La aventura y la axiología de ser maestro

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Olga Mejia Leclerk Liceo«Para escribir sobre las mujeres, hay que mojar la pluma en el arco iris, y emplear como secante polvo de alas de mariposa»
Diderot.

Por: Marcelo Peralta y Juan Pablo Bourdierd (JPB)
SANTIAGO RODRIGUEZ, R.D. Doña Olga Mejía, es de las personas que el alma y la inteligencia están dentro de su corazón. Es de aquellos seres humanos que el mérito fija el precio de sus acciones.

En su vida activa como maestra era como «La Flor del Trabajo». Tesorera, perseverante y firme en la toma de decisiones.

Era incansable y siempre estaba al frente de los planes de lucha para beneficio de la educación provincial y regional. Nunca faltaba a las convocatorias de actividades educativas, cultuales, sociales, deportivas, recreativas.

En sus años de actividad aportó mucho al pueblo de Santiago Rodríguez, a la región Noroeste y al país.

Hoy, aún, pese a estar inmóvil en su silla de ruedas continúa incesante por un mejor porvenir para la educación y el desarrollo de la provincia y el país. Es una mujer que habla con la firmeza de quien ya ha pasado por todo en el ámbito educativo.

Y no es para menos. El magisterio lo ejerció con vocación. Evoca un fiel reflejo de amor al prójimo y del propósito de lograr aumentar la autoestima de los demás en la autorrealización personal.

Esta gran mujer a la hora de pronunciar discursos con sabiduría, agilidad, habilidad y persuasión, donde en sus elocuencias hacía grifar los bellos de escalofríos a sus interlocutores.

Durante sus funciones como jefa educativa se caracterizó por la clara voluntad de servir al estudiantado de este pueblo para ser mejores ciudadanos a favor de la Patria.

Desde la posición que ostentaba y en los oprobiosos años de Joaquín Balaguer influyó por una mejoría para la educación en la zona.

Se convirtió junto a un grupo de munícipes en una de los pilares por la construcción del liceo Secundario Librado Eugenio Belliard.

En sus años como educadora no fue de las directoras que se quedaban en el escritorio.
De hecho, no fue maestra mía, ni directora tampoco, pero quien suscribe frecuentaba el liceo Secundario Librado Eugenio Belliard, a practicar y a jugar softbol en mis tiempos de ocio.

Dentro y fuera de las aulas, Doña Olga inspira respeto.
Como buena maestra conocía y valoraba a sus maestros, al personal de apoyo, a sus alumnos y con una mirada rayaba el respeto hacia ella.
Doña Olga Mejía se grajeó el aprecio de la sociedad de Santiago Rodríguez.
Cuando la persona como es el cado de Doña Olga Mejía se hace llamar maestra por sus estudiantes, puede estar convencida que hizo un gran trabajo no solo a nivel de generar conocimientos significativos para desenvolverse dentro de la sociedad, sino que también los invadió de amor para la vida, respeto de valores que le ayudarán a convivir en paz, armonía, a ser mejores seres humanos, ciudadanos ejemplares, profesionales capacitados y algo sumamente importante, «mejores padres, madres, hijos, hermanos y a tener una estrecha relación con «DIOS».

El rasgo más hermoso que puede acompañar al maestro es una actitud que revele nítidamente alegría, sensibilidad, compromiso, esfuerzo, deseo de superación, convicción moral, y honradez intelectual.

Con su palabra, el maestro exalta o degrada el espíritu de sus alumnos.
Un reproche o un elogio pueden marcar el destino de un niño durante la eternidad.
En Doña Olga nunca percibí ese tipo de comportamiento.
Porque lo que más aflora en la sociedad es la conducta de un educador.
Siempre y sigue predominando en esta apreciable e incansable mujer el respeto, la prudencia, la ecuanimidad, la sabiduría, la cual deben iluminar siempre al maestro, pese a sus debilidades humanas, limitaciones económicas, enfermedades corporales, «porque somos de carne y huesos».

Eso sí, Doña Olga Mejía, trabajó en los tiempos en que el alumno respetaba al maestro y a la maestra y viceversa.

Escogió la educación como un sacerdocio para poder enseñar a los que serían los profesionales del país.

La enseñanza es un proceso de modelización y no funciona si no va acompañado de un dispositivo didáctico que favorezca una nueva dinámica de clase basada en la comunicación de las ideas, y eso lo practicaba Doña Olga Mejía a través de sus maestros y maestras.

