La voz que han visto mis ojos, de Pedro Espinal
Por: Gerardo Castillo Javier.
La voz que han visto mis ojos (2018) es el primer libro de Pedro Espinal, aunque ni es lo primero que ha escrito ni lo único. A Pedro lo conocí como narrador, pero como todo buen latinoamericano, reconoció a tiempo su deuda con la poesía y decidió saldarla. Este primer libro viene precedido por la experiencia ganada en el proceso de compilación y publicación de la obra poética de su padre, don Josián Espinal, de quien ha heredado la sensibilidad y la mirada.
El título de este libro apela a una de las características más sobresalientes del arte que conocemos a partir de la Primera Guerra Mundial (1914), y cuya manifestación en nuestra lengua alcanzó su máxima expresión en la poesía de la Generación del 27, en España. El encanto del título descansa en lo absurdo, y aunque la literatura de vanguardia no inventó el absurdo como recurso expresivo, supo emplearlo con verdadero acierto. Según mi modestísima opinión, Franz Kafka es el mejor exponente del absurdo en la literatura, sin embargo, mi primerísima experiencia la tuve con el poeta nicaragüense Rubén Darío. En el poema «Un aire suave», uno verso reza: «La orquesta perlaba sus mágicas notas», y aunque todavía era un muchacho cuando lo leí, la impresión que me causó tal aparente falta de lógica aún perdura, eleva y sorprende. Y en efecto, es el mismo recurso que utiliza Pedro Espinal: la sinestesia. La lectura pausada le permitirá al lector encontrar en uno de los poemas del libro el verso y entonces el título del libro podría llegar a tener un profundo sentido, como para mí lo tiene. Si uno conoce la biografía de Rubén Darío, puede hacerse una idea del origen de tan singular hallazgo poético. En el caso de Pedro Espinal, es suficiente leer a fondo este volumen de poemas y uno podrá entender que la experiencia religiosa le permite al ser humano alcanzar estados de percepción superiores sin que medie algo más que la indiscutible certeza de la fe. El apóstol Pablo lo consigna a su manera muchas veces y en su carta a los Romanos, en el capítulo uno, versículo veinte, al referirse a las cualidades de Dios, dice: «(…) porque se perciben por las cosas hechas, hasta su poder sempiterno y Divinidad (…)». De manera que, como lo demuestra la tradición literaria más refinada, el arte no siempre nos comunica apegándose al uso corriente de las palabras. Así, la sinestesia se debe entender como un elevado recurso de la expresión poética que nos permite comunicar una percepción de la realidad que no puede ser expresada de ninguna otra forma. El título de este libro de poemas, al mismo tiempo que es un desafío intelectual es una ventana abierta al misterio de lo trascendente.

Este libro, que nació maduro, está organizado de una forma que no revelaré, pero que el lector puede descubrir y deleitarse en el placer insuperable de conocer y aprender, que como planteó Fritz Perls, consiste en «descubrir que algo es posible». Adelantaré que la lectura es un viaje, y que como todo viaje memorable, no carece de aventura ni de los influjos del azar; tampoco carece de dicha ni de dolor. Un vasto jardín lo atraviesa y en sus insospechados rincones hay tesoros invaluables y espacios y ausencias y nidos que esperan el prometido retorno, pues como adelantó Mieses Burgos: «Cuando la rosa muere deja un hueco en el aire que no lo llena nada».
Sin embargo, lo que distingue y caracteriza la poesía de Pedro Espinal no es el uso de los artificios y recursos retóricos. El tono conversacional y la actitud contemplativa proveen a los poemas la fuerza dramática y la profundidad, a veces sacra, que los sostiene. La voz discurre como el agua entre las piedras de la quebrada, ese suave murmullo vivo que parece una oración, sencilla y transparente, nos colma de emociones, de profundas reflexiones y de la paz que solo nos concede la fe. La delicadeza de este libro, por momentos, nos conduce a recordar los sutiles ecos del hai-ku. Y en esos detalles está la fuerza de este libro, pues Pedro Espinal nos devuelve lo cotidiano, nos pone en alto relieve sus emociones y experiencias y nos despierta hacia adentro y hacia afuera de las nuestras; nos ayuda a regresar a nosotros mismos, a todo lo que tenemos tan cerca que dejamos de verlo: la paz de un domingo, un viejo y noble samán que se ve a lo lejos, los vencejos y las golondrinas, un aguacero que nos amenaza pero no cae, la mano de un amigo, el polvo del camino, la mirada de quienes nos aman y los ojos de Dios, que desde todo lo creado, nos hablan.
Finalmente, quiero señalar que aunque con frecuencia el arte es fruto de larga premeditación y elaborados artificios, el presente libro es exactamente lo contrario, y lo señalo como una de sus más auténticas virtudes: es fluido como el agua; natural y honesto, como una fruta. Las construcciones que aparecen no son extrañas al habla cotidiana. Tampoco lo son las metáforas ni las otras imágenes que apenas usa. Los poemas de este libro están hechos con girones de piel que se vuelven ideas y emociones; reconocimientos, nostalgias, lágrimas, risas y amores.
Quizás, como tú y como yo, Pedro Espinal también quiere, a su manera, exorcizar el olvido.
Gerardo Castillo Javier
Sabaneta, Santiago Rodríguez.