La burbuja
Por: Sergio Reyes II.
El insistente ulular de las sirenas que vienen y van te sobresalta por momentos, interrumpiendo el monótono estado de aparente éxtasis en que te sumerges a causa del aislamiento. Al principio, ante cada repentino restallazo, dabas un salto y mirabas por la ventana del onceavo piso, tratando de descubrir si el elegido de la parca en esta ocasión pudiera ser del entorno del proyecto habitacional en que resides, o más allá.
El desplazamiento de tus parientes en el apartado resto de la casa te ha permitido establecer una especie de código con el que puedes elucubrar qué hacen, hacia donde se dirigen e incluso el estado de ánimo que les embarga. Con la ayuda de estas novedosas ‘interpretaciones’ pudiste descubrir por ti mismo la llegada de la desgracia en un hogar vecino, tan cercano como dos puertas allende el pasillo. Las nerviosas miradas de tu hermana y la evidente preocupación que conturbaba su rostro, confirmaron tus sospechas. Sin embargo, ella sería incapaz de incrementar los penares de tu delicada situación, con noticias negativas que pudiesen perturbar el estado de ánimo que te envuelve.
El paso de las ambulancias continua incesante, acarreando maltrechas vidas o exangües cuerpos a quienes ni siquiera les está conferido el derecho de un descanso en paz debido a que, por el cúmulo de bajas de esta aparente guerra de exterminio por la que atraviesa la humanidad, muchos de ellos apenas lograrán dar con sus huesos en una fosa común, a manera de postrer morada.
Cual manotazo en la frente, intentas sacar de la mente el sombrío presente que envuelve a la Babel de Hierro y subes el volumen de las bocinas de tu PC, para sumergirte en las melancólicas notas de El sonido del silencio, que cubrió innúmeras noches de bohemia, en tu disipada vida de antaño.
La llegada, vía FEDEX, del paquete aquel que mantuvo intranquilo tu espíritu en estos días, aplacará por el resto de la mañana el monótono ir y venir en que discurrías, en el ámbito de la habitación, contando hasta el infinito de dos en dos y de tres en tres los ochenta mosaicos con que cuenta el piso, como forma de distraer la atención, para evitar caer en la abulia y el desinterés por todo cuanto ocurre en el mundo.
Envuelto en este subterfugio sutil del consumismo, te deleitas revisando minuciosamente los apetecidos artículos contenidos en el paquete y de buenas a primeras te das cuenta que, a diferencia de antes, en el nublado presente por el que transitas ya no constituye motivo de alegría o vanidad la posesión de la más reciente producción de los tenis Nike o Adidas, un nuevo modelo de celular o cualquier otro artículo de esos con que se nos bombardea a diario. Y es que, simple y sencillamente, ahora no tienes contra quien exhibirlos ni con quien alardear tales adquisiciones, porque, todos, irremisiblemente todos y al igual que tú, están sumidos en cuarentena, encerrados preventivamente en el reducido ámbito de sus hogares, esperando la llegada del fin o el término del ciclo fatal de la indolente epidemia que hoy por hoy asola el mundo, amenazando con llevarse entre sus pezuñas al grueso de la humanidad.
Nuevas oleadas de sirenas rasgando con sus graznidos el sospechoso silencio que, antes que apacible paz, augura desgracias y soledades, enrumban tus pensamientos por el sendero ilusorio de un pasaje a la luna, junto a ese ser querido al que juraste entregar tus más ansiados anhelos, envueltos en la magia del amor eterno y teniendo como marco el retorno al amado terruño en donde dejaste enterradas tus raíces.
En el interior de la habitación que a manera de inexpugnable burbuja te mantiene a salvo de la terrible hecatombe que azota a la humanidad allende las calles y edificios de la Gran Manzana, resuenan las agridulces notas del Regreso a casa, interpretado por Kenny G, Imagina, de John Lennon, El Amor es Azul, que emerge de las delicadas teclas pulsadas con el virtuosismo que solo Richard Clayderman pudo lograr, y claro está, New York, New York, que, más que la tarjeta de presentación del inigualable crooner Frank Sinatra, en estos días de pandemia ha devenido en convertirse en el himno de fe y esperanza de todos los neoyorquinos que idolatran su ciudad, sus barriadas y su estilo de vida y que sueñan con vivir nuevas experiencias y emociones, cuando todo termine y brille la luz de un nuevo día.
Poco a poco y con el paso de las horas, el disfrute de los diligentes cuidados y la discreta vigilancia de tus hermanos, conducen tus pasos por senderos de un apacible éxtasis del que no quieres salir. El convulso mundo que crepita, más allá de los límites de la habitación, las paredes del apartamento y el entorno del edificio, constituye un asunto de extrema importancia que viene siendo asumido de manera rigurosa por un gladiador que da la cara a sus tareas, en el modo y manera en que solo él puede hacerlo. Dejemos, por tanto, al Todopoderoso, que se encargue de tan delicados asuntos y de paso, deja volar tus sueños e imaginación hacia ese añorado lugar, en el trayecto del sol, en donde cimbreantes palmeras se dan la mano con erguidos pinares de encrespadas serranías y en el que cantarines arroyuelos sirven de marco propicio para el renacimiento de la vida, en un ambiente de amor y paz.
Duerme ya, hermano, amigo, vecino. La pesadilla está pronta a terminar y el mañana prometido, luminoso y pródigo en dulces expectativas, anuncia su llegada en lontananza. ¡No le hagas esperar!