Pero, el conocimiento ha de ‘circular’: de profesor a alumno y de alumnos a profesor, y entre los alumnos, lo que ha de permitir la emergencia de los lenguajes apropiados a las nuevas ideas y que, a la vez, muestren las ‘reglas del juego’ y de la ciencia, eso nunca faltó en la gestión de esta gran educadora.

En los tiempos en que Doña Olga Mejía estaba en la plenitud de su juventud se dedicaba a educar a los jóvenes.

El que ha sido maestro y maestra está consciente de que el niño y la niña cuando en sus pininos ingresan a las aulas «son como cera blanda» que el escultor puede moldear a su antojo».

Es bien sabido que la educación es una carrera difícil, donde hay que tener características que le permita impartir sus conocimientos de una manera eficaz.

Algunos maestros se ven a sí mismo como los expertos, cuyo papel es dar sus sabidurías a los estudiantes donde muchos de ellos «son como recipientes vacios».
En ocasiones, los maestros aprenden por ensayo y por error.
El maestro debe tener vocación de servicio y de corazón.
Antes, pese a la falta de tecnología, en los tiempos de Doña Olga Mejía como maestra se enseñaba mejor al alumno que en los actuales momentos con avances.
Hoy día se observa una dejadez de muchos de los estudiantes por efectos sociales y culturales.

Importan transculturación y la ponen en práctica en las aulas y las calles.
El maestro y la maestra se esfuerzan en transferir información a sus alumnos, pero estos la tiran por la «borda».
En los actuales momentos hay estudiantes que los arropa el desinterés en aprender.
Un maestro efectivo entiende que aprender es explorar lo desconocido y empieza con formular las preguntas adecuadas, que es la esencia de enseñar y de aprender, donde lo básico está en la comunicación.
Actualmente, hay como una especie de divorcio entre estudiantes- maestros, donde ambos lucen desanimados.
El buen maestro cree que todos sus alumnos pueden aprender, pero entiende que cada uno lo hace de forma diferente.
Una condición fundamental del buen maestro es su compromiso con la formación humana.
Este ser humano como es el maestro o maestra deja abandonado a su propia familia, a su madre, padre, hijos, hijas, esposo y en ocasiones enfermo, para acudir a las aulas a impartir docencia a sus alumnos.
Hay docentes que no perciben los sueldos ajustados a sus compromisos personales, hogares y familiares, pero honran cabal y eficaz su compromiso con sus alumnos.
Muchos de ellos y de ellas no tienen un hogar seguro.
Otros padece enfermedades y a la postre desamparados de los lares del poder.
Y aún así acuden a sus aulas dar más de lo que tienen a sus alumnos para que sean ente de bien a la sociedad.
Formar es influir en la manera de ser y actuar de los alumnos, y es un proceso que involucra tanto la razón como la sensibilidad.
La posibilidad de formar exige al maestro un proyecto de vida consecuente con los principios que orientan su labor educativa.
Ser maestro es una labor esencial de tener puentes que comuniquen los alumnos con los dominios del conocimiento.
Tiene la obligación de enseñar horizontes inagotables de saber; descorrer cortinas que ocultan la verdadera naturaleza de los fenómenos y las cosas.
Ser capaz de expresar y sentir ternura, estar siempre abierto y sensible a las vivencias afectivas de los alumnos.
Es aquel ser humano capaz de transmitir en la experiencia de enseñar el goce de revelar a sus discípulos la manera cómo el conocimiento embellece la vida.
Contagiarles de actitudes de respeto hacia sí mismos, de entusiasmo y calidez en su relación con los demás, de autoconfianza y valoración de sus posibilidades.
El maestro, y eso lo cree la sociedad (que lo juzga en ocasiones de manera implacable) que debe ser una persona organizada.-
Sus ideas deben ser seguras y documentadas para que su palabra comunique con claridad, convenza, tenga impacto, y movilice los alumnos hacia cambios significativos.

Aunque el maestro es un ser humano de carne y huesos, tiene que manejar las técnicas, recursos, y métodos de comunicación necesarios para hacer más atractiva y eficiente la transmisión de sus mensajes a los alumnos.

El docente es una persona que siempre debe estar aprendiendo, la misión fundamental, es cultivar el espíritu de los alumnos.

Pese a ser mal pagado en sus sueldos por parte del Estado Dominicano debe ser portador de los mejores valores de la sociedad, como es la autenticidad, la pasión por el conocimiento, la honradez, la disciplina, la generosidad, la autocrítica, la sencillez, el patriotismo, la identidad cultural, el respeto por la naturaleza, la valoración de lo estético y, entre otros el optimismo frente al futuro.

