Con la música en el alma y el demonio galopando en las venas

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Sergio Reyes - Periodista

Por: Sergio Reyes II. Periodista Reside en New York.

Como todos los de su raza, supo amalgamar en su vida las virtudes y los comprensibles defectos. Era locuaz, repentista y dicharachero. Dichoso en los lances femeniles, a pesar de la falta de consistencia y dedicación a aquellas que caían en sus garras, arrobadas por una palabra bonita, copiada -tal vez-, de alguna copla aprendida de oído para engrosar el andamiaje musical, de puro corte rural, con el que entretenía -y más que entretener, hechizaba-, a sus legiones de seguidores, provenientes de los humildes poblados y caseríos enclavados en los linderos de la frontera, allá por las tierras de Dajabón.

Ercilio llevó por nombre, aunque todos le conocían por Silo, así, a secas. Sin embargo, el aura de encanto, que le brotaba a borbotones con la fuerza incontenible de las cinco letras de su apellido de leyenda, bastaba para abrirle las puertas mas inexpugnables, añadiendo a su personalidad el constante ir y venir atado a los vaivenes del destino, enfrentado, a veces, de manera inexplicable a las mas disimiles situaciones, unas veces hilarantes y otras tantas de peligroso manejo, lo que convirtió su existencia en un desenfrenado transitar, bordeando el filo de la fatalidad, exponiendo vida y circunstancias al albur, obedeciendo a ciegas al imperio de las veleidades de una loca pasión o dejándose guiar por los inciertos hechizos de los arpegios musicales, en explosiva conjunción  con la bebida, su segunda gran afición.

Cuando Silo se aferraba al acordeón, toda la frontera se estremecía. Hasta los más apegados al trabajo, en el surco redentor, apuraban el paso para unirse al coro de contertulios que se apiñaban para escucharle cantar los electrizantes merengues linieros, unas veces quejumbrosos, otras tantas picarescos, que formaban parte de su repertorio.

Con sus frenéticas manos y el ardiente juego de sus dedos, las teclas despedían sonidos subliminales que elevaban el espíritu hasta niveles celestiales, si se me permite la irreverencia. Un indescriptible estremecimiento dominaba la totalidad de su anatomía y la sangre hirviente de sus venas le inyectaba una mágica aureola en la que parecía vibrar al compás de la música.

Con Ercilio al frente del jolgorio,  las fiestas de campo adentro, las novenas y encuentros familiares siempre estaban revestidas de un encanto especial y los concurrentes a tales eventos asistían en tropel, incluso sin haber sido invitados.

El devenir del tiempo, con su avance implacable e inexorable pone cada cosa en su lugar, corrige entuertos y convierte los hechos en anécdotas que van moldeando el espíritu y contribuyen a reforzar ese andamiaje que llaman experiencia, el cual constituye la guía más eficaz para asumir la vida adulta. Ercilio se fue un día de nuestro lado, afanoso, como agitada fue su vida, a conocer otras dimensiones de la existencia. Y nos dejó un gran vacío, que nadie podrá jamás llenar.

Sin embargo, cada vez que a mis oídos llegan las inconfundibles notas de un genuino perico ripiao, con el  mismo lenguaje irreverente y picaresco que él sabía impregnarle a sus interpretaciones, como por encanto vuelvo a vivir aquellos años de infancia.

Y del baúl de recuerdos y añoranzas que llevo a cuestas, con la fuerza incontenible de Los Reyes y Los Jiménez, brota de improviso el inolvidable Tío Ercilio Reyes, quien cubrió mi vida y las de otros tantos de mi generación, de positivas enseñanzas. A él le debo, sin lugar a dudas, la inocultable afición por los ritmos folklóricos y el apego a las diversas facetas de la cultura rural y pueblerina.

Ojala que, dondequiera que se encuentre, un acordeón le haga más llevadera la estancia. Amén!

¿Y tú, que opinas?

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