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La agonía de un poeta




POR: SERGIO H. LANTIGUA POETA Y ESCRITOR.

Es para este humilde cultivador de la belleza por medio de la palabra un formato indubitable que para mantener el equilibrio emocional en la vida todo lo que hagamos debe estar regido por el fenómeno de la introspección gravitante entre la cordura y lo irracional. Así es, que, obedeciendo a esta ley de relatividad en la proporción armónica, quise abreviar el proemio de esta prosa cuya nomenclatura narrativa acarrea una vastedad cansina para aquellos lectores preferentes del verso corto.

LA AGONÍA DE UN POETA
Aquel día amaneció temprano
Era una mañana gélida y umbría
Plétora de nubes agoreras
Presagiando garúas torrenciales
Un amanecer álgido el que eligiera
El poeta para su impostergable
Partida de entre los mortales
Cánticos funestos y anuncios necrológicos
Auguraban el final de su tormento
Las pupilas ya con reflejos penitentes
Eran círculos mortecinos enmarcados
Por escuálidos vestigios de vida
Todo así, el poeta trataba de ordenar
Su mermado raciocinio con los últimos destellos
Que le restaban de lúcida cordura
Tal su inspiración ora obnubilada
Y cuasi sus arterias de plasma desequidas
Por la inminente presencia de la muerte
Así iba desfalleciendo paulatinamente
Abrumado por el cruento delirio
Donde ya toda idea era como un panegírico
Reencarnado en vivencias pretéritas
Y todavía gesticulantes sus manos
Pues deseaba escribir el último verso
Ya tenía comulgada el alma
Exenta de los eclesiásticos preceptos
Aunque existían algunos moralistas
Quienes acusantes le imputarán
De ser el promotor y verdugo
De su decadente moralismo ético
Extirpando su idealista trova
De todo texto procreado hasta el momento
Hasta conseguir inmisericordes erradicarlo
Desterrando sus epopéyicas obras
Hacia ámbitos anodinos a la historia
Sin permitirle el retracto de lo escrito
Ni consentirle despejar las suspicacias
De herejías alegadas por ortodoxos
Para él nunca conocidos
Se acercaba la hora el bardo y su lira
Ya estaban al borde del precipicio
Cuya antesala conduce a la muerte
Tal se escuchaban los suspiros,
Murmullos y gemidos de los dolientes
Agonizaba el rapsoda ora converso en sombra
Que cabizbaja se iba levitando de su cuerpo
Hacia el infinito arrastrando tras de sí
Las pocas alegrías y las tantas desventuras
Que con tanta saña le endilgara la vida
¡Ha muerto el cantor!
Tañen las campanas por el descanso del alma
De quien fuese verbo ahora muda consonante
Endomingaban al extinto liliputienses elfos
Gestados en la ficción de su ilusorio idealismo
Entes pariguales a los hombrecillos que creara
Swift en sus fantasmagóricos cuentos
Quienes maquillaban al demacrado occiso
Con mágicos colorantes balsámicos
Y con brochas sumergidas en argamasa
Eternizando su enigmática sonrisa
Paradójicamente su contorno
Antes albergue de hercúlea hermosura
Ahora será vitualla de antropófagas larvas
Y su materia creativa habrá de fertilizar
Las entrañas de la madre tierra
Para que de allí germinen novicios vástagos
Creadores de futuras generaciones de bardos
Que puedan eviternos cantarle al amor y la vida.

LA AGONÍA DE UN POETA
Derechos Reservados 12/11/2019




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