«LA MANCHA DE PLÁTANO»

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Por: Robert Núñez

“Se sacaron por la mancha de plátano”, de esa manera reaccionó un supervisora sudamericana de un hotel en Orlando, Florida, al ver una de la mujeres de la limpieza hablándome en el lobby, mientras esperaba por alguien que nos llevara, junto a nuestra familia, a la habitación que nos habían asignados.

Sucedió al llegar al hotel, me senté en uno de esos sillones que parecen diseñados para que la espera no se haga muy larga y me quedé mirando a una señora regordeta que limpiaba el piso con unos rasgos que parecían familiares, no se si a ella le pasaba lo mismo, pero también me miraba mientras se acercaba al compás de la escobilla que utilizaba para asear el lugar, cuando entendí que ella estaba a una distancia que me pudiera escuchar le pregunté de donde era, vaya usted a saber, «de Moca, del Cibao, de Santo Domingo», me respondió oronda y orgullosa, «vivo después de la fortaleza de los guardia, saliendo del pueblo, un poquito más para allá, a la izquierda, ahí está mi casa, aunque voy poco, esa es mi casa”. Como todo dominicano su cuerpo está allá y su corazón aquí.

Le dije que era de Santiago Rodríguez y todo lo que nos contamos sin que nos pregunten los dominicanos, fue entonces cuando llego la jefa de la limpieza, la supervisora que desde lejos entendió lo que estaba pasando y casi nos voceó, “se sacaron por la mancha de plátano, se conocieron por el Mangú”, con un tono amistoso y sonriendo me preguntó, mejor dicho, me dijo que era dominicano, entonces comentó que siempre pasaba lo mismo, que ya se había acostumbrado a los dominicanos, que nos tratábamos con una familiaridad que bien podían ser deseada por cualquier ciudadano de otro país, que eso era bueno, que hablaba muy bien de nosotros como nación.

El hablar fuerte, el acabarnos y después abrazarnos, el reírnos como ni no hubiese nadie más en el lugar, el creernos los más hábiles y los más inteligentes, los que más sabemos y los más felices, los que más gozamos, son parte de las cosas que nos identifican en cualquier parte del mundo, pero la más importante, la que muchas veces solo hacemos uso cuando estamos fuera del terruño natal es la solidaridad y el familiarismos que nos prohijamos los hijos de esta tierra caribeña que bordea el mar Caribe, el océano Atlántico, el canal de La Mona y nuestros hermanos haitianos. Ojala que podamos traer un poco de esa solidaridad con nosotros cada vez que viajamos, para ir abonando esta tierra merecedora de mejor suerte.

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