Hasta hace un tiempo, la gran baza de los profesores en los casos problemáticos sucedidos en el aula era la autoridad que les daba su cargo, la cual comenzó a desaparecer a partir del momento en que se aceptó que los alumnos se burlen de ellos, los desprecien, e incluso, hasta permitirles que los insulten con toda impunidad.

¿Qué autoridad les queda hoy día al maestro y a la maestra?
Esa autoridad es escasa o nula, pues el sistema educativo hoy día no proporciona instrumentos adecuados para resolver estos conflictos de forma eficaz y a su debido tiempo.

Éstos se eternizan, y los chicos lo saben, que es lo peor. Tener un «jefe» al que se le ha despojado de autoridad es una contradicción.

No obstante, el maestro verdadero es el que alienta y estimula a la audacia de ser diferente, el deseo de explorar lo desconocido, el valor de disentir de las creencias y opiniones generalizadas, las ganas de soñar otros mundos, el conocimiento de sí mismo, la lucha por la libertad, el derecho a la felicidad, la búsqueda de la belleza, la rebelión contra la injusticia.

Todas estas características van a englobar una sola palabra por demás de significativa, amplia, bondadosa, que inspira un gran sentido de sensibilidad, «amor y humildad como lo es el maestro».

Con toda esa trayectoria, Doña Olga Mejía puede decir que encuentra alumnos casi en todos lados y colegas que hasta ahora le agradecen haberlos ayudado cuando más lo necesitaban.

Es así cuando uno hace el trabajo con amor, no hay cansancio, no hay trabas.
Se trazaba metas en el campo de la docencia y lograba sus objetivos.
Procreó una hermosa familia con su esposo Hugolino Leclerc.
Y entre ellas es la periodista Judit Leclerc
Siempre confió en las capacidades de sus maestros, nunca jamás en el color político.
Como directora siempre actuó con cautela y experiencia para no herir sentimientos en el manejo de la educación en la zona.

Doña Olga Mejía de Leclerc, fue una de las primeras directoras de centros educativos de media que tuvo la provincia Santiago Rodríguez.

De humilde familia, ésta mujer fue de las primeras maestras de carrera en ocupar la Dirección del liceo Secundario Librado Eugenio Belliard en Santiago Rodríguez.
Fue la figura femenina en sobresalir en ese cargo por su tesonera labor educativa.
En ese mismo lugar funciona la extensión del Centro Universitario Regional del Noroeste-CURNO-.
Luchó por lograr la instalación en Santiago Rodríguez del CURNO.
A la postre, porque en Santiago Rodríguez no apreció una persona que donara los terrenos para construir un edificio para el CURNO-UASD-, la sede fue adjudicada a Mao, provincia Valverde.

En los comités de las fiestas patronales «Nuestra Señora de las Mercedes» siempre era la primera que llegaba a las reuniones a delinear los planes a fin de que todo quedara a la perfección.

Fueron cientos las horas de sueños que en su trajinar por lograr avances para la educación del pueblo que «Doña Olga Mejía» perdió.

Unido estas a los sinsabores y reproches de los funcionarios de entonces.
Auspiciadora para la creación del Colegio Francisco del Carmen Bueno Zapata, cuando estalló la crisis en el Colegio Parroquial San Ignacio de Loyola.

Participó en la fundación de la biblioteca Francisco del Carmen Bueno Zapata que funcionaba en el barrio Los Maestros.

Su vertiginosa carrera como educadora y directora generó triunfos, pero a veces momentos grises por los tiempos en que desempeñó ambas funciones.
Sin embargo, es una persona perseverante.

Es buena maestra, buena madre, amiga, vecina y un excelente y extraordinario ser humano.

Siempre tenía tiempo para conversar con los estudiantes, compañeros de labores, conserjes, vigilantes y los vecinos del entorno al centro educativo.

La axiología con que lo ejerció, la hicieron merecedora de muchos reconocimientos y méritos en su área.

Su último cargo fue la de ser Directora del Liceo Secundario Librado Eugenio Belliard, hasta que un fatal accidente de tránsito tramo Valverde-Santiago Rodríguez la postró para siempre en una silla de ruedas.

Otras compañeras suyas, también resultaron con lesiones corporales, pero con un poco más de suerte que Olga Mejía.

«Un maestro nunca se deja servir, pues es él quien sirve, y si lo sirven, es enseñando que sabe que está sirviendo a Dios y a la Patria».

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