La Constitución culpable

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Por Arismendy Rodríguez
      (Profesor de Derecho Político y Constitucional, UAPA)
Constituye una tendencia bastante arraigada en el inconsciente colectivo e individual buscar culpables externos o foráneos a todos nuestros males y desgracias.

El culpable (responsable), siempre es «el otro» o «lo otro». Es como si existiera una fuerza irresistible que antes de buscar en el interior nos empujase a buscar la fuente de nuestras desventuras en «otro lugar».

 

Es una situación que se da en el plano personal primero, pero, dado que lo social es una suma compleja de todas las individualidades, la cuestión se extrapola al ámbito colectivo e institucional. Así, por ejemplo, en relación a la disfuncionalidad de nuestra organización institucional, social o política, las culpables favoritas son las leyes y la madre de todas las culpables, tomando en cuenta la jerarquía, lo será por supuesto la Constitución.

 

El profesor Jorge Prats ha señalado la existencia de una especie de «corriente pesimista» en el constitucionalismo dominicano apreciada en la queja de algunos legisladores de principio del siglo XX, quienes razonaban que debido a «la pésima manera de estar constituido nuestro Estado, es que nos han sobrevenido todas nuestras desgracias presentes y pasadas», y que «toda nuestra estructura constitucional tiende al entronizamiento de la tiranía de un hombre o de una oligarquía». El comprobado pesimismo respecto a nuestro corpus constitucional es lo que, al decir de Jorge Prats, ha alimentado por mucho tiempo el mito de la necesidad de la reforma constitucional impidiendo que los operadores políticos y jurídicos concentren sus esfuerzos en hacer realidad la Constitución a través del accionar de los poderes públicos y la interpretación constitucional actuada a través de la sociedad de intérpretes de la Constitución.

 

Nadie niega la posibilidad de que el diseño o paradigma de organización de los poderes públicos e institucionales plasmado en una Constitución ejerza influencia que condicione su posterior eficacia y operatividad, pero ello no es determinante y siempre existirán los mecanismos de ductilidad que permitan contrarrestar algún diseño institucional defectuoso, solo bastará que los operadores políticos y jurídicos asuman una suficiente dosis de entereza, voluntad y clara conciencia de su responsabilidad de cara a la sociedad.

 

La Constitución no constituye una especie de elixir o remedio capaz de curar todos los males sociales, es más bien un mecanismo o instrumento, cuya real eficacia dependerá de los poderes públicos que ésta organiza y del empoderamiento que de ella hagan los ciudadanos. La dinámica del ejercicio del poder es mucho más determinante que la letra fría de la Constitución.

 

Nuestra Constitución será lo que nosotros queramos que sea, más aún, si partimos del hecho incuestionable de que los textos constitucionales de tendencia neoconstitucional se hallan plagados de principios y valores de gran abstracción que precisan de un ejercicio interpretativo creativo, racional y a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.
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