun van Dijk, ha dejado claro, entre muchas otras verdades, que con frecuencia el discurso verdadero es lo que se oculta tras las palabras. Es decir, que solemos usar lo que decimos para ocultar lo que deberíamos decir. En psicología clínica, el terapeuta sabe que, inicialmente, lo que la persona dice pretende ocultar la verdad que la trajo a la consulta («El síntoma oculta la verdad»).

Antonio Cruz, en cambio, hizo exactamente lo contrario. Habló de frente: con la verdad y el corazón en las manos. «Agarró el toro por los cuernos». En ningún momento dijo que se iniciaría inmediatamente la carretera que nos debe. Dijo que está en proceso la licitación. Y hay en esa aparente carencia de estrategia un mensaje más profundo y más sutil que el mejor y más afilado bisturí: nos insinúa, aunque parece que no lo ha dicho, que él es transparente, que él hace las cosas correctamente. En la aritmética de la política eso solo le suma. Lo mismo hizo al referirse a otras importantes deudas pendientes con la comunidad. Y dejó claro su compromiso con ellas: el hospital, TV Centro Las Caobas, entre otras.

Con la más fina elegancia y respeto se refirió a su adversario en la ruta hacia su permanencia como senador de la provincia. Ni lo degradó ni lo desdibujó, ni mucho menos actualizó el pasado. Se limitó a recordarnos lo que todos sabemos: uno ama lo que uno conoce. Y a uno lo ama quien le conoce. Fue como si dijera: «Y queda más que claro que después de 40 años de ausencia, ni usted es Ulises ni nosotros somos Penélope».

La tradición griega nos dejó muchas herencias. Una de las más apreciadas por la cultura occidental es el colocar la razón sobre la emoción. Es decir, los griegos nos enseñaron que ante las situaciones importantes de la vida deben guiarnos las razones, no las emociones. Los vendedores de sueños, que van desde los que nos ofrecen un celular con pantalla «sexy» hasta los que nos prometen un nuevo país en cuatro años, dirigen sus frasecitas de campaña a nuestras emociones. Ellos han puesto su fe en que pueden sumar a nuestras decepciones y enojos (emociones) el olvido de sus pasados errores.

Antonio Cruz usó la emoción en solo un párrafo de su discurso. Y lo hizo al declarar orgulloso y repleto de entusiasmo: YO SOY SERRANO, para pasar luego a advertir a su gente de las sierras, de forma racional y ponderada, que no debía equivocarse ante las pretensiones mesiánicas y aventureras de personas desconocidas.

Antonio Cruz, una vez más dio en el blanco: no prometió nada que no se pueda cumplir. Y como representante de los más caros intereses del sistema, se mostró comedido y pertinente, pausado y reflexivo. Y consciente de que todo discurso puede ser impugnado, de seguro se guardó los mejores y más sólidos argumentos para el futuro. Ya veremos.

El auto es escritor, maestro, psicólogo clínico, terapeuta sexual y de parejas.

 

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